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Opinión

La pulsión autoritaria

Las instituciones nos amparan frente a ciertos peligros mientras son reconocidas como tales; que lo sigan pareciendo depende de quienes las ocupan y de cómo se comporten dentro de ellas.

Gonzalo Castro Marquina 14/01/2019 a las 05:00
El presidente de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro.Reuters

Aunque el río de la historia cambia cada vez que nos sumergimos en él, nada le es del todo desconocido al sol. La vida de los seres humanos discurre entre paradojas y la que resulta de confrontar estas dos realidades opuestas, que todo se renueva y que todo sigue, es una de las que capta mejor nuestra naturaleza contradictoria. Durante siglos, las personas se han intentado valer de los métodos más variopintos para predecir el futuro, desde observar las estrellas a escrutar los posos del café, mientras ignoraban que lo más parecido que existe a un adivino es un buen historiador; o que un libro de historia orienta mejor que una bola de cristal.

En lo que respecta a nuestro ser más primario, el que componen nuestros anhelos y miedos más profundos, los seres humanos hemos cambiado menos de lo que pensamos. Aun habiendo evolucionado el lenguaje y las formas narrativas, los temas de fondo que aparecen en las obras actuales enlazan hasta Homero y más allá. La Guerra de Troya y otros mitos clásicos todavía son capaces de interpelarnos porque hablan de nosotros y de nuestras principales fuerzas motoras: el amor, la lujuria, la vanidad, el miedo, la codicia, la compasión, el deseo de poder, la muerte... Si la historia tiende a repetirse es porque, en definitiva, siempre la protagonizan los mismos actores, que arrastran tras de sí unas inclinaciones vitales comunes y atemporales. Puede que los deseos se expresen hoy de formas distintas, pero su naturaleza en sí permanece casi inalterada. Quienes fantaseaban con llegar a tener estatuas en su honor o monedas con su efigie grabada, ahora aspiran a alcanzar este reconocimiento hagiográfico por medio del cine, la televisión o internet. También, la política ha contado siempre con hombres del saco. Durante la república romana, cuando un general quería obtener el apoyo del Senado agitaba el fantasma de Cartago o del rey Mitrídates VI.

A pesar de lo dicho, aquel que espere de la historia un reflejo perfecto de lo que ha de venir, quedará defraudado. No hay dos copos de nieves iguales, ni tampoco dos instantes en el tiempo idénticos. Cada momento es único e introduce en relación con los anteriores sus propias singularidades. Incluso cuando el desarrollo de los acontecimientos comienza a tornarse en algo familiar, nada ocurre de la misma forma a cómo ya sucedió. Por eso, no tiene sentido limitarse a observar las señales del pasado, también hay que estar atentos a las que nos lanza el presente por primera vez. Debemos saber leer el ayer, sin creer que aún vivimos en él.

Como en otras tantas crisis pasadas, la humanidad está sucumbiendo al encanto de los hombres fuertes o providenciales y sus promesas de orden y seguridad, de los que representa Bolsonaro su último exponente exitoso. De claro perfil autoritario, ni siquiera como presidente ha dejado de mostrar abiertamente su admiración por la dictadura. Es más, su vicepresidente, el general Mourau, jugueteó en campaña con la idea de un autogolpe, similar al ejecutado por Maduro en Venezuela. Detrás de una elección tan chocante se percibe la influencia de datos como el que solo el 9% de los brasileños confíe en los partidos políticos o que en 2018 la tasa de homicidios registrada batiera su récord histórico.

Los romanos ya identificaron esta pulsión autoritaria en situaciones así, pero en vez de oponerse a ella, asumiendo, tal vez, su impotencia a la hora de combatirla, intentaron encauzarla a través de la figura del ‘dictator’; una alta magistratura a la que se le concedían facultades exorbitantes para resolver problemas puntuales, normalmente de tipo bélico, con el contrapeso de estar limitada a un periodo no superior a seis meses. Pese a sus cautelas, Sila y Julio César demostraron que una vez que se ha dado poder a una persona, no resulta fácil desposeerla de él. Conviene recordarlo, igual que el caso del canciller austriaco Engelbert Dollfuss. Bajo su gobierno de 1932 a 1934, se persiguió a la oposición y el Parlamento quedó disuelto; de modo que cuando Hitler invadió el país y el régimen Dolfuss intentó plantar cara, no había nadie al otro lado dispuesto a responder a la llamada de socorro. Antes de que el ejército alemán entrara en Viena, la democracia austriaca hacía mucho que había perecido. Las instituciones nos amparan frente a ciertos peligros mientras son reconocidas como tales; que lo sigan pareciendo depende de quienes las ocupan y de cómo se comporten dentro de ellas. Si permiten que se degraden, llega un momento en que los ciudadanos dejan de creer que pierden algo sin ellas y por ese resquicio regresa el autoritarismo.





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