Despliega el menú
Internacional

Exposición

Violencias contra las mujeres

Estas fotografías de Gervasio Sánchez pertenecen a la exposición Violencias contra mujeres en conflictos internacionales que se inaugura el martes 17 de diciembre a las 19.00 en el Centro de Historias de Zaragoza y que se podrá ver hasta el 23 de febrero de 2020. Ha sido organizada por el Instituto Aragonés de la Mujer de la Diputación General de Aragón y el Ayuntamiento de Zaragoza con financiación del Pacto de Estado contra la violencia de genero.

Nitita (Burundi), setiembre de 1994

Las razones de cada guerra son distintas. Las víctimas se acumulan como ejércitos de ceros. Los combatientes se vuelven insensibles al dolor ajeno. Las sociedades retroceden décadas y recuperan enfermedades que ya estaban superadas. El dolor se pertrecha entre las entrañas de la sociedad herida y cabalga como el gigante de Apocalipsis que nunca descansa. “La guerra no es más que un asesinato en masa, y el asesinato no es progreso”, escribió el historiador, político y poeta francés Alphonse de Lamartine  en la primera mitad del siglo XIX. Si eres anciano, hombre o niño sufres sin que dependa de tu condición económica.

¿Pero qué pasa si eres una mujer o una niña? La ración de sufrimiento que ingerirás será aún más brutal y letal porque los combatientes siempre utilizan al sexo femenino como carne de cañón sin importar que las mujeres que violan o matan se parezcan a sus seres más queridos. Como la guerra es el periodo de mayor desigualdad que puede sufrir una sociedad, las desigualdades se multiplican durante el tiempo que dura la violencia.

Las guerras destruyen todo lo que se ha construido durante años y décadas de sufrimiento. Las mujeres y las niñas dejan de recibir los servicios básicos de salud y de atención materno infantil cuando las bombas empiezan a caer. La malnutrición infantil se dispara y en algunas guerras  se producen más muertes de inocentes que de combatientes. Suele ser habitual que las mujeres tengan que huir con sus hijos más pequeños en brazos y buscar refugio en zonas más tranquilas. Aunque eso no es una garantía para que no te secuestren, te prostituyan, te provoquen amputaciones  irreversibles o te maten.

Doce imágenes, doce historias

Mariatu Kamara, 15 años, Sierra Leona
Freetown (Sierra Leona), enero de 2001
Gervasio Sánchez

Mariatu Kamara, de 15 años, sufrió la amputación en 1999 de sus dos manos durante la guerra de Sierra Leona. Cortar manos, piernas, orejas o lenguas se convirtió en una práctica habitual de la guerrilla. Daba igual la edad. Algunas víctimas tenían meses. Mariatu tuvo que vivir durante años en un centro especial para amputados en Aberdeen, un barrio de Freetown, la capital sierraleonesa. Allí tuvo su primer hijo que murió al poco de nacer.

Inhambane (Mozambique), febrero de 1997
Inhambane (Mozambique), febrero de 1997
Gervasio Sánchez

Adolescentes se dirigen al río más cercano a proveerse de agua. Tienen que circular por un estrecho camino en una zona repleta de minas. Los artificieros avanzan lentamente en el desminado para no dejar ni un solo milímetro sin supervisar. Es un trabajo gravoso económicamente. Una mina antipersona puede costar un puñado de euros. Se planta en un minuto y puede herir o matar veinte o treinta años después. Localizarlas y desactivarlas cuesta una media de mil euros por unidad. Algunos países necesitan décadas de trabajo para limpiar todo su territorio de minas. Las niñas, adolescentes y mujeres de países minados tienen que arriesgar sus vidas para cultivar la tierra, traer agua o leña a sus casas.

Santiago (Chile), marzo de 2000
Santiago (Chile), marzo de 2000
Gervasio Sánchez

Inelia Hermosilla, madre de Héctor Garay, estudiante de enseñanza media de 18 años desaparecido en Chile el 8 de julio de 1974 durante la dictadura de Augusto Pinochet. En la fotografía Inelia muestra dos camisas de su hijo. Cada lunes cambiaba las sábanas de la cama. Quería que estuvieran limpias cuando su hijo regresara. Inelia murió el 22 de agosto de 2006 sin conocer su paradero.

