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Internacional

HISTORIA

Los mitos se derrumban

La polémica por el 'caso Kundera' pone en entredicho la integridad de muchos intelectuales y artistas en los países ex comunistas de Europa

El chantaje y la delación son quizá la faceta más siniestra de la represión en los países ex comunistas europeos. Ewa Stankiewicz, una cineasta polaca de 41 años, realizó este año junto con Anna Ferens un largometraje, 'Trzech Kumpli' (Tres amigos), basado en una historia real sobre la traición y el crimen en la Polonia comunista. Trata de tres chicos unidos por la Amistad; uno de ellos, Staszek Pyjas, fue asesinado por la policía, porque su amigo Leszek Maleszka, que era un chivato, lo delató. La tercera persona del grupo, el periodista y escritor Bronislaw Wildstein, sigue queriendo saber la verdad y dedica buena parte de su vida profesional a la denuncia de los mecanismos represivos que imperaron en Polonia durante más de cuatro décadas.

Casi 20 años después de la caída del Muro de Berlín, en el territorio de lo que fue la República Democrática de Alemania (RDA), un paradigma de sociedad controlada por la Stasi (la policía política) a través de una tupida red de chivatos y colaboradores, el conocimiento que tienen las nuevas generaciones sobre esta realidad es escaso. La depuración llevada a cabo en la administración y la apertura de los archivos comunistas no ha tenido el efecto deseado en la juventud que, sin embargo, conoce bien la trágica historia del nazismo.

Tiene su lógica, porque, según los sociólogos, el desconocimiento se debe a dos factores: la nostalgia por el pasado que manifiestan algunos sectores sociales golpeados por el cambio capitalista y el interés de muchos ciudadanos por dulcificar la Alemania socialista para ocultar sus propias miserias.

Según un estudio de la Universidad Libre de Berlín, uno de cada 50 habitantes germano-orientales trabajaba para la Stasi, frente al uno de cada 596 ciudadanos soviéticos que lo hacía para la KGB. La tela de araña tejida por la Stasi y otros servicios de inteligencia era de tal envergadura que había un chivato casi en cada familia y en muchas parejas uno de los cónyuges era un colaborador de los aparatos de seguridad.

Hubo chivatos entre los escritores, dramaturgos, artistas, intelectuales y periodistas. Recientemente, un diputado del partido radical 'Die Linke' (La Izquierda), Lutz Heilmann, consiguió cerrar durante tres días la versión alemana de Wikipedia porque en su biografía se hacía referencia a su pasado como agente de la Stasi.

La polémica que generó el pasado mes de octubre una revista checa al afirmar que el escritor Milan Kundera denunció en 1950 a la policía comunista a un joven, que fue condenado a 22 años de prisión, demuestra que la RDA no fue un caso excepcional y que la delación fue un arma eficaz del poder en todos los países del antiguo bloque socialista europeo.

Mecanismos represivos

"No sé si Milan Kundera es culpable o inocente, porque no soy historiador, pero sé que en los países ex comunistas de Europa están cayendo muchos grandes mitos de la cultura y la intelectualidad". Ivo Buzek, hispanista y profesor universitario en Brno, la segunda ciudad de Chequia, no se sorprende ante las acusaciones contra el autor de 'La insoportable levedad del ser' porque "cuando era niño ya sabía que muchos ciudadanos de lo que entonces era Checoslovaquia eran chivatos y colaboradores de la policía secreta".

El 'caso Kundera', y otros que podrían ser revelados en el futuro, cuestiona el mito de que los regímenes comunistas sólo se pudieron mantener en el poder a través de la represión. Poco a poco salen a la luz los mecanismos sociales, políticos, policiales y psicológicos que permitieron a las nomenclaturas dirigentes gobernar con el apoyo de una parte sustancial de la población y sus elites intelectuales, artísticas y culturales.

La delación fue en Polonia, Checoslovaquia, Rumanía, Hungría, Bulgaria o la RDA un arma muy eficaz del poder y muchos de sus protagonistas, que hoy viven fuera de toda sospecha, son escritores, actores, cantantes, pensadores, sacerdotes, científicos y periodistas. Algunos eran comunistas y colaboraron por convicción, sobre todo cuando los regímenes gozaban de fortaleza social y política.

"Desde el punto de vista ético de un comunista honesto, la denuncia era un acto moralmente justificado", recuerda Ricardo Estarriol, que fue corresponsal de 'La Vanguardia' en los países del 'socialismo real' durante muchos años. Otros ciudadanos fueron engañados, detenidos y torturados, o víctimas del chantaje, y siguen viviendo atormentados por su pasado. Y unos cuantos delataron a familiares, amigos y compañeros de trabajo o estudio por venganza o para conseguir pequeños privilegios como viajar al extranjero o comprarse un coche sin la necesidad de largos años de espera.

Chantaje y coacción

"En Rumanía, la Securitate (policía política comunista) utilizaba el palo y la zanahoria para obtener la colaboración de los intelectuales. Chantajeaba a los que eran homosexuales o a las mujeres que habían abortado ilegalmente y daba pequeñas recompensas a los que se convertían en chivatos, promocionándolos profesionalmente o permitiéndoles viajar al extranjero", explica el sociólogo rumano Mircea Kivu.

El escritor y ex presidente de la república checa Vaclav Havel y el periodista polaco Adam Michnik no han cesado nunca de denunciar las numerosas complicidades sociales y políticas que permitieron al sistema comunista sobrevivir en Europa central y oriental. La ocupación soviética de esta parte de Europa fue una causa, pero no la única, y hubo países como Yugoslavia, pero sobre todo Rumanía y Albania, las dos peores tiranías del Este, que fueron independientes de Moscú.

El colaboracionismo fue para algunos intelectuales, artistas y profesionales que no pudieron exiliarse la única forma de no acabar en la cárcel o en el ostracismo profesional y social. El periodista y escritor polaco Artur Domoslawski, que prepara una biografía sobre el reportero Riszard Kapuczynski, señala que "en Polonia, la mayoría de los intelectuales y artistas recibían presiones para que se convirtieran en chivatos. Algunas eran sutiles, otras brutales. Hay que analizar lo que pasaba en el contexto de la época y no con parámetros actuales, porque sería injusto".

El escritor checo Ivan Klima recuerda que "Checoslovaquia fue hasta la muerte de Stalin, en 1953, un Estado terrorista, y si no informabas, te podían caer cinco años de prisión, o te podían ahorcar". ¿Quién podía resistir ante tanta barbarie, miedo e indecencia? Sólo un héroe.

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