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Opinión

Donde habitan los monstruos

Su presencia en películas, cómics, novelas... ha contribuido a desdibujar la figura de los nazis hasta el extremo de deshumanizarlos y no parecer reales. De este modo tan ingenuo, pensamos que nunca repetiremos sus errores.

Gonzalo Castro Marquina 08/09/2018 a las 05:00
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Otro rasgo especialmente inquietante del nazismo lo relaciona, curiosamente, con los vampiros

Pocos movimientos han suscitado tanto interés a lo largo de la historia como el nazismo, a pesar de su corta existencia política. Desde la fundación en 1919 del Partido Alemán de los Trabajadores por Anton Drexler hasta la derrota del Tercer Reich en 1945, apenas transcurrieron 26 años, de los cuales únicamente 12 se corresponden con su etapa en el poder. Un lapso de tiempo bastante fugaz, por fortuna, que palidece en comparación con la ingente producción cultural generada a raíz del mismo, así como del horror desatado durante el periodo. Son miles los libros, películas, series, cómics o videojuegos, de todos los géneros imaginables, relacionados con esa época. En cierta manera, esta superabundancia temática ha contribuido a desdibujar la figura de los nazis hasta el extremo de deshumanizarlos y no parecer reales tan siquiera, sobre todo para aquellas generaciones que nacieron con posterioridad a su caída. Convertidos en villanos por antonomasia, a veces da la impresión de que los nazis fueran una criatura más del bestial carrusel del terror, junto al hombre lobo, la momia, Nosferatu o las abominaciones de Lovecraft. En vez de por las garras o los colmillos, a estos monstruos se les distinguiría por sus botas altas militares o la esvástica sobre el uniforme.

El representarlos como meros entes de pesadilla provoca en nosotros, consciente o inconscientemente, un autocomplaciente sentimiento de ajenidad. Comparados con la caricatura, da la impresión de que no pertenezcamos ni a la misma especie. De este modo tan ingenuo, nos persuadimos de que nunca repetiremos sus errores, que jamás nos transformaremos en su reflejo, porque ellos ya nacieron así, nazis, y nosotros no. Naturalmente, nada de ello es cierto. Por mucho que nos duela, los nazis eran seres humanos y ninguno nació siéndolo, ni siquiera Hitler. De hecho, buena parte de la base social que sostenía al régimen encajaría dentro de la imagen que tenemos de lo que supone ser un ciudadano ejemplar. Si asumimos que el nazismo se componía de madres cariñosas, profesores abnegados o amables tenderos, ya no podemos desligarnos de sus acciones con la misma facilidad. Es justo esto lo que hace del nazismo tan perturbador; el pensar que detrás de quienes consintieron o alentaron el Holocausto había seres humanos y no demonios. Nos queda el consuelo de que si fueron muchas las personas corrientes que apoyaron al nazismo, también las había entre los que le plantaron cara valientemente. Enfrente de la banalidad del mal cohabita siempre, como su anverso, la banalidad del bien.

Otro rasgo especialmente inquietante del nazismo lo relaciona, curiosamente, con los vampiros. Según la descripción clásica que da de ellos Bram Stoker en su famosa obra ‘Drácula’, los vampiros no pueden acceder a una casa sin ser previamente invitados, si bien una vez dentro ya son libres para moverse por ella a placer. Puede que el escritor quisiera advertirnos de que el mal solo entra si se le abre primero la puerta y que a partir de ahí las consecuencias son imprevisibles. En las historias, los vampiros se sirven de engaños o poderes hipnóticos para sortear este obstáculo. Aunque resultaría tentador hacer descansar por entero la responsabilidad de lo sucedido en el genio diabólico de personajes como Hitler o Goebbels, que como flautistas de Hamelín habrían sometido la voluntad del pueblo alemán, de nuevo, la verdad incomoda más. Ante la disyuntiva de qué fue antes: Hitler o el nazismo, ya en 1943 el psicólogo Henry Murray apuntaba en un informe para la OSS, precursora de la CIA, que a pesar del indudable magnetismo del Führer, este había sido creado y hasta cierto punto inventado por la población alemana.

Tal vez, hoy estemos más concienciados que entonces, pero también lo estaba la gente del primer tercio del siglo XX respecto a otras épocas y eso no evitó el ascenso de los fascismos; de la misma forma que tampoco la nueva conciencia planetaria surgida tras las dos grandes guerras ha conseguido impedir tragedias como la de la Guerra de los Balcanes, los crímenes de los Jemeres Rojos, el Dáesh, el genocidio de Ruanda o, en estos momentos, el de los rohingya. El miedo sigue siendo una poderosa llave como lo era en 1933. Por eso, no podemos permitirnos bajar la guardia. Parafraseando al presidente Roosevelt, nunca dejemos de temer al miedo en sí, no sea que llegue el día en que nos asustemos de nosotros mismos… otra vez.





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