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Internacional
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Punto final a un régimen corrupto para regresar a la crueldad talibán

Los talibanes retoman el poder que ostentaron entre 1996 y 2001 después de 20 años de gestión de señores de la guerra apoyados por una coalición internacional.

Un soldado estadounidense apunta a un hombre en el aeropuerto de Kabul.
Un soldado estadounidense apunta a un hombre en el aeropuerto de Kabul.
AFP

Hace 20 años, la caída de los talibanes abrió una nueva etapa que es clave para entender lo que está ocurriendo hoy. La comunidad internacional, encabezada por Estados Unidos, el Reino Unido y las principales potencias europeas, intentó democratizar Afganistán apoyándose en los señores de la guerra que habían destruido la convivencia de un país durante el enfrentamiento civil de los años 90 tras la salida de los últimos soldados rusos a finales de los 80. Ese proceso de democratización fallido ha convertido Afganistán en un Estado ficticio apoyado en las mismas personas que han destruido el país, esos señores de la guerra que se han marchado cuando los talibanes han empezado a avanzar tras ir conquistado una tras otras las capitales provinciales.

La conquista talibán ha sido rápida porque las fuerzas de seguridad afganas, supuestamente formadas por 300.000 soldados, entre ellos 50.000 de fuerzas especiales, no estaban dispuestas a luchar por un Estado en el que no creen. Un Estado que se ha basado en la corrupción absoluta. Una de las claves básicas de Afganistán en este momento es la corrupción generalizada que ha sido permitida por Estados Unidos y los 50 países que han desplegado tropas durante los últimos 20 años, incluida España. Todo el mundo sabía en Afganistán que la corrupción era un problema grave que estaba afectando a la opinión que los afganos tenían de su Estado y esto provocaba que en cualquier momento los talibanes pudiesen avanzar y se hiciesen fuertes en el país. Durante estos últimos años, cada vez que los soldados extranjeros se marchaban de una provincia los talibanes a las pocas semanas hacían acto de presencia. Así ocurrió en la provincia de Bagdis, que estuvo bajo mandato español. A los dos meses de irse los españoles en el otoño de 2013 los talibanes ya estaban ahí. En la capital estaban escondidos, pero en grandes partes de la provincia controlaban ya las carreteras.

El papel de Estados Unidos, de las potencias europeas, de Naciones Unidas, ha sido en estos años contemporizar con la corrupción generalizada. No han dado paso a las nuevas generaciones de afganos. De hecho, apenas hay afganos jóvenes en puestos clave, y han sido permisivos con gobiernos que han basado su mando en una especie de acuerdo tácito con señores de la guerra, que se han repartido el poder para evitar los enfrentamientos. Por ejemplo, el presidente, Hamid Karzai, que fue impuesto por los estadounidenses, tenía a su izquierda y a su derecha dos vicepresidentes, uno de la minoría hazara y otro de la minoría tayika, que eran dos criminales de guerra.

En apenas dos semanas, los talibanes han conseguido conquistar todo el país en una estrategia muy inteligente, porque han empezado avanzando en las provincias que no eran pastunes. Los talibanes son en su mayoría pastunes, la minoría mayoritaria de Afganistán. Han avanzado por el norte, incluso ocupando ciudades que nunca habían ocupado, ni en el quinquenio talibán de 1996-2001, y luego se han hecho fuertes en otros puntos del país hasta llegar a Kabul.

Uno puede pensar que todo ha sido muy rápido, pero si el ejército que tenía que combatir contra los talibanes se ha desmoronado y las fuerzas extranjeras se han marchado, además de manera cobarde (Biden, Johnson y los líderes de otros países de la coalición dictaron su salida, dejando una país empantanado, sin proteger a la población civil), al final hemos asistido al paseo militar de los talibanes. Lo que han hecho estos ha sido pactar: no combatamos e intentemos entrar de manera pacífica y así no generamos más sufrimiento a la población civil.

El papel de España

España intentó hacer su trabajo en la provincia que le tocó controlar, Bagdis, que durante muchos años fue una zona tranquila, sin apenas combates. Luego se integró en el cuartel general con las tropas de la OTAN y otros países en Kabul. Los soldados españoles intentaron hacer bien su trabajo.

En enero de 2002 yo volé con el primer jefe de la misión, el coronel Jaime Coll, a Kabul, con su Estado Mayor. Estuve con ellos dos o tres semanas, viéndonos todos los días, y realmente su interés por hacer bien las cosas y mejorar la vida de los afganos era total. Los médicos militares españoles intentaron ayudar a la población civil desde el primer minuto. El problema es que España está en una coalición en la que la estrategia principal la llevan a cabo EE. UU. y las principales potencias.

En cualquier guerra los civiles son las principales víctimas y de ellos los más vulnerables son los ancianos, las mujeres y los niños y niñas. En una situación como la actual, incluso con un control talibán más amplio que cuando tuvieron el poder, si ellos imponen su código moral, aunque no sea igual que en los años 90, la inmensa mayoría de las mujeres no podrá seguir en sus trabajos, salvo aquellas que lo hacen en hospitales. Eso va a provocar una situación caótica y durísima para ellas y para sus hijos.

Estuve en Afganistán en 1996 y en 1997, con el país en guerra primero y bajo el control talibán después. Con los talibanes las cosas cambiaron. Muchos ciudadanos preferían esa paz brutal que la caída de bombas a todas horas con los señores de la guerra. Amigos que había conocido el año anterior me decían que preferían la composición del régimen brutal de los talibanes, sabiendo perfectamente que hacían muchísimo daño a sus hijas que no podían estudiar en las escuelas pero estudiaban en las casas, o a sus mujeres, que no podían salir y se quedaban en casa haciendo la comida, que las bombas y los desmanes de los señores de la guerra: violaciones, ejecuciones extrajudiciales…

Tengo una anecdota de 1997. Un día salí a la calle recién afeitado. En un control talibán se me acercaron tres o cuatro muchachos, muy jóvenes y con actitud intimidatoria, apuntándome con los fusiles, gritándome y señalando la barba. Aguanté el tipo y les dije que era español: saqué mi pasaporte y entonces cambió su forma de actuar, me invitaron a tomar un té. Uno de ellos hablaba un poco de inglés, con lo que pude comentar con el grupo algunas cosas. Yo quería hacer unas fotografías pero me dijeron que estaban prohibidas. Esto da idea clara de lo que ocurría. Todo el día con barba, y las mujeres bajo la burka: si las pillaban en la calle solas, las golpeaban. Incluso a viudas de guerra que lloraban y pedían en la calle limosna para sobrevivir, las atizaban sin piedad.

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