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Una ración de ostentación

Recetas y postres extravagantes en un pomposo restaurante de Nueva York

Dicen que la reina Cleopatra disolvió una valiosa perla en vinagre y se la bebió. El pomposo gesto tiene su reflejo hoy en Manhattan, con propuestas igual de excéntricas.

Caius Apicius. Zaragoza Actualizada 11/07/2013 a las 14:16
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El 'Golden Opulance Sundae' o helado de opulencia dorada presume de ser el postre más caro del mundoHA

Cuenta Cayo Plinio Segundo, más conocido como Plinio el Viejo, que la reina Cleopatra, por ganar una apuesta a su amante Marco Antonio, llegó a disolver en vinagre una perla valorada en cinco millones de sestercios... y a beberse la disolución.

Plinio, que murió durante la erupción del Vesubio que destruyó Pompeya y Herculano en el año 79, cuenta esta anécdota en su monumental 'Naturalis Historia', un compendio del saber de la época, más allá del campo de las Ciencias Naturales. Ah: digamos, para hacernos una idea, que un sestercio de los tiempos de Vespasiano equivaldría hoy a una cantidad comprendida entre 1,3 y 1,5 euros, según la fuente a que se acuda.

Al parecer, la reina egipcia había apostado al militar romano que sería capaz de darle una cena de diez millones de sestercios. Antonio aceptó. La cena fue espléndida, pero no llegaba ni con mucho a ese presupuesto. Entonces, Cleopatra se quitó uno de los dos pendientes que llevaba, dos perlas de buen tamaño, y preguntó al general: "¿Cuánto crees que vale esta perla?".

Antonio contestó que cinco millones de sestercios y Cleopatra, entonces, la echó en una copa de vinagre, que disolvió la joya, y se la bebió. Ofreció la otra a Antonio, que la rechazó y prefirió que siguiera adornando la oreja de Cleopatra, de la que, al contrario de lo que pasa con su nariz, nada sabemos. Pero se bebió (si el relato es cierto, claro, que ahora no vamos a dudar del viejo Plinio) el equivalente a siete millones y medio de euros.

La historia no deja de ser el reflejo de la extravagancia de quienes lo tenían todo en un mundo en el que la inmensa mayoría no tenía nada. Como no había redes sociales, nadie las pió (tuitear, como saben ustedes, viene del verbo ‘to twit’, que significa exactamente piar) y no pasó nada. Hace un par de días me topé con un blog que dedicaba una entrada a un restaurante de Manhattan, cuyo nombre me niego rotundamente a publicitar, que parece ser frecuentado por clientes que, a escala más modesta, se sienten émulos de Cleopatra VII, la última de los Ptolomeos.


El postre más caro del mundo

Presume (el sitio en cuestión) de tener un postre llamado ‘Golden Opulence Sundae’ (que se traduce como "helado de opulencia dorada", toda una declaración de intenciones), creado para celebrar un aniversario de la casa, que se sirve, previa petición por adelantado, al módico precio de 770 euros por ejemplar.

Ciertamente, es opulento. Y oro lleva: tanto en láminas de papel de oro comestible de 23 quilates (que ya son ganas) como revistiendo las almendras que decoran el helado, de vainilla, con granos de esa especia procedentes de Tahití y chocolate de una marca, al parecer, carísima, entre otras cosas. Sinceramente: creo que quien pague tal cantidad debería ser gravado por el fisco estadounidense con cinco o seis mil euros más (o dólares, en este caso) en concepto de impuesto a la estupidez.

No queda ahí la cosa. En el mismo restaurante presumen de ofrecer la hamburguesa más cara del mundo, un manjar que puede probarse por la nada despreciable cantidad de 226 euros. Al parecer, está hecha con carne de buey wagyu (hay que ver qué prolíficos se han vuelto en pocos años los bueyes japoneses), hecha con mantequilla a la trufa blanca, sazonada con sal ahumada del Pacífico y servida con una loncha de un artesanal y escasísimo queso Cheddar.

Además, la hamburguesa reposa sobre una rodaja de huevo de codorniz, nata y caviar Kaluga (que en el mercado se cotiza a unos 4.500 euros el kilo). ¿Que no es para tanto? No; pero, como en el caso de Cleopatra, lo caro es el añadido: se pincha con un palillo hecho con oro y diamantes. Visto así, la hamburguesa es barata. Si hay que devolver el palillo, no tanto. De todos modos, este plato sería un mal chiste para Cleopatra puesto que, al cambio, su valor 'apenas' alcanza los 170 míseros sestercios...

Por aquí, encontramos que la hamburguesa (minihamburguesa, para ser más exactos) se ha convertido en la reina de las gastrofiestas, en la protagonista de las cartas de los gastrobares... y en el producto por el que la gente hace colas enormes cada vez que las regalan. Hay sitios especializados en champaña y hamburguesas, lugares bautizados como 'gin & burger' (a fuerza de poner ensalada en el gin-tonic, era inevitable acabar acompañándolo con una hamburguesa)... También reaparece con fuerza el 'hot dog': tendrían que ver las colas que había ante los puestos de perritos en una reciente fiesta que se celebró en la madrileña calle de Jorge Juan, en el mismísimo barrio de Salamanca. Increíble.

¿Renace la afición por la hamburguesa? ¿Vuelve la fiebre por el perrito al estilo de Manhattan? Sinceramente... no. Se ofrecen minihamburguesas y perritos en locales más o menos gastronómicos por la sencilla razón de que este es un género barato. Y se forman las mismas colas que se formarían si lo que se repartiese fuesen huevos cocidos con mahonesa, y hasta sin ella, porque son gratis.

Y, mientras, un puñado de esnobs (por llamarles algo suave) jugando a ser Cleopatras y Marco Antonios en esa Alejandría de hoy que es Nueva York. Qué cierto es aquello de que Dios da pañuelo al que no tiene mocos y, lo que es peor, viceversa: llena de mocos a quien jamás lleva pañuelo.

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