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Baraja, un entrenador de solo 81 días de vigencia, menos de tres meses

El entrenador vallisoletano se marcha del Real Zaragoza sin conocer la esencia del club, en un breve y defectuoso paso por el banquillo, desarrollado en silencio, sin la afición, sin presión alguna.

Rubén Baraja, en uno de los últimos entrenamientos como técnico del Real Zaragoza, la semana pasada en la Ciudad Deportiva.
Rubén Baraja, en uno de los últimos entrenamientos como técnico del Real Zaragoza, la semana pasada en la Ciudad Deportiva.
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Rubén Baraja entró anoche en el listado de entrenadores ‘breves’ en la vida, casi nonagenaria, del Real Zaragoza. Se marcha 81 días después de ser anunciado como sucesor de Víctor Fernández para encabezar el proyecto deportivo de Lalo Arantegui y José Mari Barba para esta temporada 2020-21. No ha estado al frente del equipo zaragocista ni siquiera tres meses. No ha sido posible siquiera otorgarle los cien días de gracia que a todo cargo se le suele conceder al inicio de sus encomiendas. Su solvencia al frente del equipo aragonés ha sido tan escasa que no le ha dado de sí para alcanzar esa cota temporal.

Lalo hizo público el fichaje de Baraja el jueves 20 de agosto y lo presentó, telemáticamente, desde la sala de prensa de La Romareda el viernes 21. Habían pasado solo dos días desde que Víctor anunciara su adiós en una sentida conferencia ante los medios de comunicación, también vía internet.

De esos 81 días como preparador zaragocista, Baraja estuvo en cuarentena la primera parte de ellos, 10 fechas, pues dio positivo en un test PCR el 26 de agosto y no pudo dirigir los primeros ocho entrenamientos del que era ya su equipo y al que, por este inconveniente, tardó en conocer personamente más de una semana. Hasta el 5 de septiembre, el vallisoletano no se enfundó el chándal con el escudo del león rampante por primera vez, aún en aquel insulso tiempo de entrenamientos individualizados, sin posibilidades de ensayar fútbol, táctica o acciones con balón y porterías.

El Pipo, apodo que queda de su brillante carrera como futbolista, simplemente tuvo tres partidos de pretemporada para intentar imbuir al equipo de sus ideales, de su ya histórico 4-4-2 de cabecera y cabezonería. Los tres en una semana, dos en La Romareda ante Getafe y Girona y otro en Tarragona, después de que el Elche se negase a última hora a viajar a Teruel un amistoso pactado.

No fue sencillo su aterrizaje en Zaragoza, como la memoria trae a colación ahora. Quizá una premonición, tal vez un aviso demoniaco de lo que le aguardaba. Desde el principio vivió en primera persona la metamorfosis de la plantilla, como oyente, sin participar. Despidió a piezas importantes y dio la bienvenida a apuestas que han acabado por salir mal en sus primeros pasos. Se fueron en aquellos días Soro, Guti, Lasure, Kagawa, Clemente... algo que Baraja sabía de antemano que iba a suceder. Llegaron por goteo Zanimacchia, Narváez, Adrián, Gabriel Fernández... Antes de su fichaje, Lalo ya había traído a Zaragoza a Jair, Vuckic, Chavarría y Bermejo, a los que se encontró trabajando a solas hacía días. Tuvo que admitir la permanencia en la plantilla de Papunashvili y dijo valorar las virtudes de Raí Nascimento para hacerle hueco como segundo extracomunitario a última hora. El tiempo, escaso, ha mostrado la cortas patas de aquellas aseveraciones.

Con la liga, la depresión

Precisamente el 26 de septiembre la liga llegó a la vida de Baraja en Zaragoza. De sopetón. Todo muy frío, extraño. Con un equipo amorfo, modificado en el cien por cien de su mecanismo ofensivo. Empate a dos ante un Las Palmas con un hombre menos casi medio partido, primera decepción.

El segundo episodio, en Alcorcón, abrió la veda de los partidos feos, aburridos, sin capacidades ofensivas de un equipo sin argumentos combinativos. Fue el día en que el Alcorcón (hoy colista descolgado), que arañó un 0-0 en el campo, acabó regalando el triunfo por una alineación indebida de su entrenador, Mere Hermoso, que también fue despedido ayer, curiosamente.

Y, en la tercera etapa de la liga, aquel tierno, verde e impersonal equipo –que se refugiaba con excusas en el burladero de las prisas y estaba seguro de que la falta de cohesión de sus piezas iría mejorando con el paso de los partidos– ganó su único choque realmente, por 1-0 a Albacete (que va de la mano del Zaragoza ahora en la clasificación, marcando la zona de descenso a Segunda B), con un gol en el minuto 88. Gracias al regalo de Alcorcón, la suma fue de 7 de 9 puntos disputados. Y se esperaba a un apurado Málaga, de nuevo en La Romareda, para confirmar que el equipo se metía arriba con 10 puntos en caso de victoria.

Ahí nació la crisis. Ahí, con una derrota alarmante en muchos aspectos del juego, se vio que venían curvas. Y se lió la madeja. La inacción en Leganés, el fiasco ante el Sabadell en casa (los catalanes llegaban con cero puntos y no ganaron de milagro), la incapacidad en Miranda, el atrincheramiento sin rubor en La Romareda ante elMallorca en pos del 0-0 final, el nuevo patinazo ante el Girona –aliviado de milagro fuera de tiempo– y el bofetón de Tenerife han acabado con Baraja. Siete giros de tuerca a peor. Algo que da miedo.

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