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Internacional

El odio como arma electoral

Por
  • José Javier Rueda
OPINIÓNACTUALIZADA 27/10/2018 A LAS 05:00
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Reuters Vocento

El discurso de la inquina que Donald Trump ha difundido, incluso desde antes de llegar a la Casa Blanca, ha cristalizado esta semana en una persona que decidió acabar con esos ‘seres despreciables’ (todos ligados al Partido Demócrata) que ‘amenazan’ a su amado país: el expresidente Barack Obama, el actor Robert de Niro, la candidata Hillary Clinton, el exjefe de la CIA John Brenon, el millonario George Soros y varios medios de comunicación como la CNN. El presidente ha reaccionado a estos ataques acusando de nuevo a la prensa, sin querer asumir que él ganó las elecciones mediante una campaña de crispación. Con un discurso de populismo económico y una retórica xenófoba, el aspirante republicano supo captar el malestar de los ciudadanos blancos de Estados Unidos, un malestar por una recuperación económica que ha dejado maltrecha a la clase obrera y por los cambios demográficos acelerados que transforman el país.

Pero no es solamente Trump el que se afianza sobre el mensaje del odio. Una caterva de políticos populistas o ultranacionalistas han conseguido situar en el epicentro del debate social los conflictos de identidad sustentados en el sentimiento de rechazo al otro, al diferente, al que no piensa como yo, al que tiene otra religión, al homosexual, al inmigrante, a la globalización. La lista es ya tan extensa que asusta: Salvini (Italia), Le Pen (Francia), Farage (Reino Unido), Orban (Hungría), Bolsonaro (Brasil)… Hasta en España, Torra es presidente de la Generalitat después de haber escrito envenenados tuits ("Lo que sorprende es el tono, la mala educación, la pijería española, sensación de inmundicia; horrible") que remiten inevitablemente a los lemas más racistas del peor siglo XX.

Ante fenómenos como el empobrecimiento de las clases medias tras la recesión económica, el avance de la robotización o los atentados islamistas, los populismos han aprovechado el desconcierto de la sociedad para intentar alimentar una espiral de odio que amenaza con convertirse en algo estructural, en fundamento de nuestro modelo de vida. Es odio que se nutre del miedo. Y el mayor peligro de estos líderes autoritarios no son sus éxitos en las urnas, sino su éxito ideológico. Sus mensajes de rencor son mucho más duraderos que sus victorias electorales porque hunden sus raíces en el fondo del cerebro colectivo, devienen rasgos culturales más difíciles de cambiar que cualquiera otra convención de la sociedad.

Ahora, en esta época de decadencia de la Ilustración, los discursos supremacistas, de la exclusión, del temor, del racismo o de las fobias están siendo recuperados con orgullo ("sin complejos", como les gusta decir) por las viejas fuerzas políticas conservadoras. Hoy, la gente exhibe con ostentación su rechazo a los extranjeros incluso en países como Alemania, que se creía que estaba vacunada contra la xenofobia después del Holocausto. Esta es la gran victoria ideológica de la extrema derecha en Europa y también en América.

Occidente debe aplicarse en evitar el contagio del odio que se va deslizando, lentamente, en grupos sociales y políticos que ya han descartado lo racional y solo atienden a lo emocional. El rechazo al diferente y el repliegue identitario son fenómenos globales que se propagan gracias a internet, escenario casi ilimitado de construcción y difusión de mensajes de odio. Pero también evidencia una gran irresponsabilidad la clase política cuando azuza la retórica del alarmismo y del odio visceral al contrincante o cuando erosiona la democracia liberal poniendo en duda la legitimidad del contrario.

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