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Internacional
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11-S. 'YO ESTUVE ALLÍ'

"Cuando vuelvo a la zona cero me emociono y lloro en silencio"

En septiembre de 2011 HERALDO habló con Miguel Arbués, un aragonés de 55 años, que se instaló en Nueva York hace 27, donde le tocó vivir el momento más impactante de su vida: la caída de las torres gemelas.

Miguel Ángel Arbués
Miguel Arbués: «Cuando vuelvo a la zona cero me emociono y lloro en silencio»

Arbués nació en Murillo de Gállego hace 55 años, pero lleva más de 27 viviendo en EE. UU, concretamente, en el condado de Fairfield (Connecticut), al que se mudó enamorado de una norteamericana a la que había conocido en un programa de intercambio en Madrid. "Tuve que tomar una decisión: o me quedaba o me iba con ella, y decidí marcharme y casarme con ella".

Cuando sucedió el terrible atentado que mantuvo en vilo al mundo entero, Miguel, por entonces director de una empresa financiera en Broadway, acababa de llegar a su oficina, ubicada a unos 300 metros de la zona cero. "Notamos un gran temblor y pensamos que los cristales iban a estallar. Al mirar por la ventana pensé en toda esa gente atrapada y me pregunté cómo iban a sacarlos", recuerda. Él y otro compañero de la empresa, localizada justo al lado de Wall Street, salieron del edificio y pasearon durante más de una hora por las calles adyacentes tratando de buscar una explicación, pero solo encontraron humo, cenizas y "zombies". "No me creía lo que estaba pasando, pensaba que estaba en una de esas películas futuristas", confiesa casi diez años después del atentado. En esa escena dantesca que le tocó vivir, "la gente era como sombras en la noche de un día que había amanecido soleado", describe. "Todos deambulábamos por las calles y nos quitábamos las camisas para no intoxicarnos con el humo. Después de dos horas llegaron los policías y nos mandaron a Battery Park". Allí llegaban a buscarles barcos de todo tipo para llevarlos a Nueva Jersey. "Algunos no te creas que muy estables", comenta entre risas. Las órdenes de los policías eran las mismas para todos: "Sigan adelante que esto es una locura".

Pese a todo lo vivido aquel fatídico 11 de septiembre, Arbués asegura que no lloró "entonces". Quizás estuviera demasiado 'en shock' como para hacerlo. Es ahora, al volver a la zona cero, cuando se emociona y llora en silencio. "Debe ser que me hago más viejo y por eso me emociono tanto...".

Su oficina, junto con las calles adyacentes, estuvo cerrada más de una semana después de la tragedia, aunque "el humo y el olor a quemado permanecieron como 6 o 7 meses". Pese a todo, Miguel se sorprende de la pronta recuperación que experimentó la ciudad después de aquel devastador atentado. "El mensaje era que teníamos que seguir", afirma. Según relata, Nueva York se recuperó muy rápido y la gente sufrió un cambio extraño; él lo llama la "primavera de la amabilidad". "La gente se volvió un poco más humana, porque de normal Nueva York con su ritmo frenético, sus prisas, etc. te deshumaniza bastante", explica.

Casi diez años después, la zona cero luce completamente recuperada de aquella desgracia que conmovió al mundo. Debajo del inmenso socavón que dejó el hundimiento, volvió a circular el metro. No obstante, todavía pequeños detalles remiten a lo ocurrido. Sin ir más lejos, dos iglesias bastante antiguas se restauraron y una de ellas, según cuenta Miguel, sirvió como centro de apoyo a los familiares de las víctimas conservando en su interior muchísimas muestras de aquellos días. "Dentro de la iglesia tienen algunas cosas que guardan lo que pasó. Ropas, libros y fotografías de gente que murió". En la misma zona cero se construyó también un Museo que sirve de homenaje a las víctimas.

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