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Nacional

Napoleón en Waterloo

Es difícil escapar al simbolismo que entraña el intento de Puigdemont de fijar su residencia en Waterloo. Allí se libró la batalla que acabó con los sueños de grandeza de Napoleón. Allí ha de terminar también el delirio del egocéntrico ‘expresident’.

Fue en la campiña que rodea el monte Saint Jean en la localidad belga de Waterloo, no lejos de Bruselas, donde se libró el 18 de junio de 1815 una de las batallas más decisivas para la historia de Europa. Allí fue donde el general Wellington, al mando de una coalición de tropas de varias naciones europeas, se enfrentó al poderoso y experimentado ejército de Napoleón Bonaparte y le infligió una derrota definitiva que acabó con los sueños imperiales del corso. Unos días más tarde, Napoleón renunciaba a todos sus planes y era enviado al destierro en la isla de Santa Elena, hasta su muerte unos años después. Waterloo ha quedado para la historia como el icono de una gran derrota.

Otro personaje más actual, que podría tener algunas concomitancias con Bonaparte por sus sueños en cierto modo también imperialistas, ha viajado en estos días a Waterloo en busca de asentar su autoexilio rodeado del confort y el boato que le podría deparar la mansión del número 34 de la avenida de L’Avocat (¿tiene alguna reminiscencia nostálgica esa terminación en ‘cat’?), que al parecer ha alquilado, aunque no está claro, en la hora en que esto escribo, si finalmente va a ocuparla o se le queda pequeña como sede de un presunto y fantasmagórico gobierno catalán en el exilio.

La búsqueda de un lugar tan significado como Waterloo para ese retiro puede, desde luego, interpretarse como un símbolo, ahora que hablamos de simbolismos estrafalarios para investir a este personaje; pero es evidente que ese símbolo es la expresión más cabal de la derrota. De modo que Puigdemont, en su delirio de grandeza de asemejarse a su antecesor en Waterloo, ha ido a rendir sus ejércitos al mismo sitio donde se registró el más grave revés de la historia de un megalómano. Seguramente, porque él se siente también íntima y rotundamente derrotado. No podían sus asesores haberle encontrado un lugar más propicio al chascarrillo y a la semejanza situacional.

Es sabido que Napoleón Bonaparte tiene muchos imitadores a lo largo y ancho del mundo, y que muchas casas de salud tienen inquilinos que se autoproclaman clones del francés. Me temo que Puigdemont no ha podido escapar a la tentación de vincular de alguna manera su nombre al del emperador y lo ha hecho mediante esa maniobra elíptica y críptica de ir a residir en un lugar cuyo nombre está asociado para siempre a la tremenda frustración de un ambicioso proyecto político. Porque tremendo fue el fracaso napoleónico en su intento de hacerse con Europa y tremendo es el de Puigdemont en el de hacerse con Cataluña. Waterloo ha puesto el punto final a los dos.

Y hablando de Waterloo, quizá Puigdemont recuerde algunas líneas de la letra en español de la canción del mismo nombre del grupo Abba: "Y ahora parece que mi única oportunidad es abandonar la lucha; y cómo podría rechazarla, si siento que gano cuando estoy perdiendo… ¡Waterloo, por fin me enfrento a mi Waterloo…!". Pues eso.

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