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opinión

Un prejuicio de la izquierda

Solo desde el prejuicio de la izquierda contra toda centralización puede entenderse una propuesta como la realizada por el gobierno valenciano para eliminar la competencia del Estado en materias como la educación, la sanidad o la dependencia.

Eva Sáenz Royo 13/03/2018 a las 05:00
El presidente de la Generalitat Valenciana, Ximo Puig.Efe

En el mes de febrero, el Gobierno valenciano, supuestamente de izquierdas, ha aprobado una propuesta de reforma constitucional en la que, entre otras cuestiones, se plantea la "disposición por parte de todas las comunidades autónomas de competencias exclusivas e iguales en materias relacionadas con el desarrollo del Estado social –salvo pensiones–". Es decir, se propone la eliminación de la competencia del Estado en materias como la educación, la sanidad o la dependencia.

La inconveniencia de dicha propuesta, al menos desde la perspectiva de izquierdas y de defensa del Estado social, es clara si se tiene en cuenta que, tal y como demuestra la experiencia histórica, conforme se reduce el ámbito territorial del poder político, se reducen las posibilidades de corrección del mercado que implica el Estado social. Dicho de otro modo, cuanta más protección social queramos, más lejos ha de estar el centro de la decisión política. Y más en una economía globalizada.

La introducción del objetivo de la protección social en los Estados federales, que al fin y al cabo fueron fruto del pensamiento liberal, significó un claro empoderamiento del centro frente a los gobiernos regionales. Más protección social exigía que se hiciera desde el centro para tener verdaderos efectos redistributivos. Y no es casualidad que esas nuevas capacidades del centro se aprovecharan por los gobiernos de izquierdas, con la consiguiente centralización.

Dentro del débil Estado social en Estados Unidos, los programas más potentes de protección social en este país, el Medicare (seguro sanitario para los mayores de 65 años) y el Medicaid (asistencia sanitaria para personas vulnerables), se aprueban desde el centro en los años sesenta con gobiernos demócratas. También la Administración de Obama ha tratado de regular el mercado de seguros sanitarios desde el centro, así como una ampliación del Medicare y del Medicaid, con la consiguiente restricción de dicha capacidad de los gobiernos regionales. Por el contrario, las Administraciones republicanas, sobre todo de Nixon, Ford y Reagan, alegaron las competencias que tenían los gobiernos regionales en protección social para no actuar desde el centro. La debilidad del Estado social en EE. UU. se traduce en la falta de programas sociales asumidos desde el centro. En contraste, tradicionalmente la fortaleza del Estado social alemán se tradujo en una fuerte centralización en pensiones, protección social y sanidad. Solo la educación está completamente descentralizada, aunque la última reforma constitucional que ha entrado en vigor el 1 de enero de 2015 la matiza al introducir la posibilidad de que desde el centro se intervenga en investigación –lo contrario estaba suponiendo un claro retroceso en esta materia–. Tampoco es casualidad que los socialdemócratas, en el marco del actual acuerdo de coalición, soliciten recentralizar algunas otras funciones educativas.

Vista la experiencia histórica, el error imperdonable de la izquierda europea, solo advertido por el primer ministro socialista francés Guy Mollet, fue cuando en el nacimiento de la Comunidad Económica Europea en 1957 se aceptó que la integración económica no fuera acompañada de la política social. El error, que puede ser imperdonable, de la izquierda española es su cerrazón con la descentralización. Solo desde el prejuicio de la izquierda española contra toda centralización puede entenderse una propuesta como la realizada por el gobierno valenciano. Como ven, si nos empeñamos, todo es susceptible de empeorar.





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