Bogotá (Colombia), noviembre de 2011
Bogotá (Colombia), noviembre de 2011
Gervasio Sánchez

Blanca Nubia Díaz, de 58 años, madre de Irina del Carmen Villero Díaz, de 15 años, secuestrada,  violada por una decena de paramilitares y asesinada. “Unos aldeanos encontraron su cadáver semidesnudo con señales de tortura y las manos rotas. La enterraron como NN (sin nombre); la desenterramos un mes más tarde. En aquellos días mataron a varias menores, decían que por ir con ropas ligeras; alguna apareció con los pechos rociados de ácido. He sido amenazada de muerte y perseguida, he tenido que huir de mi aldea, me siguen amenazando en la capital porque quiero que se haga justicia”, cuenta Blanca Nubia. En la primera década del siglo XXI 400.000 mujeres y menores colombianas fueron violadas por militares, paramilitares y guerrilleros en Colombia.

Sarajevo (Bosnia-Herzegovina), setiembre de 1993
Sarajevo (Bosnia-Herzegovina), setiembre de 1993
Gervasio Sánchez

Una madre y su hija cargadas de bidones de agua que han llenado en una fuente pública observan el traslado al depósito de cadáveres de una persona víctima de un bombardeo. La vida, anclada en la más pura supervivencia, se cruza con la muerte en una calle de Sarajevo durante su brutal cerco que duró tres años y medio. Este tipo de escenas eran muy cotidianas y diezmaban la capacidad de resistencia de los ciudadanos que vivían sin agua, luz y calefacción. Los sitiadores, armados con artillería pesada y sólidamente pertrechados en las colinas que rodeaban la capital bosnia y en algunos de sus barrios, sometieron a un infierno diario a los centenares de miles de ciudadanos. Los cementerios crecían cada día por culpa de un espantoso e inútil goteo de muerte.

Freetown (Sierra Leona), enero de 2001
Freetown (Sierra Leona), enero de 2001
Gervasio Sánchez

La exniña soldado Hawa Fornah, de 13 años, en el piso tutelado donde vive desde que dejó las armas y empezó su proceso de rehabilitación. Miles de niñas fueron secuestradas y reconvertidas en combatientes en una de las guerras más sangrientas ocurridas en el continente africano. El misionero español Chema Caballero dirigió un programa de desintoxicación de la violencia por el que pasaron 3.000 combatientes infantiles y juveniles. Los pisos tutelados, basados en la experiencia del Proyecto Hombre, con el que colaboró el misionero cuando vivía en Madrid, fueron utilizados para dar cobijo a los menores que no encontraron a su familia o fueron rechazados por las mismas. Vivieron en pequeños grupos bajo la tutela de adultos con horarios y normas muy rígidas. Los grupos armados sierraleoneses financiaron sus actividades bélicas con la explotación de las riquísimas minas de diamantes. Armas y drogas llegaron al país a cambio de las piedras preciosas.

Ciudad de Guatemala, febrero de 1992
Ciudad de Guatemala, febrero de 1992
Gervasio Sánchez

Eusebia Arroche, alias 'La Seca', es una niña prostituta de 12 años que ha pasado una gran parte de su vida en la calle. Decidió irse de casa harta de abusos sexuales a los que era sometida por un padre y unos hermanos sin escrúpulos. Ganaba tres veces más de lo que cuesta un servicio normal. Por ser niña recibía un mejor pago. La ausencia de educación sexual aumentaba el riesgo de embarazos prematuros. Ninguna ONG consiguió integrar a Eusebia en un programa de descallejización. A lo máximo que consintió fue a pasar una revisión médica. El responsable del servicio de sanidad ambulante de una de las ONG aseguraba que nunca ha visto un cuadro infeccioso por transmisión sexual como el que presentaba esta niña. De las 52 menores de 18 años entrevistadas por la organización Child Hope en 1992, el 55% admitió haber estado embarazada por lo menos una vez. De ellas, ocho abortaron y trece dieron a luz. De las niñas que abortaron, dos lo hicieron en la calle, tres en pensiones de mala muerte, dos en casa y solo una de ellas en un centro hospitalario.

Herat (Afganistán), mayo de 2012
Herat (Afganistán), mayo de 2012
Gervasio Sánchez

El cadáver de Jamila, de 17 años, está a punto de ser lavado y amortajado antes de ser enterrado. El día anterior llegó a la planta de quemados del hospital de Herat con el 48% del cuerpo afectado por quemaduras de tercer grado. El informe médico indicó que se quemó con gasolina y los facultativos concluyeron que ella misma se prendió fuego. Sus lesiones más graves eran de cintura para arriba como suele ocurrir en la mayoría de los casos de menores que intentan suicidarse en Afganistán. Se había casado siete meses antes y estaba embarazada de dos meses cuando murió. Su marido era un primo lejano de 20 años. Durante el funeral la hermana de Jamila gritaba: “¡Nos la han quemado, nos la han quemado”, dando a entender que alguien le había empujado al suicidio. Su padre, Sufi Habib, no permitió que el marido velara el cadáver y el funeral se celebró en su propia casa. El cuerpo presentaba hematomas, según reconocieron familiares presentes cuando lo lavaban. Afganistán es el único país del mundo donde el número de mujeres que se suicidan es mayor al de los hombres. La mayoría de las mujeres que intentan quitarse la vida son jóvenes de 14 a 21 años que sufren malos tratos en el seno familiar o se ven obligadas a casarse con hombres que no desean.

