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La vida en el metro de Járkov, en busca de una mínima normalidad para cientos de niños

"Sueño con regresar a casa y que todo esté bien", confía Sonia, de diez años.

Ciudadanos ucranianos se resguardan en las estaciones de metro de Járkov
Ciudadanos ucranianos se resguardan en las estaciones de metro de Járkov
Sergey Kozlov

Las estaciones del metro de Járkov se han convertido desde el inicio de la invasión rusa sobre Ucrania en refugio de miles de personas. Bajo tierra, familias y organizaciones trabajan para lograr una mínima normalidad, especialmente para los niños, con vistas a evitar o al menos contener el estrés mental que para ellos supone esta nueva realidad bajo las bombas.

"Es muy duro estar aquí con los niños", lamenta Liudmila, al contar al Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) cómo los pequeños "quieren salir fuera", volver a la escuela o hablar simplemente con los amigos que dejaron atrás hace más de un mes.

La organización estima que hay 1.500 niños repartidos por las 29 estaciones que conforman el suburbano. Marina Ladizhenska coordina las actividades para niños. UNICEF habilita espacios de juego y también dota de profesores y psicólogos a estos menores, para evitar amortiguar los daños en la medida de lo posible.

Algunos niños no han salido al exterior desde que su familia se refugió en el metro y muchos temen lo que puede pasar si lo hace. "El principal problema es la reducción de contactos sociales y la falta de escolarización", señala Ladizhenska.

  Yuliia Kruhla vendía flores antes de la ofensiva pero, una vez comenzados los bombardeos, volvió a la docencia que había ejercido durante diez años. Los niños, cuenta, "sufren insomnio, agresividad descontrolada e incluso problemas mentales".

"Para mejorar su condición emocional, hacemos ejercicios de calentamiento y de respiración. Les distraemos de la guerra", explica Yulia.

Dentro de estos trabajos de distracción se enmarca una obra de teatro que Sonia, de diez años, preparó durante cuatro días. Su historia va sobre dos planetas, "uno bueno y otro malo", y en ella "el planeta malo ataca al bueno".

Sonia reconoce que las clases que recibe en el metro han mejorado su día a día y ha podido hacer "muchos amigos", pero no renuncia a volver a lo que antes era su vida.

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