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Nacional

Aznar

La renuncia de José María Aznar a la presidencia de honor del PP culmina su distanciamiento de la actual dirección del partido, pero no ha provocado ningún terremoto. Los estilos de hacer política y las personalidades de Aznar y de Rajoy son muy diferentes.

Aznar se va de la presidencia de honor del PP con menos revuelo del que cabría suponer; y sospecho que con menos escándalo del que a él mismo le hubiera gustado causar. Cuando mandaba Aznar se llevaba bien con Rajoy, pero cuando la cosa de la gobernación le tocó a Rajoy empezaron las desavenencias. Aznar jamás le perdonó a Rajoy que no pusiera su dedo, al que debía tanto, entre las reliquias de la historia. De ahí podríamos deducir que a Aznar le sienta mal el papel de súbdito y a Rajoy le va bien el de funcionario. Las presidencias de honor son el cartel de la película de Saura ‘Mamá cumple 100 años’, en el que una sonriente Rafaela Aparicio aparecía minimizada por un gigantesco y dorado sillón, para colmo, suspendido en el aire por cuerdas de flores entrelazadas. Las presidencias de honor no sirven para nada, si acaso para subrayar la agotada trayectoria del honorífico, y si acaso para que se monte un gran revuelo, alboroto y escándalo para el caso de que alguien tenga la ocurrencia de bajarse en marcha del sillón flotante en pétalos. Pues con Aznar, ni eso, porque ha calculado mal la escenificación.

A Aznar, del que podríamos decir que fue un buen presidente que hizo fácil lo difícil y difícil lo fácil, probablemente el mejor y el peor de nuestros presidentes (aunque en lo de ‘el peor’ Zapatero se empeñó con gran eficacia en disputarle el puesto), no le gusta lo que está haciendo el PP en Cataluña, ni en el Ministerio de Hacienda, ni en el Constitucional, ni en los zulos de ETA ni en el BOE ni en la carrera de San Jerónimo. Hace tiempo que se arrogó el papel de guardián de sus propias esencias, que son las del liberalismo conservador reformista europeo, y ve a sus herederos como eso, como herederos, lo cual de por sí ya es significativo.

Aznar es un norteamericano de Valladolid y Rajoy es un británico de Pontevedra. Ambos podrían ser personajes de una de esas novelas de Henry James en las que norteamericano casa con inglesa y la cosa sale mal, como en Lady Barberina, por ejemplo. A Aznar le gusta influir y a Rajoy no le influye nada. Aznar corre y Rajoy anda entre bastones, y de ahí podríamos sacar toda una filosofía de gobierno. La increíble trayectoria de Rajoy dentro y fuera de la Moncloa, dentro y fuera de Génova 13 ha convertido al Partido Popular en un ente que lleva la gobernanza de las cosas como las llevaría cualquier abogado del Estado, que es una de las profesiones más británicas que tenemos. Si en el diccionario de la RAE un día les da por poner fotos, habrá que poner la de Rajoy en ‘posibilismo’.

Aristóteles, Maquiavelo y otros engañados verían hoy su error: la política actual no está ya para navegar en el día a día de ‘el ser’ con ánimo de ir hacia ‘el deber ser’. No, ya no es eso. Ahora los dirigentes europeos de cualquier ideología y condición llaman política a la mera gestión de los asuntos conforme vienen. ‘El arte de lo posible’ ha dado paso a ‘solo lo posible’ y ‘el arte’ está en solo caer bien a la parroquia. Tal vez por eso Rajoy resucitó, por ser el único líder europeo que entendió a tiempo que, en época de vuelcos, sustos, sobresaltos y escenarios cambiantes, a lo mejor solo cabe sentarse y esperar.

Aznar salta del sillón dorado y hortera tapizado con las flores del honor y no encuentra quien desde Génova 13, una máquina de perder elecciones hasta que él llegó, le dedique tres frases para amortiguar la bajada. Ni un ‘gracias por todo’, frase muy socorrida para no dar las gracias por nada concreto. Todo un síntoma de que en el fondo Aznar tiene algo de razón y el Partido Popular es un partido de herederos que esperan que su futuro les caiga de un guindo o de una escritura notarial. Solo Aznar sigue soñando, así que se queda en FAES. Cuando Aznar pone los pies en la mesa y enseña las suelas, hay un fotógrafo y un presidente americano. Rajoy no enseña nada y se fuma un puro.

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