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Opinión

Torra, el nacionalista rancio

Las predicaciones insistentes, y contumaces, del nuevo presidente de la Generalitat catalana exhalan un fuerte olor a moho que su público no está dispuesto a percibir.

Guillermo Fatás 20/05/2018 a las 05:00
Quim Torra.POL

Joaquim (Quim) Torra soportó una amenaza directa de su aliado pasivo, Carles Riera, el portavoz intransigente de la CUP sucesor de Anna Gabriel. No se le ocurra –vino a decirle– volver a mentar a Cambó, no se lo toleramos. Torra, achantado, no le dio réplica. Cambó fue el político más conspicuo del catalanismo burgués católico y un mecenas cultural de cuya vasta obra aún se beneficia Cataluña. Tuvo miedo del Frente Popular y prefirió exiliarse y apoyar al bando sublevado. Para un intolerante como Riera, esa circunstancia anula el resto y reduce a Cambó a la vileza. Que sea la última vez, avisó a Torra. ‘Mutatis mutandis’, como si alguien se creyese con derecho a vetar el nombre de Gustav Krupp en el ‘Bundestag’ o el de Giovanni Agnelli en la ‘Camera dei Deputati’.

Torra no es ni revolucionario ni de izquierdas. Imbuido de mesianismo patriótico, sus rasgos políticos de exaltado son una exacerbación del que podría llamarse nacionalcatolicismo montserratino, en que militan, con menos estridencia, Pujol, Mas y Puigdemont.

Pujol decía vivir para dos devociones: Cataluña y la fe cristiana. Para crear Convergència, se postró ante la Virgen de Montserrat y en su enriscado monasterio fundó el partido nacionalista más pujante de Cataluña. Igual actitud fue adoptada por su piadoso heredero Artur[o] Mas, de misa dominical, a menudo en la parroquia ‘progre’ de San Ildefonso, con homilética de su gusto ideológico. La piedad de Puigdemont, por su parte, nace de su crianza en un famoso colegio religioso de Gerona. Tiene un hermano que fue novicio, nada raro en una familia de origen carlista. (El fallido presidente Oriol Junqueras manifiesta también su condición devota, incluso en los juzgados, cuando nadie se lo pide). Pues, bien: Torra no les va a la zaga, sino al revés. Es un férvido creyente de raíz jesuítica. Lo cual, como a la famosa ‘Madre Superiora’ (sosias andorrano de Marta Ferrusola), no le impide predicar la superioridad (étnica, acaso cultural, quién lo sabría precisar) de los catalanes sobre otros hijos de Dios menos dotados de gracias.

Cataluña, obra de Dios

El linaje de este nacionalismo, que en Torra es patológico por extremoso, puede detectarse sin dificultad, a condición de haber estudiado un poco. El arranque está en un autor que Torra conoce bien. Para variar, es un clérigo: el obispo de Vich Josep Torras i Bages, autor, en 1892, del libro ‘La tradició catalana’, varias veces reeditado (la última, que yo sepa, en el año 2008, en la imprenta de Montserrat, mira por dónde. Y con prólogos de media docena de obispos, incluido el inolvidable Ramon Malla).

Torras, al revés que Torra, no era separatista y quizá la CUP le prohíba también mencionarlo. Sus ideas sobre la nación le sientan como un guante al linaje nacional-montserratino: el ‘espíritu nacional’ (así lo llama el obispo; la idea no viene, pues, de Franco, nacido en 1892) es "un elemento vivificador que une entre sí las partes, como vínculo de unidad que determina la naturaleza específica del ser. Así, por ejemplo, la nación A, aunque tuviera iguales instituciones externas que la nación B, sería distinta en virtud de ese elemento impalpable, que no radica en uno de los miembros del cuerpo nacional, sino en todos ellos y en el conjunto que forman (...) Rechazar la existencia del espíritu nacional es despreciar la nación, es destruir la historia, la literatura y la filosofía de un pueblo (...). Si de todas las naciones hay que hablar así, mucho más tratándose de la catalana" (sic), escribía Torras, apelando "al beato Ramon Llull" y a Luis Vives, "doctor de la ciencia racional católica".

Invocando a Hipólito Taine, que valoraba no poco la raza/nación, aseguraba que "en el orden ético y racional, la tradición tiene más importancia que el mismo pueblo; como el caudal de aguas vale más que el canal por donde discurre; los pueblos desaparecen, pero su modo de ser social, el arte, la ciencia, la filosofía, los principios que desarrollaron y la forma en que los desarrollaron permanecen y son eternamente estudiados y estimados". Torras buscaba la unidad totalizadora, "la unanimidad en los ciudadanos, que sean ‘cor unum et anima una’, y así la vida social es perfecta, el pueblo robusto, capaz de grandes acciones (...). La unidad de pensamiento es condición necesaria (...)"; es necesaria "la unanimidad entre todos, se debe llegar al ‘unum necessarium’". Y añadía esta afirmación rotunda, que no es preciso traducir: "A Catalunya la va fer Déu, no l’han feta els homes". Eso piensa Torra y en fuentes esencialistas así bebe su rancia exaltación. Es un tipo a la antigua con bula en esa parte de la sociedad catalana que ha optado por retroceder y en la que van de la mano los antitodo y los nacionalistas rancios. Aunque con una diferencia: el decimonónico obispo Torras nunca pensó en una Cataluña impía y neciamente desgajada de España.

El jueves, Torra juró sombríamente su cargo. En lugar de hacerlo como siempre, en la Sala Sant Jordi, lo hizo en la Sala Montserrat, ante una gran escultura de la ‘Moreneta’. No consta que la CUP haya objetado: la ‘Mare de Déu’ no le resulta tan vitanda como Cambó.





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