Economía

Raíces para el bienestar

España debe crear y consolidar cerca de dos millones y medio de nuevos empleos antes de que se produzca una nueva recesión mundial, lo que puede ocurrir hacia 2025. El foco debe ponerse en las reformas educativas y en la investigación científica.

Para ponerse a la altura de las economía más avanzadas, España debe mejorar en educación y en investigación.
HERALDO

Decía en una artículo previo -‘Completar la Transición’ (HERALDO, 3 de octubre, pág. 23)- que, a pesar de todas las alharacas, España marchaba bien. Hoy, ante el reciente clima de desaceleración europea, debo subrayar que puede y necesita hacerlo aún mejor. Tenemos que crear y consolidar cerca de dos millones y medio de nuevos empleos antes de 2025, año en cuyo entorno puede producirse la próxima recesión mundial. ¿Qué hay que hacer? En grandes rasgos, hay que aspirar a crecer cerca de un punto porcentual por encima de la tasa media europea, cumpliendo los indicadores fiscales de Bruselas. Lo que implica aumentar la inversión y las exportaciones de bienes y servicios por encima del consumo. Objetivos que la experiencia prueba que, en conjunto, son asumibles por la izquierda y por la derecha moderadas del país. Pero no en detalle.

Muchos analistas desagregan temporalmente esa receta macroeconómica global, de acuerdo con la práctica post-keynesiana mundial, muy influenciada por la idiosincracia anglosajona. En su lugar, lo que deberían hacer es realizarla de acuerdo con las prioridades de los fines y medios sectoriales de la socio-economía española. La causa es que los países más desarrollados tienen resultados relativos en todas su actividades muy homogéneos. Los menos desarrollados, más heterogéneos. Por ello, puede acontecer que España, un país de renta per cápita media-alta, sea capaz de situarse entre los mejores países del mundo en sanidad, pensiones y servicios sociales, entre los medianos y malos en educación e investigación y entre los pésimos en administración. Mientras que en el Reino Unido es al revés. La explicación de esta anomalía es simple. España llegó a la Ilustración casi un siglo más tarde que Inglaterra, que con Hume y Locke la lideró, y la ha digerido logrando un incremento de la eficacia en todas sus actividades, pero a distinto ritmo que los anglosajones en cada una de ellas. Unas veces tan alto o más, en las actividades sociales y culturales, y otras más bajo, en las científicas y empresariales.

Por eso, para alcanzar el patrón de bienestar más elevado y homogéneo de los países más avanzados, España no debe seguir ciegamente la misma ruta reformista: reformas constitucionales, electorales, sociales, laborales y territoriales, ecológicas y ambientales, etc. Por la diferencia idiosincrásica subrayada, España, primero, debe mejorar todos sus niveles de educación, elevando la cantidad, calidad y remuneración de sus profesores y egresados, mediante una reforma profunda de los títulos. Segundo, debe duplicar o triplicar el gasto en investigación, tanto en laboratorios y bibliotecas como en personal. Y tercero y sobre todo, debe eliminar la lenta conducta, parcialmente garantista, de los servidores públicos y privados y reemplazarla por otra de rápida responsabilidad total. En suma, tiene que extender su indudable creatividad y exigencia en el mundo del arte al resto de sus actividades.

Como simple ejemplo, debe tener, al menos, el mismo número de premios Nobel en todas sus especialidades. Y, deseablemente, un porcentaje de ellos igual al de su población mundial. La política que ejemplifica Harari en su último libro -‘21 lecciones para el siglo XXI’-. En él atribuye el éxito científico y tecnológico de Israel a su altísima intensidad de premios Nobel científicos por habitante, 20% del total para solo el 0,2% de la población mundial.

En el medio plazo que nos resta hasta la nueva recesión, esta priorización psico-cultural y social es esencial, porque la nueva recesión será similar a la padecida desde 2008, aunque no tan grave, como resume ‘The Economist’ en su evaluación decenal de la crisis de Lehman Brothers. Afirma que no se han asumido las verdaderas lecciones de la crisis: primero, ya se apunta que la próxima tendrá otra vez por causa principal los excesos inmobiliarios y la propensión de los bancos a financiar las hipotecas y de los gobiernos a salvar a los bancos. Segundo, porque, salvo que los bancos europeos se presten mutuamente, se extenderá, de nuevo y más gravemente, al resto de Occidente, ya que es previsible que la Reserva Federal esta vez no quiera prestar liquidez a los bancos internacionales. Tercero, porque la predisposición de los estados europeos a endeudarse para salvar a sus bancos y la reducción subsiguiente de las cotizaciones de estos, como consecuencia del aumento de la deuda pública, tiende a crear una espiral trágica que puede pone en peligro el euro. Lo que, salvo que se corrija con una integración monetaria y fiscal de riesgos más estrecha, puede crear una crisis mayor que la pasada.

José Ramón Lasuén Sancho es catedrático emérito de Teoría económica, presidente del Club de Roma-Aragón y miembro del Círculo Aragonés de Economía

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