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La ciudad que fue tomada a sangre y fuego

Un equipo de arqueólogos intentará confirmar este verano la presencia de muros, fosos y campamentos romanos empleados en el asalto a la urbe iberorromana de Azaila.

Vista aérea del Cabezo de Alcalá, en la localidad turolense de Azaila.
Vista aérea del Cabezo de Alcalá, en la localidad turolense de Azaila.
Consorcio de Patrimonio Ibérico de Aragón

Fue un auténtico asalto a sangre y fuego en el que, casi con toda seguridad, no hubo supervivientes entre los sitiados. Si a principios de este año el arqueólogo Francisco Romeo, jefe de la sección de Prevención del Patrimonio Cultural de la DGA, revelaba en HERALDO que había descubierto los vestigios del campamento romano, la rampa de acceso y un muro de contención empleados en el asalto a la ciudad iberorromana de Azaila, sus recientes investigaciones han añadido nuevos elementos al ‘mapa’ general de la batalla. "No solo hay evidencias de un campamento y de un muro levantados para asediar la ciudad, sino que probablemente hubo más campamentos y todo un sistema de muros y fosos cerrando la ciudad por el este, sur y oeste. Y si no hemos encontrado aún indicios de que también se cerró Azaila por el norte, seguramente se debe a que desaparecieron en la concentración parcelaria en el siglo XX. Esos muros se construyeron exclusivamente para asediar a la ciudad, y este procedimiento únicamente lo emplearon los romanos en asedios prolongados, como los de Numancia y Alesia". Medidas excepcionales, sin duda, para vencer una resistencia que tuvo que ser encarnizada.

"Los romanos eran muy prácticos y no gastaban fuerzas si no era estrictamente necesario. Lo primero que intentaban los soldados era tomar al asalto la ciudad en alguna acción rápida y contundente. Si no lo lograban, buscaban negociar la rendición y, si no había acuerdo, entonces empezaban el asedio". Y, dentro de esta última opción, lo que se vislumbra en Azaila es que los soldados adoptaron las medidas más extremas, entre ellas la construcción de un muro para evitar que los sitiados rompieran el cerco, y parece que otro, a sus espaldas, para evitar ser atacados mientras intentaban rendir a la ciudad. "El horizonte de nuestros conocimientos sobre esta época está experimentando un cambio radical en los últimos años –subraya Romeo–, y Azaila está ahí, agigantando su importancia para explicar cómo encaraba Roma los conflictos bélicos".

Todas estas novedades científicas salen a la luz gracias a las técnicas que están ayudando a la arqueología clásica en los últimos años, con sistemas de teledetección y vuelos de drones equipados con cámaras especiales, pero quedan pendientes de confirmación por la vía tradicional, la excavación. Un equipo de especialistas, dirigido por los arqueólogos Miguel Beltrán, Luis Fatás y Francisco Romeo, tiene previsto confirmar este verano los hallazgos. "Vamos a hacer sondeos para confirmar la existencia de las estructuras que hemos localizado a través de las fotografías aéreas. Y, además, queremos aplicar a Azaila la misma metodología que se ha usado para estudiar batallas como la de Baecula o la del bosque de Teutoburgo". En los casos citados, se han localizado mediante detectores de metales los vestigios de la contienda y luego, analizando con programas informáticos todos los datos, se ha logrado reconstruir cómo fue la batalla.

En el caso de Azaila se quiere ser muy restrictivo con un instrumento, el detector de metales, que aún suscita desconfianza, incluso miedo, entre los arqueólogos. "No deja de ser una herramienta que, si se emplea con autorización administrativa y bajo la supervisión directa de un arqueólogo, puede resultar muy útil a la ciencia". Así se hará en Azaila, donde no se buscarán objetos a más de 30 centímetros de profundidad y tampoco se extraerán, salvo que estén en terreno donde se realicen labores agrícolas y, por tanto, puedan sufrir daños o estén en peligro de desaparecer. Con los datos que ofrezca la prospección con el detector se realizará un ‘mapa’ de la zona con un equipo topográfico profesional, y de su análisis se esperan datos novedosos.

Garantía de resultados

Además de los arqueólogos citados, en el equipo de investigación se integran especialistas como el historiador Fernando Martínez de Baños, estudioso de la Guerra Civil española; el arquitecto turolense José María Sanz; o Jorge Angás y Paula Uribe, que se ocuparán de la vertiente topográfica del estudio. Como asesores, destacan especialistas como Raimon Graells, Javier Heras, Carles Padrós, Eduard Ble, Romana Erice o José Antonio Mínguez. Francisco José Matas será el operador del detector de metales, y la empresa Vida Primitiva, de Azaila, que enseña el centro de visitantes y el yacimiento y hace dinamizaciones, está como equipo de apoyo y logística.

Los sondeos, para los que aún se busca financiación, se taparán una vez realizados. Con ellos, y con el estudio de los datos que ofrezcan los detectores, se espera iluminar un momento importante de la historia de lo que hoy es territorio aragonés. "Estamos en el inicio de un camino del que empezamos a saber muchas cosas  –concluye Romeo–. Vamos a encontrarnos los restos de un asedio sobre una ciudad, un sistema complejo, casi inédito para el siglo I antes de Cristo en la Península Ibérica. La investigación que vamos a realizar nos dará las claves definitivas".

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