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Deportes

REAL ZARAGOZA

Metidos en el ataúd

Al Real Zaragoza, descompuesto de ánimo y de fútbol, le fue insuficiente con la posesión del balón y cayó desnudado por Paco Chaparro. El Betis cerró los espacios y mató a los aragoneses a contragolpes.

La descomposición del Real Zaragoza es radical y de apariencia irrecuperable. Lo agrietan todos los estigmas de los equipos condenados a morir: le pesan las piernas y el corazón, el balón no muerde ni cuando se le domina abultadamente, los goles se escurren donde antes se gritaban, el ánimo se pisa con los pies, la afición contesta y reclama cabezas, y el drama se agudiza con la victoria de todos los rivales directos.

Ayer, el Real Zaragoza fue un muerto que probó por primera vez las dimensiones del ataúd. Miró el ancho y el largo, se asomó, se vio ya con la papeleta de la Segunda División en la mano, y el Betis lo tiró dentro.

En realidad, pese a todas las calamidades reflejadas sobre el césped, el Real Zaragoza no jugó un mal partido. O al menos para perderlo 0-3. Y eso es lo peor, otro síntoma de extremo desahucio. Controló el balón y se volcó sobre Casto, hombre que no se dejó meter una, ni por arriba ni por abajo. Pero el balón fue insuficiente, se volvió estéril e inocuo en los pies de los aragoneses. La razón debe buscarse en el planteamiento ejecutado por Paco Chaparro, que desnudó las carencias del Real Zaragoza y lo arrojó a la desesperación.

Con una defensa bien sincronizada y adelantada y con dos mediocentros incombustibles y racionales como Capi y Arzu, el Betis no se incomodó mientras se mantuvo replegado, concentrado y reacio a la pelota. Esperó a un Zaragoza que no supo profundizar ni hallar destinos peligrosos para el balón. Le obligó a hacer lo que no puede por propia deficiencia estructural: centrar por bandas y romper de cabeza para abrir la lata.

Esa predisposición del Betis fue una trampa fatal. El Zaragoza se lanzó a por él y descuidó a hombres de piernas rápidas y espada en mano como Edú o Mark González. Ellos dinamitaron al Zaragoza a base de contragolpes, colándose por los espacios y dirigiendo rápidas transiciones.

El primer gol vino de cabeza, como se temía. Edu centró y Mark González la metió sin saltar y con la frente, detrás de Diogo y su inconcebible pasividad. El chileno del Betis repitió después de un eslalon donde nadie apostó por derribarle.

El partido se finiquitó. Ni Zaragoza ni Betis variaron su guión. Uno intentaba y otro esperaba. Matuzalem organizaba y perseguía el balón con coherencia. Pero, al contrario de frente a Atlético o Villarreal, nadie le secundó. Óscar eligió su día oscuro, Aimar, de regreso, se perdió, Diego falló lo inhabitual en él, Gabi naufragó en el centro, la labor de Luccin resultó innecesaria ante la posesión continua del balón...

Fue Pavone, también de cabeza, quien selló el resultado y abrió la tormenta.

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