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Internacional

CUMBRE EN L'AQUILA

El G-8 asume que se queda pequeño

Zapatero saluda a Obama a su llegada a la cumbre en Italia
El G-8 asume que se queda pequeño
EFE

Esta cumbre de L'Aquila que terminó este viernes ha sido la cúspide de la llamada «geometría variable», una ensalada de grupos, de letras 'G' con número, que reflejan cómo el poder se desparrama por el globo y denotan los movimientos para forjar un nuevo sistema de mando mundial, con la reforma de la ONU como telón de fondo. El G-8 ha asumido oficialmente que se ha quedado pequeño para decidir los destinos del mundo y en la reunión del jueves con las economías emergentes (G-5), el presidente brasileño, Inazio Lula da Silva, dijo sin rodeos que ya no tenía sentido que les inviten «sólo para tomar café». «Demasiados grupos y 'G', ¿qué significa esto?», espetó en la sesión, palabras que desataron una discusión a la que se le tenía ganas. Sólo fue calmada por Obama, que ha ejercido con soltura su liderazgo carismático. El anfitrión, Silvio Berlusconi, anunció que el G-14 será a partir de ahora una estructura estable de estas cumbres.

Esta vez se reunió primero el G-8 (EE UU, Canadá, Rusia, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia), pero sus conclusiones tuvieron que pasar al día siguiente por la mesa del G-5 (China, India, Brasil, México y Sudáfrica), que se convierte en G-6 con Egipto, país invitado, y entre todos forman el G-14, pero que llegan a 17 en el Major Economies Forum (MEF), donde se suman Australia, Indonesia y Corea del Sur. Y hoy, en la última jornada, ya eran 39 países, entre ellos España, para hablar de seguridad alimentaria. Naturalmente, existe el G-20, que en la actual crisis ha sido el organismo más determinante y cuya reunión de septiembre en Pittsburgh será en realidad el lugar donde se resuelvan muchas de las cuestiones tratadas estos días.

Es un juego de muñecas rusas, cada país tiene sus intereses y la situación es confusa, pero está claro que el G-8 queda superado.

Canadá, cuya presencia choca ante la ausencia de, por ejemplo, China, eludirá la cuestión en su presidencia del próximo año, pero Sarkozy ha dicho que en 2011, turno de Francia, convocará como mínimo un G-13. Alemania, que aspira a un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, se queja de que hay demasiadas reuniones y países como España hacen pasillos y aguardan impacientes la consolidación de un G-20.

Esta sensación de que algo ha cambiado definitivamente dominaba hoy la despedida de la cumbre. Dos de los grandes asuntos de la reunión del G-8 -las medidas contra la crisis y la voluntad de cerrar en 2010 las negociaciones de Doha para abrir los mercados, tras ocho años de bloqueo- sólo cobraron entidad cuando recibieron el aval de las nuevas potencias. Y aún así todo se decidirá en el G-20 en otoño. El tercer acuerdo decisivo, el recorte de emisiones de gases que calientan la atmósfera, fue frenado por China, India y sus colegas. Quedó aplazado a la cumbre del clima de la ONU de diciembre, en Copenhague. Con todo, y para acabar de describir un cuadro complejo, los países del G-8, si quisieran, podrían ejercer un liderazgo económico, pues su PIB es tres veces el del G-5, y el consumo privado, siete veces más.

Ayudas

La última jornada estuvo dedicada al gran e incómodo tema de África, que ha entrado como punto fijo de la agenda del G-8, pero sólo para rellenar. El conmovedor anuncio de la cumbre de 2005 en Gleneagles, Escocia, donde se pactó elevar la ayuda al desarrollo a 50.000 millones de dólares para 2010, la mitad de ellos para África, no se ha cumplido. Italia, anfitriona de esta edición, y Francia son los más culpables.

Estaban invitados un grupo de países africanos (Angola, Argelia, Egipto, Etiopía, Libia, Nigeria y Senegal, junto a la Unión Africana) y se unieron todos los presentes en la cumbre, como gran acto final. Obviamente se formularon las habituales promesas, pero la atmósfera parecía distinta. La partida acordada de ayuda al desarrollo, para proyectos agrícolas, subió de 15.000 millones de dólares a 20.000, en tres años, y hasta la ONG Oxfam, muy crítica con la cumbre, admitió que era una buena noticia. La FAO, el organismo de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, también lo consideró «un cambio de política esperanzador». Otro paso reseñable fue una declaración sobre el acceso al agua y los servicios sanitarios, la primera firmada expresamente por el G-8 con países africanos, que prevé la formación de una comisión de alto nivel para obtener «resultados concretos».

El renovado compromiso con África del G-8 tal vez se debe a la presencia de Barack Obama, que también en este campo augura un cambio de rumbo de EE UU. El presidente estadounidense es de origen keniata y hoy por la noche aterrizó por primera vez en este continente, en Ghana, en viaje oficial, como etapa de la gira exterior en que está sentando las bases de su nueva política.

Dentro de ella, fue histórico el apretón de manos con el líder libio, Muamar el Gadafi, en la cena del jueves.

Los grandes abandonaron L'Aquila y volvió la normalidad a las tiendas de los 30.000 vecinos que viven en ellas. La cumbre, dentro de su vaguedad, ha resultado enormemente útil a Berlusconi para darse un lavado de imagen, pues hasta el miércoles en Italia sólo se hablaba de sus escándalos. Las imágenes con Obama entre las ruinas significan que, al menos para él, la cumbre ha sido un éxito. Y además al final no hubo terremotos.

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