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Internacional

Todas las alarmas fueron desoídas

Europa desatendió avisos de expertos sobre el riesgo de que pandemias que hasta ahora solo golpeaban en el Tercer Mundo también podían llegar al Viejo Continente.

Habla Pedro Duque, ministro de Ciencia e Innovación
Habla Pedro Duque, ministro de Ciencia e Innovación
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El ministro Pedro Duque es más científico que político. Por ello cae a menudo en las trampas que le tiende su sinceridad. Como cuando hace unos días se desmarcó del discurso monocorde del Gobierno y reconoció que la gestión del coronavirus es sustancialmente mejorable. O cuando admitió que deberían haber existido "protocolos de prevención ya elaborados con reacciones automáticas ante las pandemias, como los que tienen algunos países de Oriente". El exastronauta criticó la pasividad europea en distintos precedentes como la gripe aviar (2004-2006), la gripe A (H1N1) en 2009 y 2010 -más de 18.000 muertos- o el virus H7N9 en 2013.

Ese último año el Parlamento europeo sí aprobó un informe que reclamaba una revisión de los planes de prevención y gestión de futuras epidemias con el objetivo de aumentar su eficacia y coherencia. Pero pocos estados miembros de la UE vieron la conveniencia de invertir millones de euros para adquirir vacunas contra aquellas cepas víricas, que ya provocaron la muerte de miles de personas, argumentando que la gripe estacionaria mataba a muchas más.

Legos en historia, los políticos no han tenido en cuenta que el Viejo Continente sufre pandemias a intervalos de entre diez y cincuenta años. En el siglo XX se produjeron tres: la de 1918, que provocó unos 40 millones de muertes; la de 1957, en la que perdieron la vida más de dos millones, y la de 1968, con cerca de un millón de víctimas, según recuerda la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta, de hecho, aconseja desde 1999 a los distintos gobiernos diseñar de antemano la mejor respuesta ante una futura amenaza.

La OMS recomendó entonces con énfasis "el establecimiento de comités nacionales de planificación, responsables de desarrollar estrategias apropiadas" para minimizar "el enorme coste en enfermedad y muertes". El ente internacional alertaba de que "los sistemas de atención de la salud podrían resultar rápidamente saturados, las economías excedidas y el orden social roto".

Todos hemos podido comprobar que sus trágicas predicciones se han cumplido, como también el tiempo ha certificado que sus sugerencias fueron desoídas.

Sin preparación

Tan solo algunas honrosas excepciones sí leyeron la alarma y actuaron en consecuencia. Entre ellas algunos países asiáticos, que estos meses han afrontado el coronavirus con la experiencia adquirida por las agencias de investigación creadas tras la crisis del SARS, junto al bagaje acumulado en ejercicios y prospecciones realizadas para dar respuesta a potenciales epidemias.

"En Europa y Estados Unidos hemos visto que no solo faltaba preparación, sino que se ha reaccionado tarde", indicaba hace unas semanas el epidemiólogo Tolbert Nyenswah, profesor de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins. Este centro académico norteamericano se ha erigido en referencia ante la Covid-19 y contabiliza con rigor las víctimas mundiales del patógeno.

Pero solo dos países europeos hicieron los deberes y el examen de la pandemia les pilló con la materia estudiada. Por ello, Alemania, con 61 muertos por cada millón de habitantes, y Finlandia (27) pueden presumir ahora de su previsión. Sus estrategias sí fueron las correctas.

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