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Opinión

La lengua, el nervio

La progresiva exclusión del castellano, especialmente en el ámbito de la enseñanza, ha sido uno de los aspectos esenciales de la política desarrollada por los nacionalistas catalanes durante los últimos treinta años. Se resistirán a cualquier rectificación.

Pilar Encuentra 14/03/2018 a las 05:00
La lengua, el nervio

Hemos llegado al nudo de esta enrevesada madeja tejida por el nacionalismo catalán. Al nervio. El castellano: la lengua común en España. La que nos une. Inasumible para unos dirigentes autonómicos tan consentidos durante treinta años que se creen Estado y por eso desprecian al Estado, como todos los hijos mimados desprecian a sus padres. Empiezan desobedeciéndoles y acaban convirtiéndose en déspotas. El proceso es calcado. La única respuesta adecuada es la firmeza. En el caso de la inmersión lingüística, la fórmula para sustituirla ha de ser la libertad de los alumnos castellanohablantes para ser educados en su lengua materna. Libertad sin más. Sin cuotas. Libertad y aplicación de la ley, puesto que las distintas sentencias en respuesta a las demandas de los padres han indicado que no se les puede privar de ese derecho. Las medias tintas no apaciguan al monstruo, al contrario: si huele miedo, se crece, se irrita. Enloquece. Es clave entender eso.

A los nacionalistas catalanes nunca les gustó el café para todos. Les resulta amargo. ¿Cataluña, una comunidad autónoma más? Siempre les pareció estrecho un traje que los equipara con otras regiones respecto a las que se sienten superiores. Les han permitido engordar tanto que ya no les cabe y han decidido reventarlo.

Para hacer esa tarea, para distinguirse de las otras regiones, han visto en la lengua propia un instrumento eficaz. Las sustitución paulatina de la lengua común de los españoles por las de las autonomías consigue dividir España en trozos. O sea, destrozarla. Tras la imposición del catalán en los colegios los nacionalistas catalanes consiguieron que algunas familias de alumnos, las más combativas, y muchos profesores decidieran marcharse. Ahora empiezan a conseguir también que se marchen los médicos de Baleares. De este modo, se van liberando de quienes no coinciden con el pensamiento que pretenden imponer y van conformando una mayoría que les permite perpetuarse en el poder. Ese freno a la libre circulación de profesionales por todo el territorio nacional produce una asfixia ideológica por la expulsión de los críticos. El aire está muy viciado. Es un milagro la resistencia que ha mantenido la mitad de la población catalana a pesar de un trabajo tan machacón.

Vemos con estupor cómo los independentistas, maestros en el arte de la manipulación, se consideran víctimas de la política lingüística durante el franquismo, porque impuso el castellano en toda España, al tiempo que imponen ellos el catalán cada vez en más ámbitos de la vida pública: la educación, la administración, el comercio y ya en la sanidad. Con el agravante de que la lengua que marginan es la lengua oficial del Estado.

Han utilizado siempre un argumento falso para imponer el catalán, sobre todo en la educación. Sostienen que el objetivo es cohesionar la sociedad. La experiencia los desmiente. Ha ocurrido lo contrario: la sociedad está más dividida y enfrentada que nunca.

La ley de inmersión lingüística se impuso con rapidez. En algunas ciudades empezó con la reivindicación de un grupo reducido de padres muy catalanistas que exhibían un supuesto progresismo escolarizando a sus hijos en la escuela pública. Solicitaron que se creara para ellos una línea en la que el catalán fuera lengua vehicular. Pese a que eran minoría, nadie cuestionó su opción y su petición fue atendida. Poco después, el gobierno de Jordi Pujol impuso ese modelo a los demás. Generaciones de estudiantes han visto desde entonces vulnerado su derecho a estudiar en español en Cataluña. Solo se han salvado de la inmersión los carísimos centros privados.

El Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales los artículos del ‘Estatut’ –al frente de cuya redacción hay que recordar que estuvo el socialista Pasqual Maragall– que pretendían blindar esa práctica. Aclaró que el catalán puede ser lengua vehicular, pero nunca sustituyendo al español, sino junto a él. Algo tan elemental, tan lógico, tocó el nervio del separatismo. Jamás ha acatado esa sentencia. Le produce un dolor irritante. Se resistirá a perder esta batalla crucial. La recuperación del español en todo el país va a ser la prueba de fuego en el durísimo pulso de los nacionalismos a la democracia española.





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