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Opinión

Indian Horse

Las largas horas a bordo de un vuelo trasatlántico ofrecen la ocasión de cruzarse#con películas que dan a conocer historias ocultas y activan la conciencia#de cualquier espectador, como ocurrió con el filme ‘Indian Horse’.

02/08/2018 a las 05:00
La película habla del trato que Canadá dio a miles de jóvenes nativoamericanos.HERALDO

Cada vez me gustan menos los viajes en avión. Sobre todo si es un vuelo largo, que pase de cinco horas. No sé cómo poner las piernas, ni cómo encajar en el espacio cada vez más reducido entre asiento y asiento. En un par de ocasiones tuve la suerte de disfrutar de la zona ‘business’, la compañía aérea me subió de clase por ‘overbooking’ -habían vendido más billetes que plazas- y eso me ha traumatizado para siempre. Fue una experiencia paradójica. La comodidad y las atenciones fueron magníficas. Pero una vez vividas esas ventajas, nada es igual. Se siente la diferencia con la plaza de turista. Y no quiero imaginar la sensación que debe producir tener un jet privado, sin colas, sin esperas y con los lujos multiplicados, como los que disfrutan las estrellas del deporte o de otros ámbitos. O como Pedro Sánchez, al pasar de su coche y el hashtag ‘#yoviajoconpedro’ a la ‘obligación’ de desplazarse en el Falcon presidencial. Su metro noventa lo notará. Así cualquiera se sacrifica por España, sea para ir a un concierto, a Bruselas o a lo que se tercie.

En los vuelos trasatlánticos y los que llevan a distancias similares, las compañías aéreas de verdad -no las ‘low cost’ que nos tratan como ganado- suelen amenizar el viaje con sucesivas ingestas de comida y bebida -cada vez menos- junto a un repertorio de entretenimientos ‘online’. Ya no están aquellas pantallas grandes donde daban para todos lo mismo. Ahora cada quien tiene su dispositivo frente a la cara. Es una manera de hipnotizar autoadministrable para hacer más llevadero el viaje. Salvo que uno tenga la suerte de coincidir con alguien y conversar; algo cada vez más difícil, pues quien más quien menos pasa de mirar la pantalla de su móvil a la de su asiento. Ahí la oferta de películas es inabarcable y adictiva.

En el vuelo de vuelta de Toronto, me había propuesto dormir el máximo posible para evitar el ‘jet-lag’ posterior. Ni encendí el dispositivo. Pero el llanto inclemente de un bebé dos filas por delante lo hizo imposible. Así que comencé a curiosear. Necesitaba días para ver la lista completa. Empecé por casualidad con ‘Indian Horse’. Y fue una suerte. Una verdadera joya.

La película, dirigida por Stephen Campanelli y coproducida entre otros por Clint Eastwood, se estrenó en 2017. Está basada en el libro del mismo título de Richard Wagamese (1955-2017). El relato de este novelista de origen ‘ojibway’ (uno de los pueblos nativos de Norteamérica) cuenta una de las historias más terribles del democrático estado canadiense. Desde 1880 hasta 1996 los sucesivos gobiernos aplicaron el programa Indian Residential Schools donde en internados gestionados por organizaciones religiosas se arrancaba a los niños y niñas ‘aborígenes’ de sus familias y comunidades para educarles en la cultura ‘euro-canadiense’, mediante el aislamiento y la asimilación. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación ha constatado la brutalidad del programa, donde más de 6.000 niños murieron, muchos sufrieron abusos y el dolor infringido será irrecuperable. Al menos, en noviembre de 2017, el primer ministro Justin Trudeau pidió perdón formalmente a los supervivientes. El libro y la película han contribuido a conocer parte de lo sucedido. La manera de narrar aquellos horrores no se regodea en la violencia, deja un ventana para activar la conciencia.

Además, con esta historia, han remachado el mismo clavo que denunció Daniel N. Paul al publicar en 1993 su libro ‘We were not the savages’ (‘Nosotros no éramos salvajes’). En ese estudio cuenta la historia de los ‘mi’kmaq’, una de la ‘primeras naciones’ de la zona de Nueva Escocia. Describe una sociedad tolerante y democrática, respetuosa con los derechos de las personas y de la naturaleza, que sufrió el aniquilamiento sistemático por parte de los invasores británicos que llegaron a exterminar el 95% de aquella población. La colonización anglosajona fue un genocidio de unas dimensiones incomparables. Una vergüenza de la que queda mucho por contar, aunque sea viendo una película apretado en un avión.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza





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