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Internacional

DIARIO DE AFGANISTÁN (4)

A dos metros de un criminal

El periodista Gervasio Sánchez ha regresado a Afganistán y lo hace justo cuando se cumplen 40 años del inicio de una guerra en la que el país sigue inmerso y de la que él ha sido testigo de excepción.

Hekmatyar levantando el puño
Hekmatyar levantando el puño
Gervasio Sánchez

Los señores de la guerra afganos forman un impresionante equipo de criminales, asesinos patológicos y genocidas que lo tendrían fácil para encabezar cualquier 'dream team' de la ignominia de la segunda mitad del siglo XX y de las dos primeras décadas del XXI

En los últimos años me he cruzado con algunos de ellos en el parlamento afgano. Sus historiales de atrocidades son tan impactantes que en cualquier país civilizado, o con un proceso de pacificación moralmente lógico, hubieran sido detenidos, juzgados y condenados a muchos años de cárcel, la mayoría a cadena perpetua.

Los diplomáticos y los militares occidentales suelen defender esa necesidad de neutralizar a estos peligrosos personajes situándolos en puestos políticos claves. A mí me cuesta entenderlo quizá porque he visto con mis propios ojos las consecuencias de sus despiadadas exhibiciones armadas y su falta de empatía con las víctimas. 

Hekmatya, en un mitin de su partido
Hekmatya, en un mitin de su partido
Gervasio Sánchez

 Desde noviembre de 2001, tras la derrota del régimen talibán, hay una misión internacional en Afganistán. En sus mejores tiempos el despliegue de 150.000 soldados de 50 países y de decenas de miles de asesores civiles con inversiones económicas millonarias lo convirtieron en un país tutelado por la comunidad internacional.

Ha habido avances importantes en los últimos 18 años. Los talibanes dejaron el listón tan bajo en cuanto a la conculcación de los derechos humanos, especialmente de las mujeres, que era bastante fácil mejorar la situación de los afganos tras el fin de su decimonónico quinquenio entre 1996 y 2001.

Pero se ha hecho la vista gorda con los principales señores de la guerra que hoy viven en mansiones-fortalezas, arropados por centenares de hombres armados e inmensamente ricos. 

 Al principio se mostraron prudentes. Intentaron pasar desapercibidos no llamando la atención aunque manteniendo su poder militar y económico y su capacidad de corrupción.

Pero a partir de las elecciones presidenciales de 2009 se presentaron en sociedad como grandes políticos dispuestos a sacrificarse por su país. El ex presidente Hamid Karzai ganó las elecciones de 2009 acompañado por dos vicepresidentes que eran señores de la guerra.

El último convidado a este banquete de criminales reconvertidos en viejecitos políticos de pelo y barbas blancas, que parece que nunca rompieron un plato, ha sido el pastún Gulbuddin Hekmatyar.

Desde que llegué a Kabul mi objetivo ha sido acercarme lo más posible a él, mirarlo de cerca, escrutarlo, escudriñarlo y entrevistarlo. Y el miércoles tuve la oportunidad aunque al final sólo pude entrevistar a su hijo Habibullah, un joven de 33 años que se mostró como un gran admirador de su padre, sin cortapisas.

Simpatizantes de Hekmatyar, algunos de ellos, antiguos combatientes.
Simpatizantes de Hekmatyar, algunos de ellos, antiguos combatientes.
Gervasio Sánchez

La primera vez que llegué a Afganistán en agosto de 1996 me encontré con una ciudad muy extensa completamente destruida. Avenidas que recordaban los Campos Elíseos parisienses estaban ensombrecidas por los esqueletos de miles de edificios calcinados.

Había que tener cuidado porque había minas antipersona por todas partes y cada día llegaban a los hospitales de Kabul una media de diez heridos muy graves, en su mayoría niños que cuidaban de un puñado de cabras que pastaban en campos minados o que sobrevivían de vender los desechos de los proyectiles que encontraban entre las ruinas, a veces sin explosionar.

Nunca olvidaré mis visitas diarias al hospital Kartese y sus salas infantiles repletas de niños y niñas mutilados. Mis horarios de trabajo coincidían con sus curas. Por lo que todavía me rechinan en los oídos los alaridos que pegaban aquellos pequeños cuando le desinfectaban las heridas.

En mi último día, después de cuatro semanas de visitas diarias en las que repartí varias bolsas gigantes de caramelos, el responsable de las dos salas, donde se hacinaban unos cincuenta menores mutilados, anunció en voz alta que me quería despedir de ellos.

