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Internacional
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«El mayor dolor es que haya sido uno de los nuestros»

Un redactor de HERALDO. testigo directo de los atentados en Oslo, vive el dolor de los noruegos, que han buscado consuelo en uno de los mayores templos de la ciudad. Nadie entiende cómo alguién que ha crecido en sus calles haya reunido tanto odio.

Cuando una ciudad vive una tragedia de grandes dimensiones, sus habitantes necesitan un lugar de encuentro, una vía de escape donde liberar el dolor y la tristeza. Un rincón donde llorar a los muertos, meditar y apoyarse unos a otros. La Domkirke, principal catedral de Oslo, se convirtió en ese rincón para miles de noruegos, que acudían a sus puertas con ramos de flores, velas y pequeños objetos para recordar al casi centenar de fallecidos en la matanza del viernes en el centro de la ciudad y la isla de Utoya.

Oslo amaneció ayer triste y apagada. Era la sombra de la ciudad que había recibido a los turistas a principios de semana: soleada, callejera y fresca. Es una ciudad que sorprende al turista que se espera encontrar un rincón tranquilo y silencioso. Las terrazas de la capital están repletas de noruegos que disfrutan de su corto pero intenso verano; la música se escucha en la calle y las plazas son lugar de encuentro.

Por eso sorprende el silencio del día después: solo se escucha el graznido de las gaviotas, ajenas al dolor y estupefacción que vive la ciudad.

El deán de la Domkirke, Olaf Dag Hauge, entendía el silencio reinante: «Es un momento para la reflexión, el silencio y el recuerdo», me confesó ayer, mientras contemplaba la larga fila de ciudadanos que había acudido a las puertas del templo para depositar los ramos de flores.

Olaf tiene el rostro cansado y los ojos vidriosos, ha atendido a decenas de feligreses que le estrechan la mano y le expresan su gran consternación. Tiene palabras de ánimo para todos porque, asegura, «este templo es ahora un lugar donde encontrar apoyo y expresar los sentimientos. No es necesario rezar, también se puede acudir para pensar en lo sucedido». La iglesia celebrará hoy un servicio en honor de las víctimas de la tragedia y Olaf invita a todos los ciudadanos.

En el interior de la Domkirke nadie hablaba ni susurraba. Algunos lloraban y otros, como Mattheus Vengard, jubilado de 68 años, hacían sus propias conclusiones de lo sucedido. «El mayor dolor es que haya sido un muchacho de Noruega -me aseguró, cuando salíamos del templo-. Que haya sido uno de nosotros, ¿entiendes? Porque si fuera un extremista extranjero lo puedes comprender mejor: ellos nos atacan porque odian nuestro modo de vida. ¿Pero qué puedes hacer cuando se trata de un chico normal? Te preguntas qué ha pasado, qué se ha hecho mal para que alguien que ha crecido en estas mismas calles reúna un odio semejante».

La ciudad invita a rumiar las palabras de Mattheus y buscar respuesta a esas preguntas. Los comercios están cerrados; las terrazas, medio vacías. Y las banderas de edificios oficiales y hoteles ondean a media asta. En las inmediaciones del Parlamento, soldados armados custodian el edificio ante la mirada atónita de los turistas y oslenses, que hacen fotos como si la matanza fuera una atracción más de la ciudad.

Si el viernes los protagonistas eran los teléfonos móviles, ayer eran las cámaras de fotos. De móvil, compactas o con grandes objetivos. Uno siente vergüenza ajena y propia al tomar fotos de escombros y cristales, porque en el fondo es una falta de respeto.

Tras un atentado o una tragedia, el turista se siente de más. Ayer resultaba extraño disfrutar de las vacaciones tomando un café en el Aker Brygge, la zona de bares del puerto de Oslo. Apenas nos atrevíamos a levantar la voz en la plaza de Christiania Torv, donde se disfruta de buenos tapeos, ni a disfrutar de una copa de vino en la Bankplassen. Quizá porque mi lugar también está en la catedral, arropando a los noruegos. Porque los aragoneses sabemos el dolor que se siente cuando el terror golpea tu ciudad.

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