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Internacional

El candidato de Trump al Supremo, se enfrenta a su peor pesadilla

La profesora que acusa a Kavanaugh de asalto sexual se ratifica bajo juramento ante el comité del Senado de EE UU.

Brett Kavanaugh durante su comparecencia.
Brett Kavanaugh durante su comparecencia.
Reuters

Las mujeres de todo el mundo tienen hoy una nueva heroína, porque "el valor es contagioso", le dijo ayer el senador Patrick Leahy a Christine Blasey Ford, la mujer de 51 años que, presionada por la prensa y la opinión pública, ha confrontado públicamente al candidato de Donald Trump para juez del Supremo.

Miles o millones de mujeres seguirán su impecable ejemplo de romper el silencio y sacar a la luz los secretos que han guardado durante años por temor a la humillación pública. Ayer mismo una de ellas confrontó al senador Lindsey Graham en el ascensor del Senado: "Yo también he sido violada", le espetó, sin que a él se le moviera una ceja. "Lo siento mucho, hable con el FBI", la atajó con dureza.

La psicóloga de 51 años que ayer declaraba en el Senado también quería que el FBI investigase sus acusaciones, pero los republicanos tienen prisa en confirmar a Brett Kavanaugh como nuevo juez del Supremo antes de las elecciones legislativas del 6 de noviembre, en las que podrían perder la mayoría en el Congreso. Con la ayuda del FBI, Blasey Ford podría haber precisado mejor la fecha y el lugar de los terribles hechos que la han perseguido a lo largo de su vida hasta ese banquillo del Senado en el que puso a prueba su memoria y su credibilidad.

De la noche en la que dos adolescentes borrachos intentaron violarla a los 15 años guarda un recuerdo "imborrable en el hipocampo", contó bajo juramento: "La risa estruendosa entre los dos. Se estaban divirtiendo a mi costa". Se reían entre ellos mientras uno la aprisionaba debajo de su cuerpo. No tiene dudas de quién era: Brett Kavanaugh, "estoy cien por cien segura", insistió. Cuando intentó gritar le tapó la boca. "No podía respirar. Mi mayor miedo era que me matase accidentalmente".

Recuerda también al otro chico, Mark Judge, que no ha sido llamado a testificar pero ha negado recordar nada de ese incidente. En un momento dado hizo contacto visual con él y creyó que iba a salvarla, pero no. Judge estaba tan borracho como su amigo y si la salvó fue accidentalmente, cuando saltó sobre él en la cama para sumarse a la violación y ambos rodaron hacia un lado. Eso, y llevar debajo un traje de baño, le dio la pausa para huir que la salvó de ser penetrada.

El recuerdo de esa noche traumatizó la vida de esta mujer que con los años logró superar los problemas para conectar socialmente que le dejó ese incidente y acabó acumulado dos másters, un doctorado y una treintena de estudios clínicos. Al final ha sido ella la que se ha convertido en la pesadilla de su agresor. El juez Kavanaugh se presentó ayer detrás de ella ante el comité judicial del Senado para negar vehementemente la acusación y defender su currículum como magistado de prestigio y buen chico que "iba a la Iglesia los domingos sin pensarlo más que lavarme los dientes", contó.

Para convencer a los senadores y, sobre todo, a la opinión pública de que se está cometiendo una tremenda injusticia con él, primero recurrió a la ira, luego a las lágrimas que reprimía ostentosamente mientras leía su testimonio y narraba cómo su hija de diez años reza por esa mujer que lo acusa de intento de violación.

No es la única. Otras dos mujeres han contado episodios semejantes pero no han llegado a testificar en el Senado. Difícilmente podían haber competido con la autenticidad de la psicóloga que ayer se presentó como una testigo honesta y convincente con nada que ganar a estas alturas más que la satisfacción de ver caer al hombre que intentó violarla y cumplir con su deber de ciudadana.

Temerosos de que sus intentos de despedazarla queden grabados para la historia y dañen sus posibilidades electorales, como ocurrió en 1991 con quienes cuestionaron a Anita Hill, la afroamericana que denunció el acoso sexual del juez Clarence Thomas, los republicanos contrataron a una fiscal de Arizona especializada en delitos sexuales para hacerles el trabajo sucio. Rachel Mitchell tuvo que interrogar a Ford en intervalos de cinco minutos, los que le cedieron repetidamente los senadores republicanos del comité. Todos sus intentos de resquebrajar su testimonio y presentarla como una herramienta de manipulación política fracasaron rotundamente frente a la declaración sólida de una mujer que cuidó sus respuestas para no culpar a Kavanaugh de nada más que de aquello de lo que está segura.

Hasta Trump se quedó tan pegado a la pantalla que canceló la reunión que tenía con el adjunto del Departamento de Justicia, Rod Rosenstein, para no perderse detalle. El juez Kavanaugh transmitió en su testimonio la ira del presidente que admite identificarse con él, pero serán los votos de los senadores los que determinen si, como el mandatario, podrá esquivar la responsabilidad de las acusaciones o esa inmunidad es privilegio de Trump.

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