Cajamarca (Perú), mayo de 1991
Cajamarca (Perú), mayo de 1991
Gervasio Sánchez

Dos mujeres víctimas del cólera se recuperan en un centro médico del altiplano peruano. Iniciada en la costa y provocando estragos en algunas regiones andinas, la epidemia de cólera que sufrió Perú en los primeros meses de 1991 provocó miles de víctimas mortales y obligó a hospitalizarse a decenas de miles de peruanos. En la costa la bacteria llegó a afectar a 800 personas diarias, pero el número de muertos fue menor porque los hospitales estaban muy cerca de los infectados. En cambio, en Cajamarca, la epidemia afectó a las comunidades indígenas de la sierra, separadas por grandes distancias de los centros urbanos. El cólera es una afección intestinal aguda que se presenta bruscamente con vómitos, diarreas, calambres estomacales, deshidratación rápida, acidosis y colapso circulatorio. Por muy grave que una persona llegue al hospital puede recuperar la normalidad en varias horas al ser tratado con suero intravenoso y sales de rehidratación oral. Pero una vez contraída la bacteria una persona puede morir en apenas seis horas si no recibe el tratamiento adecuado.

Maridi (Sudán), marzo de 1995
Maridi (Sudán), marzo de 1995
Gervasio Sánchez

Mujeres y niños víctimas de malaria y malnutrición esperan su turno en la consulta médica del centro de salud. Es difícil conocer sudaneses del sur que sepan lo que es un país sin guerras y libre de epidemias desde mediados de los años cincuenta del siglo XX. Desde que nacen hasta que mueren la población vive en perfecta sincronía con enfermedades ya superadas en Occidente. La malaria, envuelta con la penuria alimenticia, masacra a mujeres y niños. El Programa de Alimentación Mundial intenta proveer de ayuda alimentaria y de medicinas a las aldeas más aisladas, a veces lanzándola desde aviones de transporte militar. Pero la rapiña utilizada por los bandos en guerra impide muchas veces que la ayuda llegue a los más necesitados.

Tegucigalpa (Honduras), enero de 1999
Tegucigalpa (Honduras), enero de 1999
Gervasio Sánchez

Una niña víctima del huracán Mitch a su paso por Centroamérica se peina en un centro de damnificados de Tegucigalpa, la capital de Honduras. La naturaleza nunca ha tenido piedad del istmo centroamericano. Cada pocos años un nuevo terremoto o un huracán provocan una catástrofe humanitaria. Durante las interminables guerras civiles varios países fueron afectados por terremotos. Los combatientes tuvieron que parar la guerra temporalmente para rescatar a las decenas de miles de muertos entre los escombros. Los vaivenes de la tierra llegaron a provocar más muertos que las propias guerras. El Mitch destruyó gran parte de cultivos, las infraestructuras y la industria. Cerca de 10.000 muertos y otros tantos desaparecidos y hasta tres millones de damnificados fueron las cifras de aquella tragedia, además de inmensos daños en viviendas, cosechas y pérdidas económicas difíciles de cuantificar.

Nitita (Burundi), setiembre de 1994
Nitita (Burundi), setiembre de 1994
Gervasio Sánchez

Campesinas desplazadas se dirigen al mercado de Nitita, una localidad de Burundi azotada por la violencia desatada durante la guerra civil del país africano. En octubre de 1993, el presidente hutu, Melchior Ndadaye, elegido en unas elecciones democráticas controladas por observadores internacionales, fue asesinado por militares tutsis junto a varios de sus ministros cuando apenas llevaba cien días en el poder. Entre 50.000 y 100.000 burundeses fueron asesinados en las semanas posteriores y más de medio millón  tuvieron que huir de sus casas y desplazarse a otras zonas del país de apenas cinco millones de habitantes. Otros miles de burundeses atravesaron las fronteras y se refugiaron en países limítrofes como Ruanda. En Nitita los tutsis huyeron o fueron asesinados en la ola de venganza. Sus casas fueron destruidas, sus cosechas quemadas y su ganado robado. El ejército, controlado por la minoría tutsi, acudió en auxilio de los miembros de esta etnia y perpetró nuevas matanzas entre los hutus.

Etiquetas
Comentarios