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Opinión

La subvención pública a nuevas empresas. El problema

Pedro Mata Actualizada 04/02/2013 a las 21:30
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Las autoridades suelen subvencionar la creación de nuevas empresas. El argumento esencial para justificar esa subvención es la creación de empleo que las nuevas empresas van a generar.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Generan las nuevas empresas empleo duradero? ¿Merece la pena subvencionarlas?

El crecimiento económico es enemigo de la creación de empresas. El modelo agrario de los países menos desarrollados se va moviendo, con el crecimiento económico, hacia una economía industrial, para seguir hacia una economía de servicios; y las empresas de servicios están basadas en la contratación de personas. Al aumentar los puestos de trabajo disponibles disminuye la propensión a crear una empresa propia.

Y no solo por la evolución en el modelo productivo de las economías. El aumento de la riqueza aumenta los salarios hasta hacer más competitiva para los empresarios la compra de una máquina que la contratación de personas. Pero, a la vez, la inversión en maquinaria aumenta el tamaño de las empresas, su escala, por lo que es necesario contratar personas para gestionar ese aumento de escala. El aumento de la demanda de trabajadores provoca que muchos trabajadores, que habrían emprendido creando su propia empresa, acaben trabajando por cuenta ajena.

No solo la demanda de trabajadores afecta a la creación de empleo. La riqueza genera en las economías un aumento de los salarios medios, y el aumento del salario medio aumenta los costes de oportunidad de montar tu propia empresa. En otras palabras, si creas tu propia empresa, por la que probablemente tendrás que luchar duramente sin tener nada garantizado, dejas de lado el disponer de un salario fijo, una cotización para tu jubilación, y todos los beneficios y garantías que el sistema proporciona a los trabajadores por cuenta ajena; además de “ahorrarte” el correr con el riesgo financiero (y personal, y emocional, y…) del negocio.

Aparece el nuevo emprendedor

Es en tiempos de recesión, especialmente en una tan profunda como la actual y con la problemática adicional del desempleo endémico de España, cuando desaparece gran parte de esos costes de oportunidad y aparece el nuevo emprendedor.

Y ¿qué tipo de proyecto suele abordar un nuevo emprendedor? Hay una amplia evidencia científica de que el emprendedor se centra en crear empresas en sectores que tengan bajas barreras de entrada; es decir, en aquellos sectores en los que es más fácil “montar” una empresa. Cuanto más baja sea la barrera a la entrada, más competitivo será el sector y, a mayor competencia, mayor tasa de fracaso del proyecto.

En España, en 2010, se crearon 285.000 nuevas empresas, pero se cerraron (murieron, en los términos utilizados por el INE) más de 310.000. Es decir, mueren más empresas que las que se crean. El promedio de desaparición de empresas en España en la primera década de este siglo, indica que de cada 100 empresas creadas, el primer año desaparecen 18, el segundo 10 y el tercero 7. Cinco años después de su creación, sólo sobreviven 4 de cada 10 creadas. Y estas cifras han empeorado notablemente en los últimos años.

España no es distinta a otras economías. En EEUU la ratio de fracaso de las nuevas empresas (en todos los casos, no limitado a los cinco primeros años), es cercana al 80%. Es decir, solo sobreviven 2 de cada 10 nuevas empresas.

Se podría argumentar que, si al menos las nuevas empresas creasen numerosos puestos de trabajo, merecería la pena subvencionarlas a pesar de la tasa de fracaso. Es decir, sabiendo que alrededor de 8 de cada 10 nuevas empresas van a fracasar, el empleo generado compensaría el malgasto de la subvención.

Alta tasa de fracaso

Pues bien, las nuevas empresas no son el paradigma de la creación de empleo. Estudios científicos demuestran que el número de puestos de trabajo creados por nuevas empresas es inferior a los perdidos por las nuevas empresas que fracasan. Se ha demostrado, además, que los empleos ofrecidos por las nuevas empresas son peores: se paga menos, hay menos seguridad laboral, más temporalidad y menos beneficios no salariales. Más aún, como hemos visto, los empleos creados por nuevas empresas tienen menos probabilidades de subsistir por la alta tasa de fracaso.

Si, además, los emprendedores se ven incentivados por una subvención pública indiscriminada, acabarán montando negocios como los ya existentes, muchos de los cuales habrán desaparecido en poco tiempo. La ayuda pasa a ser un arma de doble filo, pues anima a los emprendedores a invertir, arriesgando en su caso su patrimonio para tener un alto fracaso.

En conclusión, la subvención indiscriminada a nuevas empresas, basada en argumentos puramente demográficos, no es una buena política si lo que se desea es crear empleo. Además, ¿quién quiere –autoridad o emprendedor– que se creen empresas que cierren antes de los tres años? Parece necesario encontrar mecanismos que garanticen una mayor supervivencia de las empresas, y que la subvención pública no se queda en el camino.

Pedro Mata es gerente de la Fundación Aragón Invierte





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