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Economía

Coincidencia digital

El viernes, Facebook anunció la suspensión de Cambridge Analytica y su empresa matriz, Strategic Communication Laboratories (SCL).
Facebook suspende al informador de la trama de captación ilegal de perfiles digitales de apoyo a Trump
Afp

Habrá sido casualidad o quizá no, pero el caso es que han coincidido dos noticias sobre las grandes empresas de la economía digital que seguramente van a tener una enorme repercusión en la configuración futura de este sector. Por un lado, el escándalo en el que se ha visto envuelta Facebook por el uso abusivo, y con intencionalidad política, de los datos que esta red social había recopilado de cincuenta millones de ciudadanos estadounidenses. Por el otro, el anuncio de que la Comisión Europea quiere establecer un impuesto especial sobre las ventas de compañías como Google, Amazon, Apple o la propia Facebook, de manera que los gigantes del ciberespacio contribuyan al sostenimiento de las cargas fiscales en medida adecuada a su cifra de negocios, cosa que ahora no está ocurriendo ni de lejos.

No se trata de castigar a estas compañías por ser grandes o por el indudable éxito que han conseguido al atraerse la fidelidad de millones de usuarios en todo el mundo. Pero este puñado de grandes empresas ha adquirido una relevancia tal en la economía de todos los países, al menos en Occidente, y en la vida particular y social de las personas que es inevitable, y muy conveniente, que se vean sometidas a un escrutinio muy minucioso y a una regulación bastante más estricta que la actual, de manera que se garanticen los derechos de quienes utilizan sus servicios.

Hasta hace poco, ni los gobiernos ni los partidos políticos ni las organizaciones sociales ni los ciudadanos se han sentido demasiado inquietos por el colosal volumen de información y de dinero que mueven las empresas líderes del universo digital. Las ventajas que para todos supone su actividad eran quizá demasiado seductoras como para pararse a pensar en otra cosa. Pero esta relación sumisa con el poder de los bits y de los algoritmos empieza a cambiar. Y puede hacerlo además muy rápidamente. La Unión Europea debería tener en ello un papel fundamental, porque tiene poder suficiente para diseñar unas reglas de juego que resulten equilibradas. Veremos si lo consigue.

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