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REAL ZARAGOZA

Un negro telón

análisis El partido ante el Villarreal supone el cierre de una campaña asombrosa, complicadísima, en la que el equipo aragonés ha rozado el descenso. Ha de obligarse a trabajar ya en un nuevo proyecto.

El partido ante el Villarreal echó ayer el cierre a una campaña áspera, desabrida, gris oscura; a un año salvado en la antesala de la campana, que no es poco, tal y como se fue divisando el panorama. Así, al menos, se evitaba el sufrimiento del cierre de la competición. No esperaba el zaragocismo una temporada tan compleja en el retorno del equipo a la Primera, tras el doloroso paseo por los infiernos de la división de plata.

Bajo el liderazgo de Marcelino García Toral, el hombre que abanderó un ascenso comprometidísimo, el equipo aragonés tenía la obligación de navegar por la categoría sin visitar zonas nobles, pero sin quemarse en los terrenos más comprometidos.

Pero en este Zaragoza de Agapito, rocambolesco y esperpéntico, las previsiones rara vez se cumplen. Ya venía la antesala del Campeonato marcada por fichajes extraños, refuerzos no solicitados -como el de Babic- e incorporaciones tan asombrosas como la de un nuevo director general, Gerhard Poschner, que trataba de encontrar su hueco entre el flamante nuevo director deportivo, Antonio Prieto, el clásico secretario técnico, Pedro Herrera, y el director corporativo, Javier Porquera. Entre el conglomerado de cargos de conforman el entramado que diseña Agapito Iglesias.

Entre jugadores apartados y recuperados -¡qué culebrón!- y solicitudes de refuerzos no atendidas, echó el balón a rodar. Y fue entonces cuando se puso de relieve que el aparato técnico se había equivocado -otra vez- a la hora de ofrecer argumentos sólidos con los que garantizar la permanencia.

Y el equipo se fue deslizando por la tabla hacia puestos de descenso, perdiendo a la vez los partidos y la ilusión. Así que el entorno del dueño apeló al gesto clásico de enturbiar aún más el ambiente para poner al entrenador a la vez a los pies de los caballos y al borde de un ataque de nervios.

No le importó a Agapito Iglesias -en aquel partido ante el Athletic- que La Romareda entera gritara de forma unánime a favor del técnico Marcelino y en contra de todo el entorno oficial de la entidad. Pasó por encima del entrenador y sin encomendarse a nadie -ni siquiera a un posible sustituto- le arrebató el bastón de mando al asturiano para entregárselo a quien tenía más a mano, al técnico del filial, José Aurelio Gay.

Aquel gesto hizo tiritar al zaragocismo. Y su Consejo de Administración, ya harto de no pintar nada y de aguantar el ninguneo permanente del propietario, presentó en bloque una dimisión encabezada por el propio presidente, Eduardo Bandrés.

El Zaragoza se encontraba entonces en una profunda crisis institucional y deportiva, con un equipo desordenado, desmotivado y sin alma, que se arrebujaba en los infiernos de la tabla.

Así que Agapito y su entorno, que no lograron encontrar una alternativa a Gay -bendita carambola-, apostaron por esa revolución que se inició con el desembarco de Nayim al lado del entrenador madrileño. Siete fichajes en el mercado de invierno, en otra arriesgadísima apuesta inusual en un equipo de Primera, permitieron cambiar el ambiente y hacer dirigible una nave que marchaba a la deriva.

El equipo aragonés ha logrado salvar una temporada comprometidísima tras una segunda vuelta en la que la convicción y la seguridad transmitida por los técnicos ha sido clave para conformar la remontada.

Sin embargo, el poso tranquilo deja también una estela amarga, una sensación de inquietud con respecto a la situación en la que se encuentra la entidad -en una delicadísima situación económica- y las posibilidad deportivas. Cae el telón. Un negro telón.

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