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La ley de la eficiencia de JIM

Desde la llegada del técnico, el Real Zaragoza es el quinto mejor equipo de Segunda, con 25 puntos en 15 partidos. Le ha bastado con marcar 14 goles para sumarlos gracias a su imponente rendimiento defensivo: solo 10 tantos encajados.

Partido Fuenlabrada - Real Zaragoza, jornada 33 de Segunda División
Partido Fuenlabrada - Real Zaragoza, jornada 33 de Segunda División
Jorge Romero/LOF

Quince partidos, siete victorias, cuatro empates, cuatro derrotas, veinticinco puntos, catorce goles marcados y diez encajados. Son los números en trazo grueso con los que Juan Ignacio Martínez puede decirle a quien quiera y con todas las letras que está sacando adelante el trabajo para el que se le contrató cuando apenas nadie, ni siquiera las leyendas de mucho verbo y poca acción, aceptaron el desafío de salvar a un equipo colapsado.

Tres meses después, Juan Ignacio Martínez presenta una credencial incuestionable: su Zaragoza compite y suma puntos. El cómo los suma ocupa un debate inferior en este caso, y los juicios sobre ello se alimentan de variables analíticas de todo tipo e interés, subrayando aquí la palabra interés. Pero, juegue como juegue el Zaragoza, su entrenador ha configurado un equipo con garantías competitivas, más o menos expuesto a la derrota o la victoria, destinos separados casi siempre por una fina frontera, nada ajeno, por otro lado, a la idiosincrasia de la categoría.

El Zaragoza lleva ya demasiado tiempo en Segunda como para no conocer aún sus claves. Una de ellas es la perspectiva de las dinámicas: pocas veces son sólidos los juicios de pistola rápida o las conclusiones categóricas. Las tendencias en un ecosistema tan salvaje, parejo e impredecible como la Segunda División suelen dibujarse a largo plazo, y el Zaragoza de JIM, ahora mismo, traza una línea de incontestable resurrección y expansión.

Desde que el técnico alicantino tomó el timón antes del parón navideño, el Zaragoza es el quinto mejor equipo de Segunda con 25 puntos en 15 partidos. Un registro que solo palidece ante el Espanyol (28 puntos), pues iguala al de otros conjuntos de la batalla del ascenso con mejor diferencial goleador en este segmento de partidos y también 25 puntos (Sporting, Rayo Vallecano y Leganés). Es decir, solo el Espanyol de los 40 millones de euros de presupuesto mejora al Zaragoza de JIM, cuatro puntos por debajo de la línea de la salvación cuando llegó y cuatro puntos por encima ahora. El técnico ha tenido a favor un calendario más amable del inmediato a la vuelta de la esquina, pero no por eso la reacción del equipo disminuye su valor.

A esas cifras -una proyección de 70 puntos, números de play off-, el Zaragoza se ha alzado con ciertas singularidades que explican la esencia del modelo adoptado por JIM como manual de la salvación: ha sumado esos 25 puntos marcando nada más que 14 goles, pero encajando solamente 10 tantos. Nadie ha recibido menos goles que el Zaragoza de JIM, un dato que pone de relieve las características de este equipo, de alarmante pobreza ofensiva, pero con una notable anatomía defensiva. El técnico ha convertido la máxima eficiencia (la alta rentabilidad de cada gol anotado, como bien escaso que es) en la bandera argumental del equipo. Un diésel fiable que va agregando punto tras punto.

El Zaragoza de Juan Ignacio Martínez, con el paso de las semanas, ha ido evolucionando hacia un fútbol de estricta supervivencia. Conforme las urgencias han ido arreciando y el valor de los puntos se ha disparado, el técnico ha aproximado al equipo a su imagen y semejanza. El juego del Zaragoza es reservón, espartano, precavido y simplista. Un modelo vacío de trabajo ofensivo minucioso, de líneas y posiciones rígidas, y con jugadores alejados de las zonas y las funciones donde más se inflaman sus virtudes creativas. Es así porque, en gran medida, JIM lo ha querido así. Y también porque sus equipos casi siempre han sido así.

Su gran obra, el Levante que metió en Europa en 2011, era así, un bloque de piedra, eficiente, pragmático, basado, como este Zaragoza, en un repliegue intensivo y una delantera aislada. Aquel equipo tenía un grueso acento defensivo. Se basaba en el juego directo y vertical. En el balón parado. En el aprovechamiento de cada oportunidad. Aquel Levante sacaba petróleo de donde no había. Y, en cierto modo, el Zaragoza sigue esos patrones.

JIM ha optado por un fútbol de riesgo cero porque es la fórmula que le ha funcionado en su carrera de viejo zorro, en la que se siente cómodo y de la que conoce las líneas de trabajo. Pero también porque es la fórmula que funciona en Segunda. Una categoría que premia las defensas. Sea para ascender o para construirse un armazón competitivo ante cualquier otro objetivo, la solidez, los pocos goles encajados, marcan el diferencial. El Zaragoza ha sido testigo de ello durante siete años. En las últimas temporadas, esta particularidad ha adquirido, prácticamente, naturaleza dogmática, debido a la generalizada falta de delanteros y ataques de gran nivel salvo en equipos con dinero para pagarlos u olfato para encontrarlos y debido también a la estructura de los partidos fruto de la extrema igualdad y el valor decisivo de los mínimos detalles. Se juega, mayoritariamente, a no perder.

JIM no ha sido ajeno a estos elementos de la competición. Particularidades que ha vehiculizado en la construcción del actual Real Zaragoza de desnudez ofensiva pero fortaleza defensiva. Un bloque bien organizado sin la pelota, con una buena cobertura del área propia y pocas concesiones colectivas. Si no comete fallos con nombre y apellido, sus líneas son sólidas (en las últimas cuatro jornadas, solo ha encajado un gol, de penalti en Logroño, por ejemplo).

 JIM ha optado por un perfil de equipo menor, un modo de jugar en el filo de la navaja, muchas veces cerca de la derrota, pero también muchas veces cerca de la victoria. Cómodo cuando no asume responsabilidades mayores en los partidos -de ahí, quizá, sus problemas en los partidos contra rivales directos en las últimas semanas-, con capacidad para sufrir y hacer largos los encuentros con oficio. El Zaragoza apenas presenta mecanismos de ataque y la elaboración de su juego es reduccionista y gris; pero JIM sabe que no le hace falta mucho más para, al menos, tener la victoria a tiro durante los partidos (un saque de esquina, un desajuste o descuido rival, un penalti a favor, un destello...). De momento, ahí presenta 25 puntos de aval para sostenerle cualquier objeción a quien quiera.

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