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Ocho razones para una crisis

Con un triunfo real en los últimos siete partidos, al Zaragoza le urge una reacción inmediata. El equipo de Baraja, más allá de los resultados y de la falta de gol, carece de identidad futbolística

Rubén Baraja, durante el entrenamiento de ayer.
Rubén Baraja, durante el entrenamiento de ayer.
Toni Galán

Da igual cuál sea el proyecto, quién sea el entrenador o qué mimbres gestione: la tradicional crisis otoñal se instala año tras año en el Real Zaragoza. Ya son ocho temporadas en Segunda División y no hay planteamiento que haya sorteado una depresión que empieza a formar parte de la idiosincrasia del club; aunque la actual, por tempranera y predecible, preocupa incluso más que las anteriores. 

No es ventajista afirmar que el peligro se oteaba de lejos. La premura con la que el Zaragoza debió resetearse tras el no ascenso advertía riesgos. Sin tiempo para digerir la decepción, el equipo tuvo que asumir un cambio drástico en el banquillo y la salida de futbolistas indispensables, que no fueron remplazados por otros –la tarea no era fácil– de un nivel semejante.

Rubén Barajaha implantado un cambio de modelo que requiere el margen de tiempo que no concede la competición. Hasta hace bien poco, este Zaragoza se sostenía por unos números desnaturalizados. La victoria obtenida por la alineación indebida del Alcorcón generaba unas expectativas irreales, insostenibles por el juego desplegado. Y el curso del calendario se ha encargado de desvanecerlas. 

La acumulación de encuentros ha borrado cualquier atisbo de efectividad; de esa concepción de fútbol resultadista que se le presupone a un técnico al que las estadísticas se le han vuelto en contra. El Zaragoza ha sumado un punto de los últimos 12 posibles; exhibe el peor registro anotador (cuatro tantos, uno de ellos en propia puerta) desde que se descendió en 2013 y, con todo, no puede decirse que la falta de gol sea el principal de los problemas.

Preocupa más el germen de esa escasez, las dificultades que los futbolistas encuentran para combinar entre sí. Y ahí, más allá de los conceptos promulgados por Baraja, influye la categoría del plantel que maneja. No se le pueden achacar todos los males al vallisoletano. El entrenador, como gestor, siempre es el primer señalado. Pero esta es una crisis global, de numerosos agentes. Deportivos y no deportivos.

Salida de jugadores

Baraja ha tenido que asumir la marcha de la columna vertebral que sostuvo al equipo la pasada campaña. En verano salieron Jawad El Yamiq, Raúl Guti, Alberto Soro, Javi Puado o Luis Suárez, jugadores que aportaban seguridad atrás, consistencia en el centro del campo, desborde y gol. Cuatro de las cualidades –hay numerosas por mencionar– que más echa de menos una plantilla que también ha prescindido de otras piezas relevantes como Kagawa o Clemente, muchas tardes extrañado por la falta de seguridad que ofrece la pareja Guitián-Atienza, principalmente por las prestaciones de éste último.

Fichajes que no rinden

Para contrarrestar la salida de estos futbolistas, el director deportivo, Lalo Arantegui, acudió al mercado en busca de recambios que, por lo general, no están dando la talla. Pep Chavarría, Juanjo Narváez y el último en llegar, Álvaro Tejero, son quienes mejor nivel están ofreciendo. Larrazabal, Zanimacchia, Bermejo, Toro Fernández y Vuckic deben aumentar su rendimiento. Y otros como Adrián González o Jair están casi inéditos, en parte por las lesiones que han sufrido.

Limitación salarial

En el área de fichajes influyen sustancialmente las limitaciones económicas de la SAD. La masa salarial del Real Zaragoza en el presente curso ronda los seis millones de euros, cifra alejada de equipos recién descendidos como el Espanyol o el Mallorca, que mañana visita La Romareda. Son de otra liga y el entorno, a veces obcecado con el pasado glorioso, tiene que asumirlo.

Lesiones

Rubén Baraja todavía no ha podido contar con la plantilla al completo. Vigaray, Jair, Adrián, Zanimacchia, Igbekeme o Bermejo han ido pasando por la enfermería en distintos momentos de la temporada. Narváez –quien el jueves se retiró con molestias musculares que no revisten mayor gravedad– representa el último contratiempo para el técnico vallisoletano, que se mantiene a la espera de ver si podrá contar con él frente al Mallorca.

Falta de llegada

El conjunto zaragocista presenta unos alarmantes datos en ataque. En las siete jornadas disputadas, tan solo ha chutado 11 veces a puerta, a una media de 1,57 disparos por encuentro que exalta las limitaciones ofensivas, la falta de pegada de un grupo que suma tres partidos sin marcar. Hasta la fecha, únicamente Ros, Narváez y Adrián han conseguido perforar la meta contraria. Y otro dato significativo es que el propio Ros y Tejero son quienes encabezan la lista de jugadores con más disparos a puerta (dos cada uno) del equipo; mientras que el Toro Fernández se estrenó el jueves en Miranda y los otros dos referentes del ataque (Narváez y Vuckic) tan solo suman un tiro a portería.

Equipo sin identidad

Exigüidad ofensiva aparte, preocupan las sensaciones que el Real Zaragoza emite sobre el terreno de juego; la falta de identidad de un bloque que, aunque ha sido construido para desplegar un fútbol romo y resultadista, debe aspirar a unos mínimos creativos. El Zaragoza todavía no sabe a qué juega. Carece de argumentos futbolísticos y no encuentra soluciones cuando las cosas se tuercen. Los hombres que parten desde el banquillo rara vez mejoran el plantemiento inicial. Y hay jugadores (Adrián, Nick o Papunashvili, por ejemplo) que parecen introducidos con calzador en el sistema 4-4-2 y no encuentran acomodo en ninguna de las posiciones en las que son utilizados. Otros, los que ya estaban, necesitan más tiempo para asimilar el cambio de método; la transformación a una idea de juego mucho más táctica y metódica que la que propagaba Víctor Fernández.

Adiós al efecto Romareda

Los resultados en La Romareda condenaron al Real Zaragoza en el desenlace de la pasada temporada y, en la presente, los datos no terminan de mejorar. Los aragoneses han sumado cinco puntos de 12 posibles en su feudo, donde han tenido que prescindir del apoyo de más de 30.000 almas por razones sanitarias. Sin público en los graderíos, los encuentros disputados en el Municipal tienen un efecto contrario al deseado. Los equipos no temen visitar Zaragoza.

La presión de los grandes

Echando un ojo a la clasificación (el Real Zaragoza, aunque con dos partidos menos, está empatado a puntos con el Logroñés en el límite del descenso) es inevitable pensar en un desplome. Todavía faltan muchos partidos, pero el ejemplo de clubes como el Deportivo de La Coruña, el Oviedo o el Mallorca, históricos del fútbol español, recuerda lo difícil que le resulta a los grandes manejarse en este tipo de situaciones. La reacción no debe tardar.

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