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El entierro de George Floyd deja en el aire la causa racial en Estados Unidos

Miles de personas despiden al ciudadano asfixiado durante su arresto en Mineápolis seguras de que el país "tiene que ser mejor".

"Hey, brother!". "Hey, sister!". La mayor parte de las miles de personas que se acercaron el lunes a despedir a George Floyd en la Iglesia de la Fuente de los Elogios de Houston (Texas) no le conocían. Ni siquiera habían oído su nombre antes de que le mataran dos semanas antes en su hogar adoptivo de Mineápolis (Minesota). A Floyd no le homenajeaban por haber tenido una vida extraordinaria, sino por lo común que fue su muerte. En cada familia afroamericana hay un George Floyd que engrosa las estadísticas de brutalidad policial.

"Todos somos familia", aseguraban los presentes a las cadenas de televisión, que retransmitieron en directo el último adiós a un hombre cuya muerte ha desatado los mayores disturbios desde el asesinato de Martin Luther King. Las protestas continúan en todo el país hasta que se le haga justicia, pero en Houston lo que tocaba este martes era celebrar su vida. La verdadera familia, la carnal, se acercó deshecha en lágrimas a cerrar el ataúd del hermano George, al que la reverenda Kim Burrell prometió, a ritmo de góspel, 2God will take care of you2 (Dios te cuidará).

Familiares, amigos y líderes políticos asisten al funeral de George Floyd en una iglesia de Houston. Todos ellos acudieron vestidos de blanco y se consolaron mutuamente. La ceremonia privada ha comenzado a partir a las 11 de la mañana en la iglesia The Fountain of Praise.

Hasta que murió asfixiado por la rodilla de un policía en el cuello, "el bueno de Floyd" era quien se ocupaba de la gente. Todo lo que tenía de grande lo tenía de bonachón, contaban sus conocidos. De pequeño quería "tener un impacto en el mundo" a través del sistema de justicia como juez, ha contado su profesora de segundo grado, Waynel Sexton, que nunca pudo imaginar que aquél niño de 8 años acabaría redimiendo a sus hermanos con su propia muerte.

"Todos somos Floyd". Su primer encontronazo con la Policía a los 24 años le costó ocho meses de cárcel por haber vendido diez dólares de cocaína, menos de nueve euros. A partir de ahí todo fue cuesta abajo. Se las había apañado para salir adelante en uno de los peores barrios de Houston, el Third Ward, e incluso llegar a la Universidad, pero ni eso ni el equipo de baloncesto o los domingos en la Iglesia, donde ayudaba diligentemente, lograron cambiar su destino. Después de ocho arrestos, el último por robo a mano armada, que le costó cuatro años de prisión, cambió Houston por Mineápolis en busca de un nuevo comienzo que le permitiera ser un mejor ejemplo para su hija recién nacida, aunque fuera yéndose lejos.

Cambio de vida

En esa blanca Minesota encontró trabajo, una nueva novia, la Covid-19 y cuatro policías racistas que desoyeron sus súplicas para que le dejaran respirar. "Su último aliento nos ha dado oxígeno a todos para cambiar las cosas", lapidó la congresista de Texas Sheila Jackson en su funeral.

Hoy no era tiempo de política, sino de reconfortar a la familia. "Sé que tenéis muchas preguntas", dijo a sus hijos el exvicepresidente Joe Biden por videoconferencia. El candidato demócrata cree que EE. UU. "no tiene otra elección que ser mejor" después de este clamor generalizado que ha hecho arder las calles de todo el país. El presidente, Donald Trump, recibió la víspera a los sindicatos de Policía, convencido de que "el 99,9% de los agentes son buenas personas" y esto se arreglará purgando las manzanas podridas.

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