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Muere Luis Belló, artífice del "milagro" del Real Zaragoza hace medio siglo

Jugó y entrenó al equipo zaragocista, e integró la 'Media de seda', con José Samu.  Con él al frente, el club logró sus dos primeros títulos: la Copa de Ferias y la Copa del Generalísimo.

Luis Belló, en su etapa como entrenador, sale a hombros de La Romareda.
Luis Belló, en su etapa como entrenador, sale a hombros de La Romareda.
Real Zaragoza/García Luna

Luis Belló, exjugador y exentrenador del Real Zaragoza, ha fallecido a los 92 años de edad; ingresado en una residencia, desde hace muchos meses padecía el mal de Alzheimer. Integró el centro del campo del equipo en los años 50, jugó tres temporadas y brilló por su técnica, su calidad y su facilidad para el gol. El Madrid mostró interés en él, pero al final firmó por el Atlético de Madrid. Una lesión le truncó su carrera, y aún probó fortuna en el Hércules de Alicante. 

Fue entrenador de los blanquillo en 1964, sustituyó a Antonio Ramallets, y con él al frente el club logró sus dos primeros títulos: la Copa de Ferias y la Copa del Generalísimo. Después estrenaría, entre otros conjuntos, al Hércules de Alicante, al Castellón, al Real Muria, al Betis y al Pontevedra de aquel lema histórico: “Hai que roelo”, que supuso también su despedida de los banquillos. 

Una vida en el fútbol

Luis Belló (Cieza, Murcia, 1929) es un caso excepcional en la historia del Real Zaragoza. Desde muy joven sintió la llamada del fútbol. Empezó a destacar ya en infantiles, confirmó su clase y elegancia en los juveniles de su localidad, y recibió la llamada del Albacete para jugar en Tercera División. Estuvo dos temporadas y reclamó la atención del Barcelona y del Sevilla. Su hermano Francisco –que pertenece a esa larga nómina de ciezanos que también han jugado en Primera División- le recomendó que se viniese con él a Zaragoza, donde llevaba dos campañas. Coincidió que esa temporada, tras la victoria inesperada de Uruguay en el Mundial de Brasil-1950, el club presidido por el doctor Abril incorporó a dos internacionales como Rosendo Hernández y Pepe Gonzalvo (Gonzalvo II) y les firmó un contrato de un millón de pesetas (6.000 euros), y seguía contando con su primer extranjero, el excéntrico jugador argentino Valdivielso. Con muchos apuros, el equipo de los Millonarios quedó subcampeón de Segunda División; se jugó el ascenso y logró su objetivo. ‘El catedrático’ Luis Belló fue decisivo: era un futbolista refinado e inteligente, técnico y con buen remate. Aquel año marcó diez tantos, dos de ellos al Huesca.

El Real Zaragoza iba a vivir dos intensas temporadas en la máxima categoría. La primera, 1951-1952, la solventó bajo la dirección de Juanito Ruiz (había sido extremo derecho de los Alifantes, el elenco que logró el ascenso a Primera División en la campaña 1935-1936), reemplazado luego por el húngaro Berkessy; Belló y el delantero Savi fueron convocados para jugar con la selección nacional B. El futbolista ciezano formaría “la media de seda” con el húngaro José Samu. 

Este le decía a Ángel Aznar en ‘El largo camino hasta la Recopa’ (1995): “Éramos dos jugadores distintos totalmente pero que nos complementábamos muy bien. Bello era fino, muy cerebral, muy técnico y yo era duro, muy rápido, combativo y con una gran resistencia”. En la campaña siguiente pasó de todo: llegó un nuevo preparador como Domingo Balmanyá y el club quedó último. Luis Belló tenía ofertas del Real Madrid y del Atlético, y acabó yéndose con los colchoneros. Como había sufrido una lesión, la misma que le alejó Di Stéfano y compañía, fue cedido al Hércules, donde permaneció tres años. Y completó otro más en el Alicante, antes de retirarse joven.

