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El precio de un error

Una entrega defectuosa de Atienza impide la victoria del Real Zaragoza en Miranda.

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Burgui se lleva las manos a la cabeza tras cometer un error en un remate muy claro.
LINO GONZALEZ RICO

La Segunda División se divisa desde varias perspectivas. Una de las más certeras la articuló Pepe Bordalás el año del ascenso del Alavés. Después también obraría la gesta del Getafe, ese equipo que recogió muerto en la bañera como vigésimo primer clasificado hasta elevarlo a Primera. Argumentaba Bordalás que la Segunda la determinan más los errores que los aciertos, que calidad hay en la élite, en Primera; pero que en Segunda gana el que menos errores comete. Ayer, la ecuación del careo Mirandés-Real Zaragoza le volvió a dar la razón a Bordalás. El Mirandés, pese a ser netamente inferior, no perdió porque no cometió errores en defensa. El Real Zaragoza, desarrollando todo el esfuerzo creador, disfrutando de más y mejores oportunidades, esto es, siendo netamente superior, no ganó porque apadrinó el único error de bulto de la noche. La maldita entrega de Atienza, imposible de alcanzar por Raúl Guti, donó un pelota resuelta con pericia por Matheus Aia Barrozo Rodrígues. Por cierto, el mismo hombre que marcó en Anoeta el gol que sitúa al Mirandés en el pórtico de la gloria de la final de Copa. Y, por cierto también, gol de muy similar ejecución: salida de balón de verbena de la Real Sociedad, recuperación del Mirandés, y definición precisa de Matheus. En San Sebastián significó la esperanza copera; ayer, dos puntos menos a las alforjas de un Zaragoza que mereció puntuación triple.

El punto, el empate en sí, siempre licúa un valor contradictorio. Ser la consecuencia de un error y llegar tras un resultado favorable en un partido controlado en su mayor desarrollo le aporta contenido más amargo que dulce. Una pena para las papilas gustativas de un Zaragoza que se bajó al barro para elaborar buen fútbol. Nunca es sencillo jugar en Anduva, un campo en el que el rival sabe negar los espacios. Mucho más cuando la pelota no circula a su velocidad convencional. Campo blandito y adversario duro. Se fabricaron ocasiones de gol sobradas para ganar. Hay que meterlas, pero solo Igbekeme supo hacerlo. El portero Limones hizo la estatua, aunque James fue certero en la finalización. La de Burgui era más sencilla y la tiró fuera. Y como Limones nunca salió a por uvas, así quedó la cosa, en un empate que en la clasificación que ven ahí mismo a la izquierda de esta columna muestra al Real Zaragoza con un punto más que ayer, pero que también pinta dos puntos menos que si el conjunto aragonés supiera satisfacer la ecuación esencial para entender esta categoría: no gana el que más aciertos acumula, sino el que menos errores perpetra. Lamentablemente, el Mirandés marcó de la única forma que podía marcar ayer: en una pifia del Zaragoza...

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