Internacional

Opinión

Europa y los populismos

Por
  • Sergio Baches Opi
La continuidad del proceso europeo está hoy amenazada.
La continuidad del proceso europeo está hoy amenazada.
Krisis'19

El día 26 de mayo se celebrarán las elecciones al Parlamento Europeo. Hay ciudadanos que no son conscientes de la importancia de estas elecciones para el devenir de la Unión Europea como organización autónoma respecto de sus Estados miembros, cuyo objetivo último es mantener la paz y la estabilidad en el marco de una integración económica y política, de la que derivan importantes derechos para los ciudadanos europeos.

Como en anteriores elecciones, los populismos, apoyados por enemigos exteriores de la UE e importantes grupos de presión, van a esforzarse para desprestigiar el proyecto europeo, al que culparán de la immigración, del desempleo, de los desequilibrios sociales, de la falta de competitividad de las economías europeas o de las carencias de sus sistemas sanitarios.

Es por ello útil hacer un ejercicio de claridad para desenmascarar la mercancía defectuosa que nos intentan vender los populismos, pero sin caer en la pasividad con la que algunos partidos ‘tradicionales’ orillan los problemas reales que afectan a la sociedad europea. Para esto es necesario precisar que el populismo es una patología social antigua y compleja, que, por su carácter demagógico, es muy difícil de definir y combatir. Sí se pueden identificar algunos elementos que se encuentran en la mayoría de los populismos: el recurso al nacionalismo como solución mágica a todos los problemas, que sistemáticamente se opone a la integración europea; la apelación al ‘pueblo’ (es decir, a los que piensan como ellos) como entidad que se impone a los derechos individuales de todos los ciudadanos; el discurso racista, que deshumaniza al ‘otro’, o el recurso sistemático a la mentira cuando proponen soluciones irrealizables a problemas complejos.

Por otro lado, calificar de ‘populista’ o ‘ultraderechista’ a todo aquel que critica la incapacidad de muchas formaciones políticas para identificar y afrontar los grandes problemas a los que se enfrenta Europa es también erróneo y no deja de ser una forma de populismo. Es un hecho que muchos ciudadanos europeos no desean una inmigración ilegal ni tampoco una inmigración que difícilmente puede integrarse en la sociedad europea, lo que necesariamente implica respetar nuestro sistema de valores; también es evidente que un capitalismo feroz opuesto al Estado del bienestar y a un sistema impositivo equitativo genera situaciones de injusticia social que es preciso solucionar. Reivindicar el sustrato cristiano de la Unión, como explícitamente propugnó uno de sus padres fundadores, Roberto Schuman, frente aquellos que desean su desnaturalización ética e histórica, es siempre necesario para resaltar que el proyecto europeo trasciende una mera integración económica, siendo ante todo, como apostilló otro de sus fundadores, Konrad Adenauer, un proyecto "de orden moral".

Del mismo modo, no es aceptable para muchos ciudadanos que prófugos de la Justicia acusados de delitos muy graves puedan circular libremente e incluso se presenten a las elecciones europeas. En estas, como en otras cuestiones también complejas, los ciudadanos exigen legítimamente respuestas concretas. Cuando los partidos tradicionales fracasan, la democracia liberal se resiente y entonces los populismos antieuropeos cosechan sus mejores resultados.

En el contexto actual conviene recordar la vigencia de la razón última del gran proyecto europeo. En 1943, otro de los padres fundadores, Jean Monnet, advertía que los países de Europa eran demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables. Las dos guerras mundiales dejaron una huella indeleble en los que negociaron los tratados de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (1951) y de la Comunidad Económica Europea (1957) y sigue siendo necesario recordarlas para entender la esencia e importancia de la Unión Europea. Aunque confrontaciones de esa envergadura parecen en principio improbables, sería irresponsable no tener en cuenta la facilidad con la que se generarían conflictos internacionales en ausencia de un orden legal como el garantizado por la Unión Europea.

Asimismo, si fácil es entender por qué en el periodo de posguerra la unidad europea se vio como una necesidad vital para la supervivencia de Europa, igualmente se puede comprender que dicha integración es ahora imprescindible en un mundo dominado por tres grandes bloques de poder, Estados Unidos, Rusia y China, y una economía globalizada. En esta coyuntura, solo una Unión Europea cada vez más integrada en lo político, económico, social y militar puede garantizar el modelo europeo de sociedad, basado en el estado de derecho, la justicia social y la defensa de los derechos humanos. Esto es lo que nos jugamos en las elecciones europeas.

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