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Internacional

ITALIA

Política de campos quemados

Los asentamientos gitanos de Ponticelli, asaltados por exaltados, son el reflejo de una autoridad inexistente.

Ponticelli es un barrio feo, olvidado y marginal, a cinco kilómetros del centro de Nápoles, pero ayer se habló de él en el Parlamento europeo, en un debate sobre la situación de los gitanos en Italia. "La UE condena cualquier tipo de violencia hacia los 'rom', la violencia racista que se nutre de populismo, los estados deben grantizar su seguridad", clamó el comisario de Asuntos Sociales, Vladimir Spidla. La razón de esta preocupación son los ocho campamentos, ahora abandonados, de Ponticelli en los que vivían unos 800 gitanos rumanos. Estos lugares miserables, que ya eran desoladores cuando estaban habitados, son más angustiosos cuando se ven vacíos. Porque se intuye cómo se fueron de ellos sus moradores. Con el miedo en el cuerpo y a toda prisa. Hay ropa tendida en las cuerdas. Triciclos y juguetes, muchísimos ositos de peluche, estuches escolares con lapiceros, montones de ropa que no entraba en una sola maleta. Les echaron.

En este recinto, situado bajo un puente de autovía de la Via Argine, fue la noche del miércoles. El día anterior habían pegado fuego a cuatro barracas cercanas. Grupos de vecinos y jóvenes con 'cócteles molotov' merodeaban por los alrededores. La tensión se respiraba y la Guardia de Finanza les escoltó hasta una casa religiosa en San Giovanni. Pero también allí hubo protestas y al día siguiente se fueron a otra casa de acogida. En lugares así terminaron unos 250 gitanos. Los demás, unos 650 han desaparecido, no se sabe dónde están. Varios campamentos fueron luego quemados, para evitar que sus ocupantes regresaran.

Es el final de una historia de pobreza y abandono político que, como todo en Nápoles, acaba estallando a nivel popular cuando a la gente se le calienta la sangre o a la Camorra le interesa. Es innegable que hay un fondo de xenofobia y de una convivencia rota, pero la razón básica es la ausencia total del Estado, causa de la mayoría de los males de Nápoles y de gran parte de Italia. "Mire, yo estoy contento de que se hayan ido, aunque no de cómo ha sido... No podían seguir así, viviendo de forma inhumana con los críos, haciendo sus necesidades delante de todo el mundo, pero eso es porque las autoridades les han dejado, tiene que haber una asistencia de algún tipo para ellos", explica Massimo Cozzolino, un frutero que tiene el puesto al lado. Alega que se levanta a las cuatro, tiene tres hijos y tiene que pagar impuestos. Encima le han puesto una multa de 5.000 euros por ocupar la calle sin permiso. Pero no la ha pagado y ahí sigue.

El interés de la Camorra

En teoría, la chispa de los incidentes surgió por el presunto intento de secuestro de una niña de seis meses por parte de una gitana de 16 años. El caso no está nada claro y la Ong Opera Nomadi, que desde hace años trabaja con cíngaros, dice directamente que desconfía de esa versión. En cualquier caso, pasaron tres días antes de que a nadie se le ocurriera tomárselo con los gitanos. "Sí, es muy curioso", admite Giuliano Grimao, de 29 años, que se está doctorando en Ciencias Políticas y trabaja en la Ong ENA, de asistencia a emigrantes. Trabaja en Ponticelli, su barrio, desde hace diez años. Para él, como para casi todo el mundo, los asaltos fueron "fomentados y planificados por la Camorra". Los propios gitanos pagaban 50 euros por barraca a los clanes y en Nápoles no se mueve nada que toque los intereses mafiosos. Desde el centro de uno de los campos quemados, un descampado entre edificios, se comprende por qué: es un terreno libre para construir.

Grimao añade que, de todos modos, "había un ambiente de limpieza étnica", síntoma de la degradación del barrio. Aquí se formó el primer asentamiento gitano hace unos 20 años y luego creció con refugiados de las guerras de la ex-Yugoslavia. El trabajo de integración fue bueno y había unos 150 niños escolarizados. La situación, reconoce, "se escapó de las manos hace dos os tres años". Llegaron cientos de rumanos que ocuparon descampados y cunetas. "Las instituciones no han movido un dedo, era como si fueran invisibles", explica. Italia es seguramente el país europeo donde más fácil es vivir en la ilegalidad. Lo hacen muchos italianos. Lo malo es que las reacciones populares pueden moverse en el mismo plano.

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