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Nacional

¡Viva Cartagena!

Tabarnia, amén de ser una graciosa ocurrencia, es inapelable en su mensaje precisamente por hablar de la misma manera y con los mismos elementos con que lo hacen los aspirantes a independizarse.

Ese invento de Tabarnia me parecería un hallazgo de primera magnitud si no fuera porque siendo como somos los españoles pudiéramos acabar redescubriendo los federalismos y cantonalismos como ya ocurriera en los tiempos de la primera, breve, inútil y caótica república del siglo XIX; es decir que está todo ya inventado y hasta experimentado en los territorios de esta vieja piel de toro en la que no hay manera de aburrirse. Lo de Cartagena lo contó muy bien nuestro Sender en su novela ‘Mr. Witt en el Cantón’.

A pesar de que es sabido que tanto disparate territorial y federalista no conduce a nada bueno, aquí le sacamos punta a un alfiler y convertimos en algarada callejera cualquier señuelo onírico que nos lanzan algunos dirigentes iluminados; o también, y de manera más sensata, aprovechamos la deriva enloquecida de los separatistas para manifestar que todos tenemos derecho no sólo a decidir, sino también a separarnos de los separatistas y a establecer nuevas y muy legítimas fórmulas territoriales, mal que les pese y por mucho que se enrabieten quienes quieren poseer en exclusiva ese derecho de organizarse en covachuelas. Por eso me cae bien lo de Tabarnia, que ha enfurecido a los nacionalistas catalanes al recetarles su propia medicina al poner en evidencia la gran soberbia, las contradicciones y las debilidades de su propuesta soberanista. Tú sí; y ¿por qué yo no?

Creo que el proyecto de Tabarnia, amén de ser una graciosa ocurrencia, tiene en el fondo mucho sentido común y es inapelable su mensaje precisamente por hablar de la misma manera y con los mismos elementos con que lo hacen los aspirantes a independizarse. Y habría que apoyarlo y jalearlo aunque sólo fuera por esos méritos indiscutibles de poner en ridículo las excluyentes pretensiones del nacionalismo.

Los argumentos de los defensores del proyecto tienen la misma fundamentación que los que usan los nacionalistas, aunque su ámbito territorial sea más reducido. Por eso son inatacables y producen escozor y erisipela en la piel de los que se consideran ‘pata negra’ de la catalanidad entendida sólo a medias.

Reitero que existe el riesgo de contagio en este país tan plural y divertido, tan ingenioso y pillo, de modo que a los catalanes de Puigdemont y Junqueras les pueden salir competidores en cualquier lugar del reino; y no les digo nada la que se podría organizar si el movimiento Tabarnia se extiende por el país. Podríamos llegar hasta eso que difunde una conocida multinacional del mueble: declarar república independiente a nuestras propias casas. Es que no tenemos remedio.

Bromas aparte, es recomendable repasar la historia –maestra de la vida, como dijo Cicerón, aunque nunca aprendemos de ella– para comprobar la ridiculez de ciertos aspavientos y el trágico final al que a veces conducen. Recuerden como acabó lo de Cartagena, aunque un estrafalario cantante pronunciase tiempo más tarde, y para tratar de tapar sus vergüenzas y conseguir un aplauso fácil, aquello de "¡Viva Cartagena!".

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