Se sacó el carné de entrenador nacional con el número uno. No tardaría en vincularse al Zaragoza de nuevo. El equipo había regresado a la máxima categoría, había estrenado en septiembre de 1957 campo nuevo, La Romareda, había ido incorporando a grandes futbolistas –Murillo, Seminario, Torres, Yarza, el malogrado Benítez, Marcelino, Lapetra, Reija, Violeta, Canario, Villa...- y había contado con importantes entrenadores como César o Antonio Ramallets, ambos exfutbolistas del Barcelona. Al excancerbero internacional no acababan de irle bien las cosas en la campaña 1963-1964, y fue despedido en mayo. 

Con todo, el Real Zaragoza estaba vivo en dos frentes: en la Copa del Generalísimo y en la de Ferias. El sustituto fue Luis o Luisito Belló, un profesional de apenas 35 años que se distinguía por sus buenos modales, el conocimiento del fútbol y su mano izquierda. Conocía muy bien la atmósfera del club e intuyó que, por primera vez en la historia, aquellos futbolistas de terciopelo y de sacrificio aspiraban a la gloria. Cercano y paternal, le sugirió a Carlos Lapetra, la estrella del conjunto, un leve cambio: que retrasase su posición a la zona del interior izquierdo, y que dirigiese desde allí el ataque. Así Carlos Lapetra se convertiría en “el arquitecto de la zona ancha” y además sería el exterior zurdo de la selección nacional. Aquel Zaragoza era equilibrado en todas sus líneas: tenía un plan de juego, ambición, entrega; poseía, una concepción brillante de la táctica y del despliegue que abrazaba, casi por igual, intensidad, armonía y deslumbramiento.

Se plantó en dos finales: en la Copa de Ferias, en el Nou Camp, un 24 de junio, ante el Valencia. Los blanquillos vistieron ese día de rojo y azul y ganaron 2-1 a la escuadra de Paquito, Roberto, Guillot y Waldo. El Zaragoza formó con uno de esos equipos que los niños sabían de memoria con su peculiar ritmo: Yarza; Cortizo, Santamaría, Reija; Isasi, Pepín; Canario, Duca, Marcelino, Villa y Lapetra. 

Luis Belló contaba una anécdota muy curiosa, vinculada con Marcelino: España había vencido en la Eurocopa a Rusia tres días antes y él había marcado el 2-1 a Yashin de un cabezazo increíble a centro de Pereda. Se había convertido en el héroe nacional y todos querían estar con él, incluido el Marqués de Villaverde que lo llevó a su hospital. Los zaragocistas estaban concentrados en su hotel y él no llegaba; de pronto lo vieron por televisión. No tardaría en llegar, Belló lo recibió e impidió el enojo de sus compañeros. El Zaragoza ganó 2-1, con tantos de Villa y del ariete gallego. Así se arregló el mosqueo general con el cabeceador de Ares.

El 5 de julio, con el relevo de Santos por Duca, jugó la final de la Copa del Generalísimo en el Bernabéu ante el Atlético de Madrid de Ramiro, Adelardo y Collar. Los aragoneses, con goles de Lapetra y Villa, repitieron victoria, 2-1. Cuando regresaron a casa, los aficionados los fueron a esperar a Ateca. Fue el mejor de todos los años del club. Y, además de un equipo de ensueño, tuvo un entrenador ideal: afectuoso, sabio, diplomático y educado; poseía un gran sentido táctico. 

Él concibió el milagro zaragocista de hace medio siglo. “Aquel fue el mes más vibrante de mi vida”, diría. Por eso, ‘Pitico’ Reija lo paseó varias veces sobre sus hombros con una sonrisa de satisfacción.

Padre de dos hijas y suegro del escritor Ignacio Martínez de Pisón, era un hombre elegante, apasionado por el tenis y por supuesto por el fútbol. Hace poco, el Real Betis recordaba en una publicación que era el entrenador más antiguo de toda su historia.

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