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Birmania

Socialismo, surrealismo, secretismo

Los turistas de Birmania conocen un paraíso muy distinto a la realidad del país, que hoy celebra elecciones.

Monjes birmanos se dirigen al comedor en un monasterio cercano a Mandalay.
Socialismo, surrealismo, secretismo
GERVASIO SáNCHEZ

Bangkok, nueve de la mañana: solicitud de visado. Tres de la tarde: recogida. Yangon o Rangún, ocho de la noche: cena en el Moonson, fantástico restaurante.

Así de fácil y de sencillo se viaja a Birmania o Myanmar. En unas horas sin problemas. Como turista, claro, y una pizca de transformismo. Si eres periodista, fotógrafo o abogado lo mejor es buscarte otra especialidad e inventarte una fe de vida laboral cuando rellenes los formularios.

Durante 28 días nadie te molestará. Serás bien recibido en el aeropuerto internacional y ningún policía se preocupará de ti en el resto del viaje. Sobre todo si no intentas relacionarte con miembros de la oposición o haces preguntas indiscretas donde no debes.

Muchos turistas llegan en avión, viajan en avión y se van en avión. Visitan cuatro puntos concretos durante unos días de madrugones. Ven un paraíso ideal que poco o nada tiene que ver con la realidad cotidiana en la que viven inmersos los 60 millones de birmanos.

Lo verdaderamente interesante es alquilar un coche con un buen conductor al que le encante hablar de lo prohibido aunque sea entre susurros. O utilizar los trenes y autobuses locales que te trasladan a un tiempo colonial con vías de transporte destartaladas ya desaparecidas en los países asiáticos vecinos. Es entonces cuando comienzas a entender un país dictatorial donde se ha desarrollado una curiosa mezcla de socialismo y surrealismo embadurnado de budismo. A percibir que los generales, que gobiernan el país desde hace décadas, que rivalizan en aislamiento con Corea del Norte, son poco amantes de las críticas y que los opositores son carne de cárcel o exilio.

Por una impresionante autopista de cuatro carriles por la que es posible conducir muchos kilómetros sin cruzarse con un solo coche se llega a Naypytaw, una localidad del interior del país, reconvertida en capital en octubre de 2005. Se dice que el hombre fuerte, el general Than Shwe, quería imitar a los antiguos reyes birmanos que construían nuevas capitales coincidiendo con el inicio de sus reinados.

"Welcome", dice un gran cartel a la entrada. Pero es un 'welcome' teórico. Está prohibido detener el coche si eres extranjero. ¿Ni siquiera para hacer una foto? "Terminantemente prohibido", explica el conductor.

Parece Disneylandia en el reino del terror. Los chinos han dirigido la construcción y, a marchas forzadas, están convirtiendo a Birmania en su colonia comercial. Hay hermosas casas de uso exclusivo para los altos burócratas militares. Edificios ordenados de considerable altura para los funcionarios de los extractos más bajos. Hoteles de última generación solo para delegaciones oficiales. Palacetes de acogida para clientes exclusivos u hombres de negocios sin escrúpulos. Y gasolineras ultramodernas en las que no hay que hacer horas de cola como en el resto del país. "Todo nuevo pero no hay electricidad", explica el conductor mientras observa al operario extraer el carburante con una manivela.

Pocos kilómetros después reaparece la Birmania ordinaria, la que vive de espaldas al desarrollismo. Carreteras destrozadas por las lluvias son remozadas por picapedreros que trabajan jornadas maratonianas por medio dólar al día, o gratis como servicio a la comunidad. Niños, durante el horario escolar, y mujeres ayudan a transportar las piedras en cestos y sacos.

Paisaje inolvidable

Una carretera vacía de tres carriles aparece a 30 kilómetros de la capital. Está custodiada por policías militares. "Prohibido pasar. A tres kilómetros está la residencia del general Than Shwe", contesta el conductor cuando se le pide transitar por ella.

El paisaje birmano es de una belleza espectacular e inolvidable. Las aldeas están transitadas por carretas de bueyes y bicicletas. Incluso en Mandalay hay más bicicletas y motos que coches.

Cerca de Maymyo, la antigua capital británica, está el campo de prisioneros de Myothit. Entre 3.000 y 5.000 convictos trabajan como esclavos construyendo carreteras o picando en las canteras.

También está prohibido visitar Yatanarpon, una nueva ciudad construida por los chinos en un paraje ideal repleto de cascadas y montañas que permite la huida de las altas y húmedas temperaturas de Mandalay y Yagoon. Solo para los miembros de la poderosa nomenclatura socialista.

La cumbre birmana es Bagan y sus 4.000 templos, construidos en una extensión similar a la de la isla de Manhattan. Los saqueos y los terremotos, el último de los cuales, en 1975, provocó serios destrozos en los principales templos, no han dañado la majestuosidad de un lugar único en el mundo comparable al Angkor de Camboya.

Los retratos del dictador Shwe y su cohorte de generales corruptos están en todos los templos importantes. La revolución del azafrán de 2007, liderada por monjes budistas, puso sobre aviso del poder de influencia de los religiosos en una sociedad muy tradicional. Pero las donaciones generosas y esta reconversión de militares en custodios de los lugares santos no han conseguido neutralizar el malestar generalizado.

La prepotencia de los generales no tiene límites. En 2007 no les tembló el pulso cuando expulsaron al jefe de la misión de la ONU, Charles Petrie, que coordinaba las tareas humanitarias, por criticar la brutal represión.

La líder Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la Paz, ha pasado la mayor parte de los últimos 20 años en la cárcel o en arresto domiciliario a pesar de las protestas mundiales. Años antes, en 1996, desobedecieron los consejos de la Unesco y ordenaron destruir decenas de pequeñas pagodas en Bagan para construir un campo de golf que siempre está vacío.

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