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ZARAGOZA 3-0 GETAFE

Una victoria total

El delantero del Real Zaragoza Javier Arizmendi (i) felicita a su compañero centrocampista colombiano Abel Aguilar
Una victoria total
EFE/Javier Cebollada

Después de transcurrido mucho tiempo y pasadas variadas vicisitudes, el Real Zaragoza presentó ayer de modo repentino, ante el Getafe de Míchel, un comportamiento de otro estatus, de otro nivel, de una dimensión que casi se había olvidado en el lugar a fuerza de tener que ser paciente y comprensivo en la grada para no crear mayores problemas de los existentes en el terreno de juego. Sin que cupiera esperarlo de manera razonable, en un cambio de apariencias bruscas, sin apreciarse desde el exterior una evolución progresiva, el Real Zaragoza se ha elevado a una categoría que lo acerca a la altura que tradicionalmente se le otorga por historia y conquistadas pasadas.

No se trata sólo de que ganara con superioridad manifiesta y solvencia evidente por tres a cero a un Getafe que tiene fútbol y fundamentos. El resultado abultado es, si se apura el razonamiento, la anécdota del caso. La esencia del asunto radica en el domino exhibido por los futbolistas de Marcelino de los diferentes registros del juego. El Zaragoza firmó un partido redondo, completo, de pocas lagunas y de un poso sensacional. Fue peligroso arriba, ordenado y juicioso en el centro del campo y seguro en la zona de atrás. La intensidad y el ritmo fueron los adecuados, altos en todo momento. Nadie se acordó de que Rubén Pulido es un lateral inventado, de que a Javier Paredes a veces se le nubla el frente o de que Ayala y Pavón son centrales que ya vivieron sus mejores días. En un lapso de tiempo realmente breve, Marcelino ha descubierto la solución al jeroglífico que le dejaron la pretemporada y el infortunio de las lesiones en una plantilla corta de efectivos.

Si el equipo logra mantenerse en estos registros futbolísticos, se anunciarán nuevas buenas enseguida. Por supuesto, la supervivencia en Primera División se observará como una meta tan realista como factible. Por lo pronto, se han desactivado los riesgos de que se incendiara La Romareda. La paz social y la tranquilidad para seguir avanzando en el proceso de recuperación del club y del equipo ya es una realidad tangible. El Zaragoza ha salido de esta semana reforzado, en absoluto erosionado o dañado. Hoy todas las condiciones se dan a favor del crecimiento y la expansión del juego, por más que Uche sea un lesionado de larga duración. En dos minutos se vio nítidamente que Ewerthon agiganta el peligro. A la Flecha le costó nada construir la ocasión en la que marcó Abel Aguilar su segundo tanto. Creó un gorro perfecto sobre la defensa rival. El brasileño sigue llevando el gol entre ceja y ceja, para anotar él o para que marque un compañero. A Songo'o le sirvió otro balón que bien pudo haber significado el cuarto tanto aragonés. Cuando se resuelva el caso Lafita en los tribunales deportivos o en la justicia ordinaria, el Real Zaragoza puede quedar definitivamente construido como un conjunto de ciertos posibles.

En tanto esto ocurre, la inclusión de Abel Aguilar por delante de Leo Ponzio y Gabi se ha revelado como un movimiento maestro. La idea está produciendo unos beneficios mayúsculos, casi desde el mismo instante en que se hizo la prueba, en el estadio de El Molinón, el pasado jueves. Con el colombiano en esa demarcación, todo se mejora: en ataque y en defensa. Todos, en consecuencia, mejoran. Ésta no es una licencia del lenguaje, una metáfora o una hipérbole. Responde a la descripción de una realidad. Aguilar ha iniciado el camino del fichaje de alguien más o menos desconocido que pronto se convierte en una referencia interior dentro del equipo y en un icono en la grada. Suma ya tres goles. El equilibrio que ha aportado al conjunto, a la estructura entera del bloque, es sobresaliente.

Míchel, entrenador del Getafe, que había estudiado al enemigo y sabía de los peligros que tiene, trató de atacar al corazón del renaciente Zaragoza. Para ello pobló el centro del campo y colocó en el once azulón a Boateng. Sacrificó a Soldado y persiguió a Aguilar. No acertó. Quizá, incluso, se equivocó. Pensó más en el rival que en sí mismo y traicionó su estilo y espíritu. El Getafe en nada se pareció a la escuadra poderosa que doblegó al Valencia. Cayó en una trampa. Al cuarto de hora estaba diluido, desdibujado.

Que Paco Pavón inaugurara el marcador con un cabezazo de escuela clásica, en el lanzamiento de un córner, o que Abel Aguilar abriera brecha de igual manera fueron mera circunstancia. El Getafe estaba perdiendo, en realidad, la batalla principal, la más nuclear del partido. Abatido en ese punto neurálgico del enfrentamiento, el Zaragoza buscó durante la segunda mitad la victoria total. La conquistó una vez que Ewerthon saltó al terreno de juego y el equipo salió con fuerza desde su parapeto de retaguardia.

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