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Nacional

Tener de vecino a un oso

Virginia Mendoza ha escrito 'Quién te cerrará los ojos', de Libros del KO, un compendio de historias verdaderas sobre los últimos supervivientes de esos municipios "realmente vacíos pero oficialmente censados".

Un centenar de pueblos de Aragón mantienen casi el pleno empleo con entre 1 y 10 trabajadores. Eso sí, de haber iniciativas laborales, no encontrarían trabajadores.
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Tío Carrascón

Aguantar en un pueblo puede dejarte solo y provocar que tu vecino sea un oso. La soledad en la España rural es una realidad cada vez más pesada y ya produce congresos, como el de Huesca esta misma semana sobre despoblación. Una escritora y una psicóloga se han adentrado en esa solitaria realidad.

Virginia Mendoza ha escrito 'Quién te cerrará los ojos', de Libros del KO, un compendio de historias verdaderas sobre los últimos supervivientes de esos municipios "realmente vacíos pero oficialmente censados". Municipios donde quedan piedras que antes fueron casas y osos que quieren cenar cenas que no son suyas.

El Instituto Nacional de Estadística ha publicado un reciente informe con datos desoladores: la mitad de los 8.100 municipios en España están en riesgo de extinción y de 2015 a 2016 casi 50 localidades pasaron a tener menos de 100 residentes, tendencia imparable desde el año 2000.

En Ballabriga (Huesca) sólo queda uno. Se llama Pepe. Convive ya con un oso. La historia es real y la recuerda Mendoza en su libro. Nacida en Valdepeñas (Ciudad Real) en 1987, esta periodista que ha vivido en Armenia declara que el libro nace en su infancia, pues ella experimentó de niña "la libertad" de residir en un pueblo, pero también las dificultades. Las vio a través de los ojos de sus abuelos en Terrinches (Ciudad Real).

Su abuelo se dedicaba a limpiar la senda rural del pueblo a sabiendas de que ya no pasaba nadie por allí. Un día vio que cavaba un enorme agujero en el suelo.

Los últimos supervivientes de la España rural hacen cosas impensables en la ciudad.Sinforosa reside con su marido Martín en La Estrella, una minúscula localidad entre Teruel y Castellón. La casa se ve al final de un barranco.

No hace mucho comenzaron a usar la lavadora, recuerda Mendoza, porque, si el lavadero cumplía su función, para qué cambiarlo.

Es Sinforosa la que no se quiere ir, esa tierra es su vida, literalmente, y pese a todo, pese al vacío del entorno, el silencio, dejan ver algo parecido a eso que llamamos felicidad. "El brillo de sus miradas, miradas de niños, eso no lo han perdido", sentencia Mendoza.

Con todo, en los pueblos donde no queda nadie, o quedan dos, la periodista y escritora considera que "se da una sensación de pertenencia a una sociedad mucho mayor que en la ciudad".

Esa sensación de pertenencia, crearla, reforzarla, es uno de los objetivos de la psicóloga Iratxe Bolaños, quien ha desplegado por el municipio soriano de El Cubo de la Solana (Soria) y por los núcleos colindantes su campo de trabajo.

Tal y como explica, consiste básicamente en escuchar a los que aguantan allí y organizar con ellos sesiones colectivas de charla. Procura expandir su método, pero las instituciones, por ahora, no parecen convencidas.

No es banal su trabajo. Para empezar, identifica "las fortalezas" de esas personas rodeadas muchas veces, y en apariencia, de la nada. Esas fortalezas, señala, residen por encima de un umbral del dolor muy alto.

Luego, reseñan sus problemas, a los que Iratxe enseña a poner orígenes y consecuencias. "Es verdad que la falta de gente es uno de esos problemas, pero no es el único, tampoco el principal", recuerda.

Y por último, por resumir, se cultiva el sentimiento de pertenencia, el valor de lo colectivo, de modo que se defiendan entre ellos, que todo lo compartan.

Al final, queda una certeza: "En la ciudad vivimos en bloques de 70 vecinos. Saludas a todos a lo mejor, pero no conoces a casi ninguno, ni siquiera sus nombres. En el pueblo todos se saben el nombre y se conocen y, si le pasa algo a uno, todos se enteran", apunta Bolaños.

La vida en los pueblos que las estadísticas dicen que va a desaparecer hay que cuidarla, igual que se cuida la infancia.

También con servicios, claro, y en eso trabajan diputaciones y ayuntamientos, tal y como han explicado sus responsables en el reciente II Congreso Nacional de despoblación en el mundo rural.

Pero, mientras se asfalta la carretera y se pone la banda ancha, alguien tiene que hablar con los últimos pobladores de la España rural, donde está la infancia del país. La nuestra.

Recuerda Mendoza antes de despedirse: "Mi abuelo cavaba aquel agujero porque quería quedar enterrado en el lugar en el que nació". En el que fue niño.

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