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Internacional
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Más populismos que pateras

Por
  • José Javier Rueda
OPINIÓNACTUALIZADA 23/06/2018 A LAS 05:00
Salvini, líder de la Liga Norte
Salvini ha llamado esta semana “carne humana” a los inmigrantes rescatados por una ONG alemana

El populismo racista y nacionalista está en alza. Sus primeros aldabonazos resonaron desde el mundo anglosajón: Donald Trump y el ‘brexit’. Después la ola se fue extendiendo. Marine Le Pen, la candidata de extrema derecha, perdió ante Macron, pero pronto llegaron los éxitos de fuerzas antieuropeístas en Austria y Hungría. Los ultras tienen mucho peso en Holanda e incluso están poniendo en aprietos a Angela Merkel. El último capítulo ha sido la formación de un gobierno en Italia entre un populismo filofascista (la Liga) y otro ecléctico (el Movimiento Cinco Estrellas).

La crisis económica que arrancó en 2008 fue el caldo de cultivo del tsunami populista al que asistimos. La enorme cantidad de damnificados ha encontrado en estos movimientos una manera de encauzar su indignación y sus frustraciones. El profesor Rallo ha descrito su estrategia en ‘El porqué de los populismos’: «Lograr que las víctimas de la crisis desarrollen una conciencia de un relato maniqueo en el que su pauperización se presente como el resultado de la conspiración de algún antagonista bien identificado». En el populismo de derechas los culpables son los extranjeros, que arruinan patrias condenando al desempleo a los trabajadores. En el de izquierdas, los señalados son los ricos, que medran a costa de las clases medias.

Nacionalistas, proteccionistas y xenófobos, los populismos que triunfan en Occidente se manifiestan sobre todo buscando chivos expiatorios a los que hacen culpables de todo lo que anda mal en sus respectivos países. Los inmigrantes de color y los musulmanes son por ahora las víctimas propiciatorias en Europa. Geert Wilders (Holanda), Marine Le Pen (Francia), Viktor Orbán (Hungría) y Beata Szydlo (Polonia) les acusan de quitar el trabajo a los nativos, de abusar de la seguridad social, de degradar la educación pública… El ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, acaba de incluir en este grupo a los gitanos. Y en EE. UU., Trump anatematizó a los mexicanos ya en su campaña electoral (los acusó de ser violadores, ladrones y narcos) y ahora a todos los demás sudamericanos. No obstante, el supremacismo de Salvini está a su altura.

La llegada masiva de inmigrantes y refugiados a Italia desde Libia y Túnez ha bajado notablemente en el último año. Pero Salvini está utilizando la inmigración para convertirse en el nuevo ‘hombre fuerte’ del país. Exmilitante de las juventudes comunistas, se subió a la ola ultranacionalista cuando vio que se agotaba la capacidad movilizadora del secesionismo de la Liga Norte.

Las tensiones en la UE son tan fuertes (con Salvini llamando «charlatanes» a Sánchez y Macron) que Bruselas ha convocado para mañana una cumbre extraordinaria. Merkel acude con su gobierno en peligro por la política migratoria. Es otro más de los efectos de los movimientos tectónicos provocados por el auge de los populismos xenófobos.

Mientras tanto, la UE sigue dando prioridad a la lucha contra las consecuencias de la emigración ilegal (fronteras más inexpugnables, mayor colaboración policial y judicial, acuerdos con países africanos para la devolución) y no a sus causas (impulsar la integración regional en África, alentar a los regulares a invertir en sus lugares de origen, incentivar el regreso de los universitarios africanos a sus países). Las primeras medidas, las represivas, están en marcha; las de desarrollo son solo intenciones.

El populismo sigue alimentando en la UE los miedos que le resultan tan rentables electoralmente. Actúa como en el chiste del tipo que ha perdido una llave y la busca debajo de una farola; cuando le preguntan dónde la ha extraviado, admite que ha sido en un rincón sin luz. «Entonces, ¿por qué la busca debajo de la farola?». «Porque la visibilidad es mucho mejor». En el populismo siempre hay algo parecido a este truco. Busca las causas de los problemas en los inmigrantes, pues estos son mucho más visibles que los procesos sociales complejos y las causas profundas de la desigualdad.

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