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opinión

Catarata de millones


Desde que, allá por 2012, Artur Mas se echase al monte del independentismo, muchos sospechaban que, antes o después, el pulso al Estado acabaría teniendo una rentabilidad crematística para Cataluña. Ese momento ha llegado. Si en los tiempos duros de la crisis el Gobierno central ya fue especialmente comprensivo con las necesidades financieras de la Generalitat, ahora, con la recuperación a toda vela, ha decidido lanzar una catarata de inversiones sobre el Principado. La austeridad y los recortes en las obras públicas se han terminado, al menos para Cataluña, y algunos ya hablan de una ‘operación cemento’. Si el hormigón contribuirá o no a unir más firmemente a España lo que algunos han querido separar, eso ya será otra cuestión.

En las últimas semanas se han dado impulsos importantes a la estación del AVE en la Sagrera, a la ampliación de la Ronda Litoral de Barcelona, a la mejora de la carretera N-230 en Lérida, a diversos soterramientos de vías, al desvío de los camiones de la N-340 a su paso por Tarragona y hasta a la restauración de dos monasterios tarraconenses, el cisterciense de las Santas Cruces y la cartuja de Escaladei. Las inversiones de Fomento en Cataluña ya crecieron de manera pronunciada el año pasado. Y el propio Rajoy había anunciado, a principios de 2017, 4.200 millones de euros para las infraestructuras catalanas. Bien, pues los millones ya van desfilando para allá. Los últimos anuncios han sido la ampliación del aeropuerto del Prat, con extensión al de Gerona, y el lanzamiento del EVA, la versión de bajo coste del AVE.

Potenciar el desarrollo de una región que puede y debe ser la locomotora de la economía española es, por supuesto, muy razonable. La duda es si al Gobierno le quedará algún millón suelto para invertir en otros sitios donde también hace mucha falta. Por ejemplo, en un Aragón en el que el Gobierno autonómico ya considera el ‘slowdriving’ como un atractivo turístico, cuando lo cierto es que en demasiadas carreteras aragonesas hay que conducir despacio, muy despacio, porque es la única manera de esquivar los baches.

Desde que, allá por 2012, Artur Mas se echase al monte del independentismo, muchos sospechaban que, antes o después, el pulso al Estado acabaría teniendo una rentabilidad crematística para Cataluña. Ese momento ha llegado. Si en los tiempos duros de la crisis el Gobierno central ya fue especialmente comprensivo con las necesidades financieras de la Generalitat, ahora, con la recuperación a toda vela, ha decidido lanzar una catarata de inversiones sobre el Principado. La austeridad y los recortes en las obras públicas se han terminado, al menos para Cataluña, y algunos ya hablan de una ‘operación cemento’. Si el hormigón contribuirá o no a unir más firmemente a España lo que algunos han querido separar, eso ya será otra cuestión.

En las últimas semanas se han dado impulsos importantes a la estación del AVE en la Sagrera, a la ampliación de la Ronda Litoral de Barcelona, a la mejora de la carretera N-230 en Lérida, a diversos soterramientos de vías, al desvío de los camiones de la N-340 a su paso por Tarragona y hasta a la restauración de dos monasterios tarraconenses, el cisterciense de las Santas Cruces y la cartuja de Escaladei. Las inversiones de Fomento en Cataluña ya crecieron de manera pronunciada el año pasado. Y el propio Rajoy había anunciado, a principios de 2017, 4.200 millones de euros para las infraestructuras catalanas. Bien, pues los millones ya van desfilando para allá. Los últimos anuncios han sido la ampliación del aeropuerto del Prat, con extensión al de Gerona, y el lanzamiento del EVA, la versión de bajo coste del AVE.

Potenciar el desarrollo de una región que puede y debe ser la locomotora de la economía española es, por supuesto, muy razonable. La duda es si al Gobierno le quedará algún millón suelto para invertir en otros sitios donde también hace mucha falta. Por ejemplo, en un Aragón en el que el Gobierno autonómico ya considera el ‘slowdriving’ como un atractivo turístico, cuando lo cierto es que en demasiadas carreteras aragonesas hay que conducir despacio, muy despacio, porque es la única manera de esquivar los baches.





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