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S.D. HUESCA

Roberto derrota al Huesca

Cualquier novelista amante del morbo habría escrito así el guión de la tragedia (permítase la exageración): el hijo pródigo vuelve a casa con una camiseta de otro color; un gol suyo, por supuesto no celebrado, infringe una amarga derrota a quienes siempre le tuvieron en un pedestal. Era una posibilidad y se cumplió. Sin rencores, sin cuentas pendientes, con el talento y la humildad de siempre, Roberto marcó un golazo de cabeza que echó por tierra todo el esfuerzo de un Huesca que mereció mucho más.

El equipo de Antonio Calderón hizo una primera parte de escándalo. Se plantó en el área contraria cuando quiso y como quiso. El Nástic tenía más miedo que los tres cerditos juntos, defendía en su mitad de campo con un respeto al Huesca que dice mucho de la imagen que se ha ganado el equipo azulgrana en la categoría.

El gol era la consecuencia más lógica del fútbol que hacían los locales. Lo pudo hacer Vegar a pase de Robert (pero respondió de cine el aragonés Rubén Pérez) y la tuvo Iriome en un trallazo seco que lamió la madera.

Hasta que apareció Roberto. Quién si no. El madrileño había dicho en las entrevistas de la semana que recibir los centros de José Mari era todo un lujo, porque venían con un veneno que facilitaba su remate. Otra profecía cumplida. Al envío del sevillano respondió 'Torreta', colocando la cabeza de la única forma que podía sacar tajada. Menudo golazo.

Iriome estuvo cerca de igualar en una acción en el segundo palo. También Rubiato pudo nivelar. Vegar también pudo sellar el empate, en medio de una avalancha de juego reconocida por César Ferrando en la rueda de prensa. El Nástic puso una cerca alrededor de la cueva y solo de vez en cuando obtenía permiso para explorar el campo contrario.

La segunda parte comenzó con garrafón. El Nástic no quería saber nada de correr riesgos y al Huesca le empezaron a traicionar las prisas. Si uno no quiere jugar y al otro le puede la ansiedad, el resultado es una castaña para el espectador y una sensación de impotencia para un Huesca al que no se le puede reprochar nada, porque su actitud fue impecable de principio a fin. Siempre quiso mandar, buscar huecos donde era imposible, hacer recular al contrario de cualquier forma. Siempre quiso. Y eso vale mucho, aunque ayer quedase sin premio.

Calderón buscó otros argumentos con buen criterio. Sentó a Rubiato y a Iriome, y se la jugó con Moisés y el brasileño Reinaldo, que debutó en Liga. Vicente Pascual salió el último cuarto de hora y tuvo el empate en sus botas. En la recta final del encuentro, el autobús del Nástic se hizo el doble de grande. Pese a todo, en un ejemplo de coraje, el Huesca lo intentó. Moisés tuvo una opción de volea, aunque más cerca anduvo del gol Mikel Rico, que disparó a quemarropa y se encontró con la espalda de un rival que se había lanzado a tierra a la desesperada.

El cronómetro se consumió para desgracia local. Noventa minutos de brava exposición para nada. O tan solo (que no es poco) para confirmar que este Huesca es competitivo.

Otra cara, la de la alegría, se nutría de la sonrisa del delantero Roberto, siempre con el gesto contenido, casi como pidiendo perdón, sin sacar pecho, como es él, como lo recuerda la gente. Él ganó el encuentro de ayer.

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