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Real Zaragoza
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Entrenador de porteros

Lecciones de viejo maestro

Andoni Cedrún dedica los viernes por la tarde a enseñar a un grupo de niños de Marianistas los secretos de su oficio, guardar la portería.

Andoni Cedrún con sus alumnos
Las enseñanzas del viejo maestro
J.M.

Viernes por la tarde, el momento en el que decenas de chavales se amontonan en el campo de fútbol del colegio Marianistas para practicar su deporte favorito. Probablemente, la rutina más especial de la semana. Con las clases terminadas y el fin de semana por delante, los niños se desquitan dándole patadas al balón. Jugando, por supuesto. Pero también aprendiendo.

Entre la animosa marabunta infantil, una figura destaca por encima del resto. Con sus 198 centímetros de altura, talla que una vez le convirtió en el futbolista más alto de Primera División, la presencia de Andoni Cedrún es inconfundible. Sobre el piso de césped artificial, el mítico arquero, que presenta en su currículo 17 temporadas en la élite, entre las que se cuentan la época más gloriosa en la historia del Real Zaragoza, enseña a las nuevas generaciones los secretos de su profesión. Unas lecciones de fútbol y vida que, en sus propias palabras, le hacen “rejuvenecer”.

Alrededor de un grupo niños de entre 10 y 13 años, el meta comienza la rutina con unos ejercicios de calentamiento. Una tarea que el fuera portero de la Recopa ve como algo más allá que deporte. “Desde el primer momento hay que darles un mensaje de educación. No educarlos en sí, que ya están los padres, pero sí que sean profesionales, que escuchen, que vayan a recoger los balones... un mensaje de disciplina. Eso me encanta”, señala. No en vano, el de Durango, que nunca había entrenado antes más allá de algunos clínics específicos, asegura que aceptó el puesto por tratarse de un colegio. “Es un complemento más a las clases, no es como en otros sitios en los que, a lo mejor, solo se pone énfasis en ganar. No se trata de aprender solo a ser portero, no. Hay otros valores”, apunta.

Profesión en continuo cambio

Cedrún comenzó sus andadas siguiendo los pasos de su padre, Carmelo, que fue portero del Athletic Club. Por ello, recuerda lo que ha cambiado su demarcación desde los días que comenzó a imponer su talla bajo los palos. “Antes se ponía de portero al que no sabía jugar”, rememora entre risas. Ahora, sin embargo, se requieren futbolistas mucho más completos, aún siendo todavía la posición más específica del fútbol. “Desde que Van der Sar estaba en el Ajax y el juego salia del portero, la base ha cambiado. Ahora el portero hace la salida de balón, por lo que es muy importante saber pegarle con ambos pies”, señala.

Por ello, los entrenamientos también han cambiado en los últimos años. “En mi época era solamente parar en la portería. Ahora los porteros tienen que manejar los pies, juegan rondos, intento que golpeen bien desde el suelo, que saquen rápidamente con la mano...”, enumera Cedrún. Así, en sus sesiones, son los propios niños los que entrenan a sus compañeros. Siempre bajo la atenta mirada del maestro, claro, que corrige posturas y movimientos, especialmente a la hora de atajar el balón. 

La otra pata fundamental del oficio es, sin duda, la personalidad. Confianza en uno mismo que, a pesar de que pueda resultar innata en algunos niños, debe ser reforzada en el trabajo diario. “Ser portero requiere personalidad, mandar y ser respetado por los demás. Además, deben saber que están en un puesto en el que cualquier error es muy difícil que se lo subsane alguien. Deben que asumir que tienen un papel fundamental, que requiere estar los 90 minutos en tensión”, apunta. Claves dictadas desde la experiencia que solo puede poseer un viejo artesano.

La noche se echa encima y la sesión finaliza. El sábado partido, con todo lo aprendido fresco en la memoria. Será el momento de disfrutar plenamente, al fin y al cabo el fútbol no deja de ser un juego.

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