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Un PSOE desgarrado busca nuevo líder en primarias

Susana Díaz, Pedro Sánchez y Patxi López optan a ocupar la secretaría general de un partido muy dividido. Un total de 187.949 militantes tienen en sus manos el futuro inmediato de la formación tras ocho meses de gestora.

Susana Díaz, Pedro Sánchez y Patxi López.
Susana Díaz, Pedro Sánchez y Patxi López.
Heraldo

La jornada en la que los 187.949 militantes del PSOE elegirán a su secretario general, tras casi ocho meses en manos de una dirección interina, ha llegado. La de este domingo es, probablemente, la votación más determinante de las que ha celebrado el partido. "El PSOE se juega el ser o no ser". Lo dicen los tres candidatos: Susana Díaz, Pedro Sánchez y Patxi López.

Cinco comunidades serán claves en la votación de hoy, aunque dos por encima del resto: Andalucía, de lejos la federación más fuerte, y Cataluña, el territorio en el que menos militantes dieron sus avales a los candidatos. Mientras, también Galicia, la Comunidad Valenciana y Aragón serán puntos que pueden decantar la votación a un lado u otro.

Nunca la fractura en el PSOE había sido tal palpable. Aunque el terremoto viene de lejos. En el último sexenio los socialistas han pasado de estar en el Gobierno a ver amenazada su posición de partido hegemónico de la izquierda. De los más de 11 millones de votantes que lograron en 2008 pasaron a 5,4 millones en junio de 2016. Se desangran en las grandes ciudades y tienen serias dificultades para conectar con los jóvenes.

La tensión vivida en los meses transcurridos desde que, el pasado 1 de octubre, Pedro Sánchez dimitió forzado por más de la mitad de su ejecutiva y una mayoría del Comité Federal puede llevar a pensar que lo que se resuelve hoy es una batalla que empezó cuando se perdieron las elecciones del 26 de junio y el PSOE tuvo que decidir si permitía gobernar al PP. O que se dilucida entre dos modelos de partido. El análisis retrospectivo habla fundamentalmente de lucha por el poder en el que los argumentos han sido de ida y vuelta.

Ni la abstención en la investidura del PP ha puesto al PSOE más a la derecha que el pacto con Ciudadanos que firmó Sánchez, ni cabe acusar al exsecretario general de arrojar al partido en brazos de Podemos por el mero hecho de proponer lo que han hecho la mayoría de los líderes territoriales que llegaron al gobierno en 2015. Las posiciones se exacerban en este juego de tronos. Y Patxi López es el único que lo admite abiertamente: "Aquí no hay una confrontación ideológica".

Contra lo que ahora parece, Susana Díaz no empezó a pensar en ser secretaria general cuando vio que su hoy rival era incapaz de superar a los populares "en sus horas más bajas". Lo hizo mucho antes, desde que apoyó a Carme Chacón en el congreso que ganó por la mínima Alfredo Pérez Rubalcaba en febrero de 2012. Los principales miembros de la dirección que salió de ese cónclave, paradójicamente ahora en sus filas, siempre sintieron que el PSOE andaluz remaba en su contra para hacerse con las riendas del partido. "No me fui por perder las europeas, sino porque me había quedado sin apoyo orgánico", ha admitido alguna vez el exministro.

Díaz decidió no presentarse al congreso extraordinario de 2014 porque acababa de llegar a la presidencia de la Junta de la mano de José Antonio Griñán sin legitimarse aún en las urnas y porque, aunque una docena de barones había salido en tromba a apoyarla, nadie le pudo garantizar que sería candidata única. En su camino se interpuso Eduardo Madina, un referente para buena parte del partido que exigió el voto directo de los militantes.

Otros tiempos

La ahora candidata creyó que, si ganaba, el vasco se consolidaría en el cargo. Así que eligió como depositario de sus avales a Sánchez, que no era nadie para la inmensa mayoría del PSOE, pese a haber trabajado en Ferraz durante años. La primera parte del plan funcionó. Sánchez ganó por goleada. Como él ahora, el vizcaíno planteó las primarias como una batalla de los militantes frente a los aparatos (sólo tenía de su parte a Javier Fernández y a Guillermo Fernández Vara), pero eran otros tiempos.

Una vez al frente del partido, el madrileño dejó claro que tomaba posesión a todos los efectos. Díaz, contrariada, comenzó a hacerle un serio marcaje y, en un intento de asentar su silla al suelo, él empezó a apelar a la designación directa de los militantes como una bula para exigir obediencia. Muchos barones se quejan de que desde Ferraz se alentó la disidencia en sus territorios. En dos años, Sánchez tuvo la habilidad de poner a todos los poderes fácticos del partido en su contra.

En 2016, el exsecretario general evitó el 39 congreso gracias a que la fragmentación del Parlamento le ofrecía alguna posibilidad de formar gobierno. Lo intentó y selló un pacto con Ciudadanos, pero fracasó con Podemos.

Tras el 27-J fue él quien trató de hacer a prisa y corriendo un congreso exprés. Lo planteó como un plebiscito sobre una abstención a la investidura del PP, que había considerado adecuada hasta que entendió que Díaz la utilizaría para ponerle a la militancia en contra. Perdió la votación del convulso comité federal del 1 de octubre. Pero, pese a lo que creyeron los susanistas, esa carta le ha mantenido vivo.

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