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Trump visita El Paso contra la voluntad de sus habitantes

El avión presidencial aterrizará primero en Dayton (Ohio), donde la policía aún investiga qué desató la ira del pistolero.

Antonio Basbo, un familiar de una de las víctimas del tiroteo en El Paso, se arrodilla frente al memorial en honor a los 22 fallecidos.
Antonio Basbo, un familiar de una de las víctimas del tiroteo en El Paso, se arrodilla frente al memorial en honor a los 22 fallecidos.
LARRY W. SMITH

Con los cadáveres aún sin enterrar y el corazón roto por la tragedia, los habitantes de El Paso se enfrentan este miércoles a lo que consideran una burla. El presidente que ha encendido los ánimos contra la comunidad hispana e inspirado la masacre que el viernes dejó 22 muertos, casi todos con apellidos hispanos, les visitará para darles el pésame y conmoverse con su dolor.

Lo ven como una burda operación de marketing para quedar bien, no con ellos, que ya han dejado claro que no quieren ni verle, sino con el resto del país. Su visita a El Paso, como el discurso que dio el lunes, será la coartada electoral de que no condona la violencia que, en realidad, aplaude en sus mítines. "¿Cómo vamos a parar a esta gente?", preguntó al público en mayo pasado, tras pintar un dramático panorama de centroamericanos invadiendo el país por la frontera sur. "¡Dispárales!", respondió a gritos alguien del público. A Trump se le iluminó la cara. "¡Solo en (la zona de) el Pandhandle (de Florida) puedes decir esto!", aprobó.

Esa retórica inflamatoria fue el caldo de cultivo para que el viernes pasado un joven de 21 años condujera casi mil kilómetros para cometer la mayor masacre desde Las Vegas, en una ciudad fronteriza con casi un 80% de hispanos, y en un hipermercado frecuentado por mexicanos. "Oí que quería matar a todos los mexicanos que pudiera", dijo al Washington Post Sandra García, una mexicana de 41 años que lleva un cuarto de siglo en El Paso. "Ciertamente vino al lugar correcto".

Los apellidos de las víctimas no dejan lugar a dudas: Leonardo Campos y Maribel Campos, Iván Manzano, Andre Pablo Achondo, Arturo Benavídez, Javier Amir Rodríguez, Sarah Regalado, Adolfo Cerros, Gloria Márquez, María Eugenia Legarreta, Elsa Mendoza... Así continúa la lista genealógica con la huella española por Latinoamérica, salpicada por un Johnson y un Hoffman.

Varios familiares orando en el memorial a las víctimas, tres días después de la matanza en El Paso.
Varios familiares orando en el memorial a las víctimas, tres días después de la matanza en El Paso.
Reuters/Callaghan O'Hare

De entre las 22 víctimas mortales destacan siete ciudadanos mexicanos que habían cruzado ese día la frontera para aprovechar las ofertas de la vuelta al cole en Waltmart y la madre que murió blindando a su hijo de dos meses entre los brazos. Uno de los policías que rescató al bebé recordó impactado que estaba bañado en la sangre de su madre. El padre también murió en el tiroteo, por lo que ha quedado huérfano. Su tío Tito confirmó la noticia en Facebook y se ha hecho cargo del niño.

El pistolero, cuyo nombre los medios responsables prefieren no repetir, ni se estremeció. La policía lo encontró calmado y lo detuvo sin resistencia. Coopera con ellos y no tiene inconveniente en repetir su manifiesto racista con el que justifica con orgullo los asesinatos para defender a su amado Texas de "la invasión hispana" de la que alerta frecuentemente el presidente en sus mítines.

"Lo que tiene que hacer es unir a los estadounidenses en lugar de seguir avivando las llamas de la intolerancia", dijo el exalcalde de San Antonio y candidato presidencial Julián Castro. Es, sin embargo, el excongresista de El Paso Beto O'Rourke el que está utilizando el lenguaje más directo para desnudar la doble moral del presidente. "Trump no pinta nada en El Paso", zanjó. "El es quien ha ayudado a crear lo que pasó aquí el sábado. Esta comunidad necesita sanar".

Trump empezará su día en Dayton (Ohio), donde otro tiroteo de naturaleza muy distinta dejó al día siguiente nueve muertos y 14 heridos de bala en los apenas 30 segundos que tardó el pistolero en ser derribado por la policía. En ambas ciudades el presidente se centrará en saludar a las fuerzas del orden, entre las que suele encontrar más adeptos. Incluso ellos, esta vez, le transmitirán el dolor de no haber podido evitar las masacres, realizadas con armas semiautomáticas que matan a velocidad del rayo. Y eso puede ser lo único bueno que salga de ese fin de semana sangriento, la conciencia de relegar las armas de guerra a donde pertenecen.

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