Economía
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REPORTAJE

Cuando un título universitario no vale nada

El país necesitará más mano de obra cualificada para mantener su desarrollo, pero pierde universitarios y desaprovecha la inmigración. El 20% de inmigrantes tiene título universitario, pero la mayoría está subempleada en puestos inferiores a su formación.

"España va a necesitar más inmigrantes de todo tipo para que su economía y desarrollo no se detengan", recalca Rafael Puyol, presidente de la Universidad del Instituto Empresa y ex rector de la Universidad Complutense madrileña. Máxime cuando su población activa sigue envejeciendo y su alumnado universitario baja desde hace siete años (casi 200.000 menos), en una pérdida lenta pero sostenida (en el último año quedaron sin cubrir 38.801 de 250.769 plazas de primer curso, e incluso cayó la matriculación en doctorado) que "se intensificará para 2015".

La previsible llegada a la enseñanza superior de los hijos de inmigrantes no será suficiente para compensar esa disminución estudiantil, señala Puyol, quien insiste en que el desarrollo español sólo podrá consolidarse con más "mano de obra de alto nivel de cualificación". Y apunta tres posibles salidas, empezando por el mejor aprovechamiento de la población inmigrante más cualificada (el 20% tiene título universitario, pero la mayoría está subempleada), que debería "pasar a otros sectores más acordes" con su formación.

Otra opción sería "traer estudiantes extranjeros a formarse, y retenerlos", alternativa que el ex rector considera viable materialmente en 70 centros "con recursos docentes y educativos suficientes", pero que exigiría un "cambio de mentalidad en la Universidad", que ha sido "muy poco internacional hasta ahora". Y la tercera, la "importación directa de talento", que requeriría algunas condiciones básicas, como "dar facilidades para la acreditación académica" -la convalidación es complicada y larga, como se está viendo ante la incipiente falta de profesionales de medicina-- y "agilizar más los trámites".

"Circulación de cerebros"

Puyol, que analizó el problema durante un encuentro sobre "Inmigración, importadora de talentos" organizado por la madrileña Casa de América, cree que "la emigración cualificada es imparable" y que "lo mejor es intentar regularla". Lo fundamental es "facilitar la vuelta" a quien se marcha creando las condiciones para que pueda tener un buen trabajo a su regreso. A su juicio, sería más apropiado hablar de "circulación de cerebros que de fuga", porque "ya no sucede que no vuelven" y porque su etapa extranjera puede aportar "ventajas que se pueden aprovechar", como las remesas o sus relaciones profesionales.

De hecho, hay países como India o China que han conseguido una "recuperación importante" de sus "cerebros" emigrados. Y, por otra parte, no todo el movimiento migratorio cabe en la idea de fuga de talentos. Como recuerda Puyol, del personal de alta cualificación llegado a los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), el 60% procede de países en desarrollo, pero un 40% proviene del mismo mundo desarrollado. En el caso de España, por ejemplo, entre los orígenes de esa inmigración cualificada destacan el Reino Unido, Francia y los países nórdicos.

De todos modos, justo cuando Europa trata de poner nuevas puertas al campo de la inmigración, queda aún más patente la flexibilidad de los países ricos para acoger sin obstáculos --y hasta con facilidades, como en el caso de deportistas de élite-- a personas extranjeras con títulos y formación superior. Vista desde el mundo pobre, la fuga de cerebros supone un doble drama. Por un lado, se marcha la gente más preparada (en África, 20.000 profesionales cada año, la mayoría personal sanitario, de enseñanza y de ingeniería) para enfrentar la pobreza y sus secuelas sanitarias, educativas y de infraestructuras. Y por otro, al dineral perdido en su formación se suma otro despilfarro (4.000 millones de euros anuales en ese mismo continente) para contratar fuera a especialistas que ocupen su lugar.

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