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La firma

El error

El miércoles murieron Rita Barberá y la presunción de inocencia de Pablo Iglesias. En España, de larga tradición histórica en la confusión de prestigios, dicen más los gestos que los hechos, la pose que la planta, las televisiones que la calle.

Víctor M. Serrano Entío 25/11/2016 a las 06:00

El miércoles mueren Rita Barberá y la presunción de inocencia de Pablo Iglesias. En España, de larga tradición histórica en la confusión de prestigios, dicen más los gestos que los hechos, la pose que la planta y las televisiones que la calle. Pablo no es un líder de la calle sino de la televisión. Como Donald Trump o las Kardashian. Pablo Iglesias es nuestro Alaska y Mario en un único cuerpo, solo que a Alaska y a Mario le graban en casa con zapatillas su populismo del corazón y a Pablo le retratan su populismo ideológico en un plató o ahora también en el gran plató del Congreso, a veces circo.

El miércoles a Pablo le salió mal la pose teatral y decidió que Podemos no guardase un minuto de silencio como señal de respeto a una persona que acababa de morir. Llevaba tan poco tiempo muerta que aún vivía. La educación, en circunstancias como esa, si no nace espontáneamente por humanidad al menos debe nacer por respeto. Pero Pablo se equivocó el miércoles, tal vez porque la muerte no avisa, a diferencia de los editores de ‘Vanity Fair’ o de los productores de La Sexta, y tuvo que tomar una decisión en minutos. Con el cuerpo aún yaciente en el hotel tuvo que decidir entre humanidad o televisión y eligió el circo cruel de los sin piedad. Entre humanidad y sectarismo no hay nada que elegir cuando el sectarismo alcanza cuotas casi biológicas.

El miércoles muere la ex alcaldesa de Valencia y el pretendido buenismo de Pablo Iglesias. Lo peor es que conociendo a Pablo, todo táctica y estrategia, la decisión de no guardar un minuto de silencio por el cadáver que se acaban de encontrar es una decisión premeditada. Iglesias es un vanguardista de la vieja táctica política del poli bueno/poli malo, una rareza ya que siendo él el líder se ha pedido el papel de malo, algo hasta ahora inédito. El malo era siempre el dos. Eso hace sospechar que la estrategia de Pablo pasa por el enfrentamiento y la tensión, por dividir entre buenos y malos con la sospecha siempre acechando a los malos. Lo malo de poner el Instituto Nacional de Estadística en sus manos es que a Pablo le saldrán el mismo número de malos que de no votantes de Podemos.

La gente se da el pésame en los funerales, y respeta los minutos de silencio cuando en la fábrica muere un compañero aunque meses atrás el compañero le clavase accidentalmente un tornillo en el culo. La gente le da el pésame a la viuda del 2ª A aunque llevara años sin hablarse con el del 2º A. La gente teme a la muerte y siente respeto por el muerto, al menos mientras el cadáver está aún vivo. Sospechábamos que Pablo cataloga y separa entre vivos. Sospechábamos también, con sus palmaditas en la chepa parlamentaria de los diputados de Bildu, que para él había muertos invisibles en la democracia de España. Unos mil. Pero hasta el miércoles no pudimos verle en su función de reprobar cadáveres recientes.

Fuera de plató hay prestigios que se diluyen mucho. Tal vez de ahí la estrategia de convertir el Congreso en un circo en el que siempre haya un número para la televisión. Pablo Iglesias sabe que solo puede ganar la batalla de la televisión y comete errores y atropellos cuando se trata de tender la mano a lo cotidiano. El populismo avanza a los ritmos de la fibra óptica. En realidad, el del plasma es Pablo Iglesias.




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