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El momento clave (y crítico) de Jiménez

De aquí al Pilar, el entrenador zaragocista atravesará las tramposas semanas que transformaron a sus antecesores de héroes populares en villanos prescindibles.

Manolo Jiménez no es infalible. El sevillano no está hecho de un material distinto a Marcelino García Toral, José Aurelio Gay o Javier Aguirre. Es humano, con sus virtudes y sus defectos. Con su genio, sus altibajos emocionales, sus capacidades de aguante, reacción, mentalización y motivación propia y ajena bien definidas. Es persona. Exactamente igual que sus tres antecesores.

Y cada uno de ellos dibujó un camino similar durante su estancia en el banquillo zaragocista. Llegaron como remedios en medio de severas dificultades. Salieron y sacaron al equipo, cada uno con sus condicionantes, del atolladero que se habían encontrado en su peliagudo aterrizaje. Se convirtieron en héroes del pueblo una vez consumados los éxitos (ascenso y permanencias sucesivamente en cada caso). Fueron manteados sobre el césped del estadio del último éxito, jaleados por las calles de la ciudad y elevados a categoría de mitos durante los veranos que unieron una temporada con la siguiente.

Pero los calores estivales, el particular proceso de reconstrucción de cada una de sus plantillas (de masiva actividad en los mercados) y el peaje de los malos inicios de las ligas pos canonización, acabaron con Marcelino, Gay y Aguirre irremediablemente devaluados en aproximadamente dos meses. Tanto internamente, dentro de las coordenadas en las que se rige la SAD vigente, como externamente, donde la afición actuó como actúan todas las del mundo: enganchada preferentemente al resultadismo y a las sensaciones puntuales que deja el equipo cada domingo. El fútbol carece de memoria.

Ese es el reto, el siguiente e irremediable reto que ha de afrontar en estos momentos Manolo Jiménez: salvar como pueda este fatídico periodo que une el inicio liguero de agosto con los fuegos artificiales que ponen fin a las fiestas del Pilar a mitad de octubre. Tiempo que, para los que antes ocuparon su silla, sirvió para viajar del cielo al infierno sin pasar por el purgatorio a tomar un café ni un minuto.

El de Arahal se ha graduado como zaragocista este verano. Esto, lo que aquí sucede, no es solo el manteo, la marea blanquilla al último partido a 300 kilómetros de Zaragoza, la ofrenda a la Virgen, la jota a las puertas de la Catedral o la petición de ser el pregonero en el balcón del Ayuntamiento. El zaragocismo agapitista exige pasar con solvencia, calma, mano izquierda y buenos resultados el Rubicón de la (mala) planificación veraniega, la revolución obligada en la plantilla y un particularísimo modus operandi dentro de la SAD (antes con Pedro Herrera, Eduardo Bandrés, Gerhard Poschner, Antonio Prieto, ahora sin ellos y con otra estructura). Las derrotas consecutivas en La Romareda ante el Valladolid y el Málaga no son un buen principio. Jiménez lo va a notar. Es de desear que sea fuerte y, como buen andaluz, tenga temple con la mano zurda a la hora de llevar la muleta y torear al astifino destino. Son los ciclos de la vida. Los flujos estacionales. La naturaleza misma de las cosas. Eso sí, algún día, alguien conseguirá mutarlos. Por el bien general.

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