Muy emocionado les desee una rápida recuperación y me comprometí a buscarlos en el Centro Ortopédico del Comité Internacional de la Cruz Roja donde tendrían que acostumbrarse a sus prótesis de plástico, tal como hice nueve meses después cuando regresé de nuevo a Kabul bajo el régimen talibán. Todos los niños empezaron a aplaudir y yo me tuve que esconder para que no me vieran llorar.

Tengo que reconocer que la guardia pretoriana de Hekmatyar me permite trabajar con comodidad y paso mucho tiempo a dos metros de este criminal de guerra, conocido como El Carnicero de Kabul por la intensidad con la que bombardeaba a la población civil de otras etnias y por la violencia y brutalidad con la que actuaban sus paramilitares fundamentalistas.

Pienso en aquellos pequeños que se toparon con las minas que plantaron los milicianos de este asesino de masas. En lo injusto que fueron sus vidas a partir del día que saltaron por los aires y perdieron una pierna o las dos, un brazo o los dos, un ojo o los dos.

Le apuntó durante al menos una hora con un teleobjetivo corto. Lo veo inquieto. Quiero que mire directamente a la cámara. Pero no lo hace. Como sabe que le persigo intenta mantener la mirada fija en el escenario desde donde ladran eslóganes fundamentalistas los miembros principales de su candidatura. Su único tic: varias veces se estira su shalwar kameez, un traje tradicional afgano, para que no se vean las arrugas. Parece un acto de pura coquetería.

Reparto de banderas verdes, el color del islam.
Reparto de banderas verdes, el color del islam.
Gervasio Sánchez

Fue uno de los señores de la guerra que lideró la resistencia contra la invasión de la Unión Soviética y recibió financiación directa de la CIA, siendo uno de los principales receptores de ayuda estadounidense. La agencia de inteligencia lo eligió por su extremo radicalismo y fue el primer jefe muyaidin en recibir misiles Stinger.

Con la retirada de los rusos en febrero de 1989, ya con la Unión Soviética desaparecida, Hekmatyar empezó una lucha por el poder contra su estrecho aliado, otro importante señor de la guerra, el tayiko Ahmad Shah Massoud.

La incapacidad de ambos líderes muyaidines para ponerse de acuerdo y mantener un gobierno de unidad provocó la guerra civil a partir de 1994 hasta que el 27 de setiembre de 1996, hoy hace 23 años, los talibanes conquistaron la capital y se hicieron con el control de la mayor parte del territorio afgano.

Gulbuddin Hekmatyar fue primer ministro desde marzo de 1993 a enero de 1994 en el gobierno del presidente Burhanudin Rabani y volvió a este puesto en junio de 1996 cuando la mayor parte de sus combatientes se habían pasado en masa a los talibanes, un grupo tan fundamentalista como el suyo, pero menos corrupto.

Una de las primeras decisiones que tomó Hekmatyar en los escasos tres meses que se mantuvo en el poder fue cerrar los cines de la capital. En agosto de 1996 visité un par de estos establecimientos y la mayoría de los kabulíes con los que hablé se mostraron muy enfadados con la decisión del entonces primer ministro. Era tan radical que se adelantó a los talibanes.

En setiembre de 2016 Hekmatyar, cuyo grupo armado atacaba a las fuerzas gubernamentales afganas y que había sufrido muchas detenciones, hizo las paces con el gobierno afgano, abandonó la lucha armada y regresó del exilio. Fue recibido por el actual presidente afgano, Ashraf Ghani, y su predecesor, Hamid Karzid con una calurosa y vergonzosa bienvenida en Kabul. Entre los asistentes había varios señores de la guerra.

Después de escuchar su mitin me acercó a uno de los barrios, Qala-e-Fatullah, donde la milicia de Hekmatyar hizo barbaridades y bombardeó a menudo por tratarse de una zona habitada por la minoría hazara y chiita.

El tendero Ali Ahmad tiene hoy 40 años y sigue sin olvidar el día de hace 25 años cuando dos proyectiles de gran calibre cayeron sobre el salón femenino y la cocina donde se celebraba una boda.

Entre las más de cuarenta personas muertas hubo un alto número de mujeres y niños. Los cadáveres fueron trasladados a la mezquita más cercana, entre ellos el de su padre cocinero en aquella boda.

“Ver ahora a Hekmatyar, el responsable de dejarme huérfano a los quince años, en plena campaña electoral, es una falta de respeto a todas personas que asesinó”, cuenta emocionado. Y remata: “Odio a esa persona”.

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