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Internacional
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GRACIAS A SU PRESIDENTE

Brasil, el 'gran hermano' sudamericano

Lula está en las antípodas de los gobernantes brasileños del pasado que miraban el vecindario con recelo, rivalidad, o en el mejor de los casos ni lo miraban.

A medida que su economía crece con equidad y se hallan nuevas reservas de gas y petróleo, Brasil, el más grande de América latina, emerge no solo como líder regional sino como un actor de peso en el escenario global. No hay dudas de que este liderazgo es fruto de una estrategia racional de la política exterior. Pero el carisma del presidente Luis Inacio Lula da Silva, el más popular hoy de los mandatarios latinoamericanos, ayuda mucho a consolidar este lugar entre sus pares.

Solidario, paternalista, dialoguista, Lula está en las antípodas de los gobernantes brasileños del pasado que miraban el vecindario con recelo, rivalidad, o en el mejor de los casos ni lo miraban. "Sin conflictos", pregona el brasileño. "Las cosas resultan mejor así, con tranquilidad y conversación". Tampoco quiere que su país sea el tuerto en el reino de los ciegos.

Generoso, ansía que la región crezca y se convierta en un polo de atracción de inversiones extranjeras.

Sus ambiciones no terminan allí. Brasil cultiva vínculos en del BRIC (un grupo de elite integrado por Brasil, China, India y Rusia), en IBSA (India, Brasil y Sudáfrica) y quiere ir a la conquista de África. "Tenemos que hacer como nuestros descubridores, buscar nuevos mercados. No vamos a vender máquinas a Alemania pero sí a Angola, Mozambique, Ghana, Nigeria", enumeró. El mapa se ensancha en su discurso.

En los últimos años Brasil avanzó en un programa de crecimiento económico más moderado que el de otros de la región pero sólido, con superávit, exportaciones en alza, inflación controlada y distribución de la renta, una promesa irrenunciable para este presidente que llegó al gobierno como candidato del izquierdista Partido de los Trabajadores.

Las multinacionales de origen brasileño expandieron filiales hacia Latinoamérica. En los últimos cuatro años, Brasil se erigió en primer inversor extranjero en Argentina. Desplazó a España y Estados Unidos. El predominio regional aumentó con el hallazgo de reservas de hidrocarburos en el mar.

Brasil tiene la mitad de la superficie y población de Sudamérica y ahora también la mitad de su producto bruto. No obstante, Lula apunta a ser un líder cooperativo, no hegemónico.

Más un coordinador que un jefe. Un interlocutor prudente. El hermano mayor que modera, contiene y estabiliza, sin confrontar con el resto del mundo.

Fue el que más hizo por dar vida a la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur). Propuso crear un consejo de Defensa que se pondrá en marcha este año. La iniciativa se gestó a raíz de la experiencia adquirida por Brasil como coordinador de la misión militar humanitaria en Haití, de la que no participan países desarrollados.

Buscar cómplices

Pero además, Lula consiguió sentar en Unasur a opuestos como el impetuoso Hugo Chávez y el colombiano Álvaro Uribe. Frenó al venezolano toda vez que buscó cómplices para su arremetida verbal contra Estados Unidos. Brasil resistió intentos de Chávez para que el consejo de Defensa considere "amenaza" a la IV Flota de Estados Unidos que navega mares próximos a Sudamérica con fines "humanitarios".

Lula sostuvo este jueves que la IV Flota le preocupa. "Está muy cerca de nuestra frontera marítima y no la necesitamos", dijo.

Pero enseguida dejó claro que su ánimo no es belicoso. "Somos un país tranquilo. No hablamos de guerra, hablamos de paz. No queremos conflicto. Queremos desarrollo".

Cuando se desencadena una crisis en la región, Brasil es el mejor preparado para arbitrar. Los demás le conceden ese papel.

Cuando Colombia y Ecuador chocaron por el ataque aéreo de fuerzas colombianas a un campamento guerrillero en territorio ecuatoriano.

Con cada crisis en Bolivia -sea por la nacionalización del gas o por la rebelión de los prefectos-, ahí está Lula tratando de bajar los decibeles.

Y hasta para frenar arrebatos. El ahora ex jefe de Gabinete del gobierno argentino, Alberto Fernández, admitió hace poco en privado que llamó de urgencia al "gran hermano" brasileño para que convenciera a Cristina Fernández de no renunciar a la presidencia cuando la argentina cuando perdió la batalla con el campo. Lula negó haber intervenido. Pero nadie le creyó.

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