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Washington se militariza para despedir a Trump y recibir al nuevo presidente Biden

Una docena de efectivos militares relevados de su seguridad por nexos con las milicias de ultraderecha.

Escenario donde jurarán su cargo Biden y Harris
Escenario donde jurarán su cargo Biden y Harris
Efe

Cuatro años después de que Donald Trump dibujara un país de Mad Max en su campaña presidencial, Washington DC es la ciudad apocalíptica que anticipó. Nadie ha visto nunca tantas medidas de seguridad, dentro o fuera de EE UU. La capital del país tiene estos días más tropas estadounidenses que Irak, Afganistán y Siria juntos. La principal amenaza ya no es Al-Qaeda o el Estado Islámico, sino el terrorismo doméstico. Esa es la herencia de Trump.

"Nos quedamos con un sabor agridulce", lamenta Krittika Lalwaney, una empleada bancaria de 33 años que, como todos los capitalinos, vive estos días encerrada en su casa. "Después de cuatro años de resistencia pasiva, ahora que podíamos estar celebrando que ya no tendremos a Donald Trump -señala-, tenemos que vivir asustados porque nos deja rondando la amenaza de todos esos locos a los que ha servido de plataforma".

Cuando se suba al avión, lo último que Trump verá es una ciudad desierta y militarizada, con banderas de todos los Estados que intentan simbolizar la unidad perdida y rinden tributo a los 400.000 muertos que ha dejado su mal manejo de la pandemia. Sus últimos días en el poder han sido tan descabellados que ni su propio vicepresidente irá a despedirle. Trump había planeado darse un último baño de masas en la base de Andrews con todos los honores y salvas militares, para lo que pidió a cada invitado que llevase a cinco acompañantes. Pero Pence entendió por fin el peligro de su retórica cuando oyó a las turbas a pocos metros de la sala del Senado en la que se escondía con su familia durante del asalto.

"¡Colguemos a Mike Pence!", gritaban las huestes de Trump. Poco antes su líder les había dicho desde el estrado que el vicepresidente tendría que apoyarles en la votación en la que se certificaron los resultados electorales. "Y si no, será un día muy triste para el país", añadió críptico. La masa sabía lo que eso quería decir. Los planes para asesinarle corrieron rápidamente por las redes sociales y "Colgar a Mike Pence" todavía era tendencia en Twitter varios días después. Desde entonces el vicepresidente de Trump ha colaborado con el equipo de transición de Biden, que ya en marzo del año pasado se refirió a él como "un hombre decente". Si vuelve este miércoles al Capitolio para indicar con su presencia la transición pacífica del poder, se habrá puesto para siempre en la diana de las huestes de Trump, pero también en el lado correcto de la historia.

Como Mitch McConnell, el líder del Senado que ha apoyado al presidente durante estos últimos cuatro años. Su esposa Elaine Chao dimitió como secretaria de Trabajo de Trump al día siguiente del asalto al Capitolio, del que McConnell culpó ayer al presidente por haber "alimentado a la turba con mentiras" sobre un presunto fraude electoral. Mentiras a las que él también dio alas al hablar en su día de "votos legales e ilegales". Buscaba mantener su colaboración en la campaña electoral de Georgia con la que esperaba salvar su puesto como líder de la mayoría en el Senado, pero la historia está repleta de perdedores abandonados por sus hombres en la hora final.

Miles de banderas sustituirán a la gente ante el Capitolio
Miles de banderas sustituirán a la gente ante el Capitolio
ALLISON SHELLEY

Nombres purgados

McConnell tampoco estará en el aeropuerto para despedirlo, sino en el Capitolio, dispuesto a salvar el sistema político del que ha vivido siempre. Como Krittika Lawani no estará en las calles celebrando la llegada de una mujer a la vicepresidencia, pese a tratarse, como ella, de un mujer de color originaria de la India. Hace cuatro años participó en la marcha del millón de mujeres que convirtió las calles de Washington en una gran fiesta de gorritos rosa que marcó el comienzo de una resistencia pacífica, pero la capital de EEUU es una ciudad sitiada donde deambulan policías y militares de todo el país.

Ha habido que purgarlos para garantizar la seguridad del nuevo presidente. Una docena de miembros de la Guardia Nacional han sido relevados de sus obligaciones al descubrirse nexos con las milicias de ultraderecha que conspiran para impedir la sucesión. Arnie Martinez, un policía antidrogas de Chicago que vigila la estación de tren en Washington, explica esas escalofriantes simpatías por la causa de Trump, que él mismo comparte. "Cuando las protestas de Black Lives Matter ningún estado quería llamar a la Guardia Nacional mientras quemaban los edificios, y aquí, mira cómo está todo. A la primera de cambio han convertido la ciudad en un estado de guerra. ¿Te parece que eso es equivalente?

Ningún Capitolio de EEUU fue asaltado por las manifestaciones raciales, aunque las mismas milicias que siguen las órdenes de Trump tomaron el de Michigan en mayo pasado para protestar por el confinamiento. Al agente lo que le importa es el respaldo de Trump a los uniformados y su mensaje de "Ley y Orden", que según él desaparecerá con la estela del avión que lo trasladará a Palm Beach.

"Biden lo que va a hacer es recortar el presupuesto policial", asegura el chicano, haciéndose eco de la propaganda trumpista. "El crimen se va a disparar, ya está ocurriendo. Te aseguro que ningún policía va a sacar un arma para que luego lo denuncien o lo demanden. Tenemos las manos atadas, cada vez que desenfundamos la pistola se activa la cámara y salvo que el atacante te esté apuntando, te buscas la ruina".

En su círculo, George Floyd no murió por asfixia, sino por sobredosis. Y todos los afroamericanos cuyas muertes grabadas en vídeo se han hecho virales, "iban armados, pero la prensa no lo cuenta".

Biden y su mujer este martes tras su llegada a Washington
Biden y su mujer este martes tras su llegada a Washington
CALLAGHAN O'HARE

"Aguantando el aliento"

Junto a sus compañeros vigila la estación desierta a la que llegan pocos trenes porque Amtrak ha recortado el servicio. No hay taxis en la puerta, sería muy complicado circular por una ciudad convertida en un laberinto de barricadas y vallas de protección. Los conductores de Uber no saben dónde encontrar a los viajeros. El metro ha cerrado una docena de estaciones. Airb&b ha cancelado todas las reservas, al igual que muchos hoteles del centro.

El Ayuntamiento, a su vez, ha suspendido los servicios privados de bicicletas y patinetes compartidos. Los restaurantes han tenido que cerrar sus puertas por orden municipal y apenas sirven comida en las aceras los que tienen mesas al aire libre, en pleno enero. Washington se ha convertido a posta en la ciudad más inhóspita que se haya podido lograr para disuadir a cualquier asistente.

No hay nada que celebrar, solo aguantar el tipo a ver si el nuevo presidente, que ni siquiera pudo llegar en tren como hiciera con Barack Obama, siguiendo los pasos de Lincoln, puede convencer a los 75 millones de votantes de Trump que con él no se desintegrará el país. "Estamos aguantando el aliento", confiesa Krittika. "Con que la investidura se celebre de forma pacífica me doy por satisfecha". 

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