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Opinión

La esperanza china

El desarrollo económico ha creado en China una potente clase media que puede impulsar la democratización. Pero las élites del Partido Comunista se resisten al cambio.

La Ciudad Prohibida en Pekín.Jason Lee / Reuters

Uno de los mas significativos politólogos norteamericanos del momento, Francis Fukuyama, cuando contempla el nacimiento y desarrollo de le democracia en Occidente señala, con acierto, que «el crecimiento económico engendró la movilización social, que, a su vez, provocó crecientes demandas de participación política. Pues bien, semejante proceso que, primero en Estados Unidos y luego en Europa, puso en marcha la edificación democrática durante la segunda mitad del siglo XIX está teniendo lugar también en los últimos decenios en Asia oriental y ha dado a luz ya países como Japón, Corea del Sur, Taiwán, Singapur o Malasia, donde el modelo democrático se acerca al de las buenas democracias. ¿Y en China?

Resaltó en su día Bertrand Russell que China ha sido siempre una excepción a todas las grandes reglas del mundo. ¿Lo será también en este crucial punto, en que se juega durante el siglo XXI «el desenlace de un memorable drama histórico» (Dahl)? Factores contradictorios operan al mismo tiempo, desde aspectos que parecen hacer imposible el tránsito democrático hasta otros que simulan tornar imprescindible e inevitable el mismo. La incógnita, pues, está servida, tal como ha ocurrido siempre en todo lo atinente a la respuesta de China, el impenetrable Imperio Medio, al mundo.

Entre los factores adversos a semejante conversión hay uno de gran importancia. En Occidente, la democracia se ha construido en torno a la institucionalización de la participación masiva en un proceso político acordado que requiere de partidos políticos bien organizados (Fukuyama). Pues bien, en China no hay, ni de momento se lo espera, pluralismo partidista, sino un único, todopoderoso y totalitario Partido Comunista Chino, omnipresente en todos y cada uno de los mecanismos, facetas y rincones del país, y en el que se dan en plenitud el patrocinio, el nepotismo, el faccionalismo, la influencia política y la corrupción, algo que lo sitúa claramente por encima de la ley (Fukuyama).

Pero hay también circunstancias favorables al cambio democrático. El desarrollo económico extraordinario de las últimas décadas, que ha llevado a China a ser la segunda superpotencia, ha producido, a la vez, la aparición de estratos sociales muy extendidos de clases medias; y la experiencia histórica enseña que la presencia de estas significa la presión política liberadora y el impulso de la meritocracia. Si, como gráficamente dice Barrington Moore, «donde no hay burguesía no hay democracia», parece obligado también aceptar la proposición contraria de donde hay burguesía (¿y qué otra cosa es la clase media?), hay asimismo democracia. El problema y el dilema están servidos. La todopoderosa élite político-militar china (también lo era la ‘nomenklatura’ soviética) resistirá con decisión y dureza el empuje venido de abajo en pro de la democratización, aferrándose al principio de Mao Zedong «tenemos que depender del imperio del hombre, no del imperio de la ley», pero, al igual que ha sucedido en otros lugares (España incluida), la presión cada vez más fuerte de las ya muy numerosas clases medias chinas podría forzar la situación hasta el punto de producir el quiebro democrático. Como escribe Robert Dahl, «los hechos revelarán si el régimen no democrático de China puede resistir las fuerzas democratizadoras liberadas por el capitalismo de mercado».





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